El Cobrador, Rubem Fonseca

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El Cobrador

Dr.Carvalho, Dentista. En la sala d e espera vaca un cartel, Espere, el doctor est atendiendo a un cliente. Esper media hora, la muela rabiando, la puerta se abri y apareci una mujer acompaada d e un tipo grande, d e unos cuarenta aos, con bata Entr e n el consultorio, me sent e n el silln, el dentista me sujet al pescuezo una servilleta d e papel. Abr la boca y dije que la muela d e atrs me dola mucho. Mir con un espejito y pregunt cmo es que haba dejado que mi boca quedara en ese Como para partirse d e risa. Tienen gracia estos tipos. Voy a tener que arrancrsela, dijo, le quedan pocos dientes, y si no hacemos un trabajo rpido, los va a perder todos, hasta stos -y dio un golpecito sonoro e n los d e adelante. Una inyeccin d e anestesia en la enca. Me mostr la muela e n la punta del botador: la raz est podrida, ve?,dijo sin inters. Son cuatrocientos cruceiros. De risa. No tengo, dije. Que no tienes qu? No tengo los cuatrocientos cruceiros. Fui caminando en direccin a la puerta. Me cerr el paso con el cuerpo. Ser mejor que pagues, dijo. Era un hombre alto, manos grandes y fuertes muecas de tanto arrancar muelas a los desgraciados. Mi pinta, un poco canija, envalentona a cierta gente. Odio a los dentistas, a los comerciantes, a los abogados, a los industriales, a los funcionarios, a los mdicos, a los ejecutivos, a toda esa canalla. Tienen muchas que pagarme todos ellos. Abr la camisa, saqu el 38, y pregunt con tanta rabia, que una gotita d e saliva sali disparada hacia su cara -qu tal si te meto esto en el culo? Se qued blanco, retrocedi. Apuntndole al pecho con el revlver empec a aliviar mi corazn: arranqu los cajones de los armarios, lo

tir todo por el suelo, la emprend a puntapis con los frasquitos, como si fueran balones; daban contra la pared y estallaban. Hacer aicos las escupideras y los motores me cost ms, hasta me hice dao en las manos y en los pies. El dentista me miraba, varias veces pareci a punto de saltar sobre m, me hubiera gustado que lo hiciera, para pegarle un tiro en aquel barrign lleno de mierda. ;No pago nada! Ya me hart de pagar!, le grit, ;ahora soy yo quien cobra! Le pegu un tiro en la rodilla. Tendra que haber matado a aquel hijo de puta.

La calle llena d e gente. Digo, dentro d e mi cabeza y a veces para afuera, todos me las tienen que pagar! Me deben comida, coos, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben. Un ciego pide limosna agitando una escudilla d e aluminio con monedas. Le pego una patada en la escudilla, el tintineo de las monedas me irrita. Calle Marechal Floriano, armera, farmacia, banco, putas, fotgrafo, Light, vacuna, mdico, Ducal, gente a montones. Por las maanas no hay quien avance camino de la Central, la multitud viene arrollando como una enorme oruga que ocupa toda la acera.

Me encabronan esos tipos que andan e n Mercedes. La bocina del carro tambin me fastidia. Anoche fui a ver a un tipo que tena una Magnum con silenciador para vender e n la Cruzada, y cuando estaba atravesando la calle toc la bocina u n sujeto que haba ido a jugar tenis en uno de aquellos clubs finolis d e por all. Yo iba distrado, pensando e n la Magnum, cuando son la bocina. Vi que el carro vena lentamente y me qued parado frente a l. Qu pasa?, grit. Era de noche y no haba nadie por all. l estaba vestido de blanco. Saqu el 38 y dispar contra el parabrisas, ms para cascarle el vidrio que para darle a l. Arranc a toda prisa, como para atropellarme o huir, o las dos cosas. Me ech a un lado, pas .el coche, los neumticos chirriando en el asfalto. Se par un poco ms all. Me acerqu. El tipo estaba tumbado con la cabeza hacia atrs, la cara y el cuerpo estaban cubiertos de millares de astillitas

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d e cristal. Sangraba mucho, con una herida en el cuello, y llevaba ya el traje blanco todo manchado d e rojo. Volvi la cabeza, que estaba apoyada en el asiento, los ojos muy abiertos, negros, y el blanco en torno era azul lechoso, como una nuez d e jabuticaba por dentro. Y porque el blanco de sus ojos era azulado le dije -oye, vas a morir, iquieres que te pegue el tiro de gracia? No, no, dijo con esfuerzo, por favor. En la ventana vi a un tipo observndome. Se escondi cuando mir hacia all. Deba haber llamado a la polica. Sal caminando tranquilamente, volv a la Cruzada. Haba sido una buena idea despedazar el parabrisas del Mercedes. Tendra que haberle pegado un tiro e n el capot y otro en cada puerta, el hojalatero iba a agradecerlo.

El tipo d e la Magnum ya haba vuelto. Traes los treinta mil? Ponlos aqu, en esta mano que no ha agarrado e n su vida el tacho. Su mano era blanca, lisita, pero la ma estaba llena de cicatrices, tengo todo el cuerpo lleno de cicatrices, hasta el pito lo tengo lleno d e cicatrices. Tambin quiero comprar una radio, le dije. Mientras iba a buscar la radio, examin a fondo mi Magnum. Bien engrasadita, y tambin cargada. Con el silenciador pareca un can. El perista volvi con una radio d e pilas. Es japonesa, dijo. Dale, para que lo oiga.

Puf. Creo que muri del primer tiro. Le atic dos ms slo para or puf, puf.

Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, sngich d e mortadela en el bar d e la calle Vieira Fazenda, helado, baln de Me quedo frente a la televisin para aumentar mi odio. Cuando mi clera va disminuyendo y pierdo las ganas de cobrar lo que me deben, me siento frente a la televisin y al poco tiempo me vuelve el odio. Me gustara mucho coger al tipo que hace el

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anuncio del gisqui. Est vestidito, bonito, todo sanforizado, abrazado a una rubia reluciente, y echa unos cubitos d e hielo e n el vaso y sonre con todos los dientes, sus dientes firmes y verdaderos; me gustara agarrarlo y rajarle la boca con una navaja, por los dos lados, hasta las orejas, y esos dientes tan blancos quedaran todos fuera, con una sonrisa de calavera descarnada. Ahora est ah, sonriendo, y luego besa a la rubia en la boca. Se ve que tiene prisa el hombre. Mi arsenal est casi completo: tengo la Magnum con silenciador, un Colt Cobra 38, dos navajas, una carabina 12, un Taurus 38, un pual y un machete. Con el machete voy a cortarle a alguien la cabeza d e u n solo tajo. Lo vi en el cine, e n uno de esos pases asiticos, an e n tiempo d e los ingleses. El ritual consista en cortar la cabeza de un animal, creo que un bfalo, de un solo tajo. Los oficiales ingleses presidan la ceremonia un poco incmodos, pero los decapitadores eran verdaderos artistas. Un golpe seco y la cabeza del animal rodaba chorreando sangre.

En casa de una mujer que me atrap en la calle. Coroa, dice que estudia en la escuela nocturna. Ya pas por eso, mi escuela fue la ms nocturna de todas las escuelas nocturnas del mundo, tan mala que ya ni existe. La derribaron. Hasta la calle donde estaba fue demolida. Me pregunta qu hago, y le digo que soy poeta, cosa que es rigurosamente cierta. Me pide que le recite uno d e mis poemas. Ah va: A los ricos les gusta acostarse parde/ slo porque saben que la chusma/ tiene que acostarse temprano para madrugar. Esa es otra oportunidad suya/ para mostrarse diferentes:/ hacer el parsito,/ despreciar a los que sudan para ganar la comida,/ dormir hasta tarde,/ tarde/ un da/ por fortuna/ demasiado tarde./ Me interrumpe preguntndome si me gusta el cine. Y el poema? Ella no entiende. Sigo: Saba bailar la samba y enamorarse/ y rodar por el suelo/ slo por poco tiempo./ Del sudor d e su rostro nada se haba construido./ Quera morir con ella,/ pero eso fue otro da,/ realmente otro da./ En el cine Iris, e n la calle Carioca/ El Fantasma de la pera/ Un to de negro,/ cartera negra, el rostro oculto,/ e n la mano u n pauelo blanco inmaculado,/ haca puetas a los espectadores;/ e n aquel tiempo, en Copacabana,/otro/ que ni apellido tena,/ se beba los orines d e los mingitorios de los cines/ y su rostro era verde e inolvidable,/ La Historia est hecha d e gente muerta/ y el futuro

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condenaban/ por ser inocente o por estpido. De todos modos/ el suelo segua all/ para zan~bullirse./ Cuando n o se tiene dinero/ es conveniente tener n~sculos/y odio./ Leo los peridicos para saber qu es lo que estn comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos

Desde la calle veo la fiesta e n la Vieira Souto, las mujeres con vestido de noche, los hombres de negro. Camino lentamente, de un lado a otro, por la calle; no quiero despertar sospechas y el machete lo llevo por dentro del pantaln, amarrado; n o me deja caminar bien. Parezco un lisiado, me siento como u n lisiado. Un matrimonio de mediana edad pasa a mi lado y me mira con pena; tambin yo siento pena de m, cojo, y me duele la pierna. Desde la acera veo a los camareros sirviendo champn francs. A esa gente le gusta el champn francs, la ropa francesa, la lengua francesa. Estaba all desde las nueve, cuando pas por delante, bien pertrechado de armas, entregado a la suerte y al azar, y la fiesta surgi ante m. Los estacionamientos que haba ante la casa se ocuparon pronto todos, y los coches de los asistentes tuvieron que estacionarse e n las oscuras calles laterales. Me interes mucho uno, rojo, y e n l, un hombre y una mujer, jvenes y elegantes los dos. Fueron hasta el edificio sin cruzar palabra; l, ajustndose la pajarita, y ella, el vestido y el peinado. Se preparaban para una entrada triunfal, pero desde la acera veo que su llegada fue, como la d e los otros, recibida con total desinters. La gente se acicala en el peluquero, en la modista, e n los salones de masaje y slo el espejo les presta, e n las fiestas, la atencin que esperaban. Vi a la mujer con su vestido azul flotante y murmur: te voy a prestar la atencin que te mereces, por algo te pusiste tus mejores braguitas y has ido tantas veces a la modista y te has pasado tantas cremas por la piel y te has puesto un perfume tan caro. Fueron los ltimos en salir. No andaban con la misma firmeza y discutan irritados, voces pastosas, confusas. Llegu junto a e