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El Monte Sinaí Junto con los acontecimientos del éxodo la tradición menciona una segunda vivencia clave que funda la religión de Israel: el encuentro con Dios en el Sinaí (Ex 19-Núm 10). La implicación recíproca de ambas tradiciones –Éxodo/Sinaí– será objeto de vivas controversias en el curso de la investigación 1 . La localización del “Sinaí” (Horeb / Montaña de Dios) 2 Conforme el estado actual de la investigación, la hipótesis más favorable es la que sitúa el monte Sinaí no en la actual península del Sinaí sino al este de la Arabá, en la zona del golfo de Aqaba. Dado los vagos indicios que ofrece el Antiguo Testamento sobre la localización de la montaña sagrada y la variación en la denominación R. Albertz se pregunta si esto no se podría explicar en gran parte por el deseo explícito de dejar en la penumbra de una especie de «tierra de nadie», desde el punto de vista histórico-religioso, ese lugar tan significativo para la instauración de las relaciones entre Yahweh e Israel, sobre todo teniendo presente la vinculación de esas tradiciones con el odiado pueblo madianita. “Con toda probabilidad –dice Albertz 3 – el ‘Sinaí’ era un santuario de montaña situado en la zona fronteriza entre Edom y Madián, que las tribus nómades de la región, especialmente los madianitas, visitaban para ofrecer allí sus cultos y que serviría también de lugar sagrado también para la advenediza comunidad del éxodo”. Y poco antes afirma: “Si se tiene en cuenta esta inclinación a difuminar conscientemente los datos históricos-religiosos, se abre paso la idea de que detrás de las tradiciones del Sinaí hay toda una serie de experiencias auténticamente históricas vividas por el grupo del Éxodo”. La Alianza del Sinaí En el marco de esta tradición aparece la importantísima tradición de la “alianza” 4 . ¿Qué se puede decir de la Alianza en cuanto estructura jurídica? Los estudios sobre las alianzas bíblicas se suelen centrar, desde hace algunos años, en la comparación entre los tratados de soberanía (o de vasallaje) que se utilizaban en las relaciones internacionales en el Próximo Oriente durante el II milenio a.C. Este tipo 1 Por ejemplo, llama mucho la atención el hecho de que en los resúmenes de la historia primitiva de Israel se pasen generalmente por alto los sucesos del Sinaí (cf. Dt 26,5-10; Jos 2; Jue 11,16-26, etc) y que sólo se menciones, ya en época postexílica, en la solemne oración de Neh 9. Este estado de cosas ha llevado: Sea a separar los dos “temas” (hipótesis clásica de von Rad) Sea directamente a poner en duda la historicidad de la tradición sinaítica. Cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento 1., Madrid [Trotta 1999 1992 ], 104ss. Cf. D. NOËL, "¿Un Éxodo sin Moisés? ¿Un Sinaí sin Éxodo?", en: Id., Los orígenes de Israel, 56-58. 2 Cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 105-107. Cf. D. NOËL, "El Sinaí", en: Id., Los orígenes de Israel, 55-56. 3 R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 107. 4 De hecho, en la redacción final del texto, los acontecimientos fundamentales del Sinaí fueron: la teofanía, la institución del culto, la proclamación de los mandamientos y la conclusión de la Alianza. Nos circunscribimos a un breve tratamiento de este último punto (para una visión más completa de los cuatro elementos cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 107-108.109-128). 1

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El Monte Sinaí

Junto con los acontecimientos del éxodo la tradición menciona una segunda vivencia clave que funda la religión de Israel: el encuentro con Dios en el Sinaí (Ex 19-Núm 10). La implicación recíproca de ambas tradiciones –Éxodo/Sinaí– será objeto de vivas controversias en el curso de la investigación1.

La localización del “Sinaí” (Horeb / Montaña de Dios)2

Conforme el estado actual de la investigación, la hipótesis más favorable es la que sitúa el monte Sinaí no en la actual península del Sinaí sino al este de la Arabá, en la zona del golfo de Aqaba.

Dado los vagos indicios que ofrece el Antiguo Testamento sobre la localización de la montaña sagrada y la variación en la denominación R. Albertz se pregunta si esto no se podría explicar en gran parte por el deseo explícito de dejar en la penumbra de una especie de «tierra de nadie», desde el punto de vista histórico-religioso, ese lugar tan significativo para la instauración de las relaciones entre Yahweh e Israel, sobre todo teniendo presente la vinculación de esas tradiciones con el odiado pueblo madianita.

“Con toda probabilidad –dice Albertz3– el ‘Sinaí’ era un santuario de montaña situado en la zona fronteriza entre Edom y Madián, que las tribus nómades de la región, especialmente los madianitas, visitaban para ofrecer allí sus cultos y que serviría también de lugar sagrado también para la advenediza comunidad del éxodo”.

Y poco antes afirma: “Si se tiene en cuenta esta inclinación a difuminar conscientemente los datos históricos-religiosos, se abre paso la idea de que detrás de las tradiciones del Sinaí hay toda una serie de experiencias auténticamente históricas vividas por el grupo del Éxodo”.

La Alianza del Sinaí

En el marco de esta tradición aparece la importantísima tradición de la “alianza”4.

¿Qué se puede decir de la Alianza en cuanto estructura jurídica?

Los estudios sobre las alianzas bíblicas se suelen centrar, desde hace algunos años, en la comparación entre los tratados de soberanía (o de vasallaje) que se utilizaban en las relaciones internacionales en el Próximo Oriente durante el II milenio a.C. Este tipo

1 Por ejemplo, llama mucho la atención el hecho de que en los resúmenes de la historia primitiva de Israel se pasen generalmente por alto los sucesos del Sinaí (cf. Dt 26,5-10; Jos 2; Jue 11,16-26, etc) y que sólo se menciones, ya en época postexílica, en la solemne oración de Neh 9. Este estado de cosas ha llevado: • Sea a separar los dos “temas” (hipótesis clásica de von Rad) • Sea directamente a poner en duda la historicidad de la tradición sinaítica. Cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento 1., Madrid [Trotta 19991992], 104ss. Cf. D. NOËL, "¿Un Éxodo sin Moisés? ¿Un Sinaí sin Éxodo?", en: Id., Los orígenes de Israel, 56-58. 2 Cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 105-107. Cf. D. NOËL, "El Sinaí", en: Id., Los orígenes de Israel, 55-56. 3 R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 107. 4 De hecho, en la redacción final del texto, los acontecimientos fundamentales del Sinaí fueron: la teofanía, la institución del culto, la proclamación de los mandamientos y la conclusión de la Alianza. Nos circunscribimos a un breve tratamiento de este último punto (para una visión más completa de los cuatro elementos cf. R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 107-108.109-128).

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de tratado era impuesto por los reyes vencedores o los soberanos importantes a los reyes vencidos o voluntariamente sometidos al vasallaje5.

Los tratados respondían a una estructura formal fija –como si se tratara de una especie de formulario a llenar– que reflejaba una ideología clara sobre el papel de salvador del soberano:

(1) Los pactos eran introducidos por un Preámbulo que identificaba al rey soberano, señalando sus títulos y prerrogativas.

(2) Continuaban un Prólogo Histórico, que recordaba y enumeraba los beneficios e intervenciones del rey soberano en favor del vasallo.

También buscaba lograr el efecto psicológico de gratitud y obediencia del protegido.

(3) El “Prólogo Histórico”, que no faltaba nunca, servía de fundamentación jurídica de las Cláusulas, es decir, de las exigencias o estipulaciones que recaían sobre el vencido.

Por ejemplo, los reyes hititas imponían a sus vasallos la obligación de defender los intereses del imperio con ayuda militar; dar información sobre intentos de rebelión; por supuesto, pago de tributos; también se prohibía aliarse con otros reyes o bien, atacar a los demás miembros de la alianza.

Es de notar que las estipulaciones sólo obligan al vasallo: no hay cláusulas para el soberano6. Éstas “cláusulas” representan la voluntad del soberano.

(4) La tradición en el Próximo Oriente exigía que los pactos fueran pasados por Escrito y guardados en la capital de ambos reinos, en el Templo, en presencia de la divinidad. Por lo tanto, se hacía una doble copia, según sabemos por numerosos textos antiguos.

Además del valor jurídico evidente, el tener la copia escrita facilitaba la lectura periódica del Pacto.

(5) Los pactos tenían, para los antiguos, un intrínseco valor religioso. No sólo que se hacían en presencia de la divinidad sino que, en el texto mismo del pacto, se enumeraban los dioses Testigos.

(6) Otro elemento imprescindible en la redacción de los tratados de soberanía (y también en los tratados “entre iguales”) es la enumeración de las Maldiciones y Bendiciones.

A menudo, representaban la sección más extensa del tratado. Los “dioses testigos” del pacto eran los que debían ejecutar las maldiciones o las bendiciones, conforme sea el proceder del vasallo.

(7) Los seis elementos estructurales del pacto recién mencionados se complementaban con el Juramento del Vasallo y con una Ceremonia de Conclusión.

A veces incluso, la palabra “juramento” es sinónimo de “tratado” en algunos textos. Como ceremonia conclusiva, se podía matar un animal y despedazarlo, para significar la suerte del trasgresor; o también, el rey soberano rompía un arco o unas flechas, pronunciando simultáneamente determinadas fórmulas.

5 Cf. AA.VV., Tratados y juramentos en el Antiguo Oriente Próximo, Documentos en torno a la Biblia 23, Navarra (Verbo Divino 1994). 6 Aunque éste, de alguna manera, también queda “atado”, pues le asegura la protección futura.

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Este esquema jurídico parece estar presente en las Sagradas Escrituras:

Los hebreos habrían utilizado este lenguaje jurídico para expresar sus relaciones con el Dios salvador del Éxodo. Yahweh hizo una Alianza con Israel después de haberlo salvado, y le prometió su protección para siempre.

La Alianza fue la expresión jurídica de la realidad espiritual que vivió Israel de encuentro con su Dios7.

El esquema puede reconocerse sobre todo en el Deuteronomio, pero indicios de él aparecerían también en el libro del Éxodo (pero esto no significa que el concepto y el esquema se remonte necesariamente a la época mosaica)8:

(1) Se reconoce el preámbulo introductorio en la fórmula «Yo soy Yahweh tu Dios»:

"Yo soy Yahveh, soy tu Dios...” (Ex 20,1-2).

Se transformará en la fórmula que “define” al Dios de la Alianza (cf. Dt; Lev 18-26; Ez 20).

(2) El Prólogo Histórico se reconoce inmediatamente en Éx 20,2:

“...que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre" (Éx 20,2).

7 Conviene reseñar brevemente el estado de la cuestión acerca del estudio de los "Pactos de Vasallaje" con relación a las Alianzas bíblicas, según lo expone J.S. CROATTO (Historia de la Salvación, Navarra 1995, 78-79): (1) Entorno a los años 1950 y 1965 hubo un estado de verdadera euforia. Aparecieron importantes trabajos,

entre los que se destacan los del exégeta norteamericano G.E. Mendenhall y los del alemán K. Baltzer. Mendenhall defendía en sendos artículos aparecidos hacia 1954 que la perícopa del Sinaí seguía el

esquema de los tratados hititas, por lo que se trataría de un pasaje de gran antigüedad (ca. 1400 a.C). Baltzer –a quien se le debe el primer estudio sistemático en este campo, aparecido hacia 1960: Das

Bundesformular, Neukirchen-Vluyn (1960)– descubre el esquema del “tratado” en varios textos bíblicos como Ex 19 y 24; Jos 24 y en el Deuteronomio.

(2) La década siguiente, por el contrario se caracterizó por una contracorriente crítica que negó la influencia de los “Pactos” orientales en el pensamiento de Israel. Por ejemplo, D. J. MCCARTHY; G. FOHRER, E. KUTSCH; L. Perlitt entre otros. La teología de la Alianza se atrasaba hasta el exilio y el vocablo “Berit” se entendía como “promesa”, “autoobligación”, “obligación impuesta a otro” (siempre unilateral) y no como “alianza”. En particular, D. J. McCarthy se opuso a una dependencia entre la perícopa del Sinaí y los tratados de vasallaje, puesto que falta un verdadero y propio “prólogo histórico”, las bendiciones y maldiciones (D. J. MC CARTHY, Treaty and Covenant. A Study in Form in the Ancient Oriental Documents and in the Old Testament, Rome, 1963).

(3) Desde 1975 se vuelve, con más moderación, a la explotación de los pactos no bíblicos, con nuevos resultados. Se señala especialmente el trabajo de J. HALBE, Das Privilegrecht Jahwes. Ex 34,10-26, Gotinga, 1975, quien señala las malas interpretaciones y las esquematizaciones de los críticos anteriores, especialmente E. Kutsch.

En cuanto al problema en sí entiende Croatto que si bien no hay que pretender encontrar el formulario de Alianza exactamente igual y con todas las referencias en los textos bíblicos, no se puede negar que la resonancia constante de una forma jurídica que regulaba la vida de los pueblos en contacto permanente (los archivos de Ebla, Ugarit, Mari y otras ciudades nos ofrecen claros testimonios de estas relaciones internacionales). Por lo que no resulta extraño que Israel, al formular su relaciones con Yahveh en el lenguaje de Alianza se sirviera del vocabulario y de las ideoas y de la forma subyacente a estas formas al servicio de su discurso particular sobre el Dios salvador. 8 Aunque en épocas precedentes se tendía a considerar la «alianza del Sinaí» como la piedra angulas de la tradición y el verdadero punto de partida «mosaico» del posterior desarrollo histórico-religioso, hoy día es cada vez más claro para los exégetas que se trata de una interpretación introducida de modo artificial por los teólogos deuteronómico-deuteronomísticos del exilio y post-exilio. No es tarea sencilla delinear los perfiles del estrato pre-deuteronómico de esta importantísima tradición. Según Albertz, en la época primitiva aún no se puede hablar de una «alianza» en el sentido de una institución teológica y jurídicamente estructurada sino sólo de una peculiar relación personal entre Yahweh y el grupo del éxodo, nacida de la experiencia de liberación y ratificada por una teofanía en contexto litúrgico (R. ALBERTZ, "Teofanía y existencia en el desierto", en: Id., Historia de la religión de Israel I, 126-128).

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Cf. Éx 19,4: "Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”.

El hebreo se remonta hasta a Dios más por la contemplación de los hechos que por la especulación racional; su conocimiento es fundamentalmente experimental: “conoce” a Yahweh en los hechos salvíficos (cf. Éx 6,6-7; 14,30-31).

(3) Las Cláusulas, están expresadas, fundamentalmente, en los “mandamientos”:

"No habrá para ti otros dioses delante de mí " (Ex 20,3)

Se ha de respetar su nombre y santificar el sábado (Éx 20,7.8-11).

Luego, están los demás "mandamientos", que contemplan las relaciones con el prójimo, y que constituyen la base para formar la comunidad del pueblo de Dios (Éx 20,12-17. 22s; 34,10-26).

La “Ley” está situada, pues, en este contexto salvífico: el Dios liberador no los iba a esclavizar con una Ley sofocante: por el contrario, mediante la Alianza y sus “cláusulas” se adhieren al Dios de la vida. Para ellos, la “Ley” es fuente de vida, según canta hasta la saciedad el Salmo 119 (cf. Salmo 19) y según lo enseña toda la Biblia. Es una Palabra de Dios, que muestra el camino de salvación.

(4) La Alianza del Sinaí se presenta como un documento Escrito, entregado por Yahweh a su pueblo.

Este es el origen de la tradición de las (dos) Tablas de la Ley (cf. Éx 24,12).

Dios obviamente no se lleva el ejemplar que le corresponde, y ambas tablas son colocadas dentro de un Arca, en una tienda, pues, durante la peregrinación por el desierto, aún no tenían Templo9.

(5) Obviamente no hay “dioses testigos” garantes del pacto entre Yahweh e Israel.

Pero, con todo, aparecen alusiones a determinados “testigos”, por ejemplo, los cielos y la tierra, las montañas y los ríos (esto sobre todo, en los salmos y en los oráculos proféticos sobre la ruptura de la Alianza; cf. Is 1,2s; Miq 6,2s; Jer 2,12).

También el mismo pueblo, que “ha visto” el poder salvador de Yahweh, se constituye en “testigo” de la Alianza (cf. Éx 19,4; Dt 3,21; 4,3.34s.; 29,2).

(6) En los pasajes referentes a la Alianza del Sinaí –según la versión del Éxodo– predominan las Bendiciones (cf. Éx 23,20-33; pero cf. los vv. 21 y 33). Las Maldiciones toman un relieve impresionante en épocas posteriores (cf. Dt 27-28 y Lev 26).

(7) En la Alianza del Sinaí, el Juramento del pueblo se expresa en un tono solemne:

Ex 19,8 "Todo el pueblo a una respondió diciendo: «Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh». Y Moisés llevó a Yahveh la respuesta del pueblo".

9 El "arca" en la que se guardaba el texto de la Alianza, ocupará luego, cuando tuvieron templo, el lugar más sagrado, “el santo de los santos”, lugar donde, en los templos paganos, se erigía la estatua del dios tutelar de la ciudad. No era un mero depósito, sino el lugar de la divinidad, y se constituyó en un lugar de culto común a todas las tribus, que celebraban los hechos salvíficos de Yahweh en la historia (cf. Salmos 78; 105s.; 114; 135s). Por contener las Tablas, se la denominó el "arca de la alianza". Este "arca" terminó finalmente en el Templo de Jerusalén, y allí se conservó hasta el año 587 a.C., cuando fue destruido por los babilonios; allí se perdieron ambos ejemplares de la alianza, y nunca más fueron hallados (cf. Dt 6,20s).

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Ex 24,3.7 "Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh». [...] v.7 Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh»".

Como Ceremonia Conclusiva, la tradición hebrea relacionó la conclusión de la Alianza con un banquete sagrado: cf. Éx 24,3-11, que significa “comunión” con la divinidad, y, más especialmente, con la aspersión de la sangre de las víctimas:

Ex 24,8 "Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras»".

La Alianza del Sinaí fue un acontecimiento clave en la historia de las tribus israelitas (esto no significa que no haya habido otras alianzas a lo largo de la historia: encontramos por ejemplo, la Alianza de Moab, la Alianza de Siquem, etc.). Esta Alianza marca el comienzo de su unificación y su constitución como un sólo pueblo bajo un único Dios.

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