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Madre atrás Andrés Neuman (Argentina) Se entra en un hospital con un incendio de rencores y con ganas de dar gracias. Pero, para dar gracias, hace falta que alguien nos apague el incendio. Qué frágil es la furia. En cualquier momento podríamos gritar, golpear, escupirle a un extraño. Al mismo al que, dependiendo de su veredicto, dependiendo de si nos dice lo que necesitamos escuchar, de pronto admiraríamos, abrazaríamos, juraríamos lealtad. Y sería, hay que decirlo, un amor sincero. Entré en el hospital sin pensar nada. O procurando pensar en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, se jugaba en un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos y quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he pensado que la ausencia de Dios era una suerte que nos liberaba de un peso inconcebible y numerosas pleitesías. Pero, más de una vez, he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital. Los hospitales multitudinarios, llenos de escalafones, pasillos, maquinarias y ceremonias de espera, son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos. Entré intentando no pensar porque temía que, si empezaba a hacerlo, acabaría rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me había ofrecido el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas cortas, le di un brazo y sentí el temblor del suyo. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana?, ¿puede el alma de alguien comportarse como una esponja que, demasiado impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía mucho más baja, demasiado delgada y sin embargo más grávida que antes, más propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía: imaginé de pronto a un niño parecido a mí en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar. La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seríamos capaces de perder cualquiera de nuestros principios. ¿Es eso necesariamente una debilidad? Quizá sea la última, remota fortaleza de la que disponemos: llegar adonde nunca sospechamos que llegaríamos. La cercanía de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo. Entonces

103. Neuman Andres Madre Atr†s Argentina

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Madre atrsAndrs Neuman (Argentina)Se entra en un hospital con un incendio de rencores y con ganas de dar gracias. Pero, para dar gracias, hace falta que alguien nos apague el incendio. Qu frgil es la furia. En cualquier momento podramos gritar, golpear, escupirle a un extrao. Al mismo al que, dependiendo de su veredicto, dependiendo de si nos dice lo que necesitamos escuchar, de pronto admiraramos, abrazaramos, juraramos lealtad. Y sera, hay que decirlo, un amor sincero. Entr en el hospital sin pensar nada. O procurando pensar en no pensar. Saba que el presente de mi madre, mi futuro, se jugaba en un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos y quiz tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del mdico. Siempre he pensado que la ausencia de Dios era una suerte que nos liberaba de un peso inconcebible y numerosas pleitesas. Pero, ms de una vez, he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital. Los hospitales multitudinarios, llenos de escalafones, pasillos, maquinarias y ceremonias de espera, son lo ms parecido a una catedral que podemos pisar los descredos. Entr intentando no pensar porque tema que, si empezaba a hacerlo, acabara rezando como un cnico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me haba ofrecido el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas cortas, le di un brazo y sent el temblor del suyo. Es posible encogerse de la noche a la maana?, puede el alma de alguien comportarse como una esponja que, demasiado impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre pareca mucho ms baja, demasiado delgada y sin embargo ms grvida que antes, ms propensa al suelo. Su mano porosa se cerr sobre la ma: imagin de pronto a un nio parecido a m en una baera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar. La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seramos capaces de perder cualquiera de nuestros principios. Es eso necesariamente una debilidad? Quiz sea la ltima, remota fortaleza de la que disponemos: llegar adonde nunca sospechamos que llegaramos. La cercana de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo. Entonces despertamos y caemos en la cuenta de que todos militamos en el mismo precario bando. La primera noche que pas con mi madre despus de que la internaran, o despus de que ella se internase en no s qu zona de s misma, not que en la habitacin reinaba una igualdad instintiva que jams haba visto fuera del hospital. Los familiares de los enfermos colaborbamos entre nosotros sin discutir, nos repartamos las tareas, alternbamos las vigilias, nos prestbamos los abrigos, compartamos el agua como un don trabajoso. Era eso necesariamente un espejismo? O se trataba de lo opuesto, de la mxima dosis de verdad que necesitan nuestras venas, nuestros ojos, nuestras manos para dar lo que pueden, para hacer lo que saben?La noche en que ingresaron a m madre confirm una sospecha: que ciertos amores no pueden devolverse. Que por mucho que un hijo recompense a sus padres, si es que los recompensa, siempre habr una deuda ah, temblando de fro. Muchas veces he odo decir, yo mismo lo he dicho alguna vez, que nadie pide nacer. Esta seca obviedad suele esgrimirse para excusarnos de alguna responsabilidad que, llegados al mundo, nos correspondera. Cmo somos tan cortos de coraje? Nacer por voluntad ajena nos compromete todava ms: alguien nos ha hecho un regalo. Un regalo que, como casi todos, no habamos pedido. La nica manera congruente de rechazar semejante ddiva sera suicidarse en el acto, sin emitir queja alguna. Pero nadie que acompae a su madre renqueante, a su madre encogida a un hospital, pensar seriamente en quitarse la vida. Que es justo lo que ella me haba regalado.Qu mal tena mi madre exactamente? No importa. Eso es lo de menos. Queda fuera de foco. Era un mal que la haca caminar como una nia, aproximarse paso a paso a la criatura torpe y trastabillante que haba sido al principio del tiempo. Confunda el orden de sus dedos como en un juego indescifrable. Mezclaba las palabras. No poda avanzar recto. Se doblaba como un rbol que duda de sus ramas.Entramos en el hospital, no terminbamos de entrar nunca, aquel umbral era un pas, una frontera dentro de una frontera, y entrbamos en el hospital, y alguien lanz una moneda y la moneda cay. Eso fue. Es tan elemental que la razn se extrava analizndolo. Un mal puede tener sus fases, sus antecedentes, sus causas. La cada de una moneda, en cambio, no tiene historia ni matices. Es un acontecimiento que se agota en s mismo, que se resuelve solo. Por supuesto la memoria puede suspender la moneda, dilatar su ascenso, recrear sus diminutas vacilaciones durante la parbola. Pero esos ardides slo sern posibles despus de que haya cado. El movimiento original, el vuelo de la moneda, es un presente absoluto. Y nadie, esto ahora lo s, nadie es capaz de especular mientras mira caer una moneda.La esponja, dijo, psame la esponja un poco ms arriba, me dijo mi madre, sentada en la baera de su habitacin. Arriba, ah, la esponja, me pidi, y me impresion el esfuerzo que haba tenido que hacer para pronunciar una frase en apariencia tan sencilla. Y yo le pas la esponja por la espalda, hice crculos en los hombros, recorr los omoplatos, descend por la columna, y antes de terminar escrib en su piel mojada la frase que no haba sabido decirle antes, cuando cruzamos juntos la frontera.

Andrs Neuman (Argentina)Breve resea sobre su obraEscritor, poeta y columnista hispano-argentino, nacido en Buenos Aires en 1977. Hijo de msicos, a los trece aos su familia se exili a Espaa. All obtuvo su Licenciatura en Filologa Hispnica por la Universidad de Granada, codirigi la revista Letra Clara, imparti clases de literatura hispanoamericana, trabaj como columnista en numerosos medios de Espaa y Latinoamrica, fue guionista de tiras cmicas en el diario Ideal de Granada. Actualmente escribe para los suplementos culturales del diario espaol ABC y del diario argentino Clarn.A los 22 aos public su primera novela, Bariloche, con la que fue finalista del Premio Herralde 1999.Sus siguientes novelas fueron La vida en las ventanas (2002, finalista del Premio Primavera), Una vez Argentina (2003, finalista del Premio Herralde) y El viajero del siglo (2009, Premio Alfaguara de Novela, Premio de la Crtica en Espaa y elegida entre las 5 mejores novelas del ao por el Diario El Mundo y El Pas).Adems de sus tres libros de cuentos, (El que espera, 2000; El ltimo minuto, 2001; y Alumbramiento, 2006) que incorporan apndices tericos sobre el gnero, es coordinador del proyecto Pequeas resistencias, serie de antologas sobre el cuento actual escrito en castellano, editada por Pginas de Espuma. Es tambin autor de la coleccin de aforismos El equilibrista, el libro de viajes por Latinoamrica Cmo viajar sin ver y el volumen Dcada, que rene sus libros de poemas. Madre atrs aparece publicado en Hacerse el muerto, editado por Pginas de Espuma.