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SOBRE LA CONDICION DE AMANTE Y LA LIBERTAD. UNA MIRADA AL MIRAR Gustavo A. Appignanesi

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Esta obra intenta promover la reflexión sobre el modo en que miramos el mundo (algo que dice más de nosotros mismos que de lo que miramos). La misma constituye un llamado a abandonar el reduccionismo actual y comprometernos con la cualidad de inconmensurable que mora en todo cuanto existe para mirar con humildad, libertad y sensibilidad. En otras palabras, para instalarnos en la bella condición de amantes. La obra también remarca la fundamental misión que al respecto le cabe a la educación, en particular, al desarrollo de una pedagogía coherente con dicho modo de contacto con el mundo.La portada del libro es una metáfora del mismo (y de nuestras visiones, miopías y cegueras). Pues alude a que, ante un ser humano, nuestro mirar reduccionista reemplaza al hombre con el monigote de la sombra. Pedestres en lo espiritual, no sólo no vemos nuestras alas (y tanto se requiere del vuelo!), sino que el reduccionismo nos conforma con mucho menos que sombras: con pobres reducciones huecas de substancia.

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SOBRE LA CONDICION DE AMANTE Y LA LIBERTAD. UNA MIRADA AL MIRAR

Gustavo A. Appignanesi

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A quienes me ayudaron a aprender a amar: A mi familia, especialmente a Cintia, Francisco y Tomás, A mis padres y hermanos. A mis amigos, especialmente a Alejandro. Espero haber sido capaz de reflejar algo de todo lo que me brindan.

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Intento dar mis escritos como quien regala una sonrisa. Con la misma frescura.

Puede que ellos, a la larga, no resulten tan inocentes. Pero lo mismo ocurre con las sonrisas.

Y ya tenemos cierta conciencia de ello al ofrecerlas.

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CONTENIDO I. PRIMERAS PALABRAS II.1 EL ESCENARIO REDUCCIONISTA II.2 II. 2. LA RELEVANCIA DEL MIRAR III. 1. UNA MIRADA AL MIRAR III. 2. LA MIRADA DEL AMANTE

(AL ABRAZO DE LO INCONMENSURABLE) III. 3. LA CONDICION DE AMANTE. UNA MIRADA AL AMOR III. 4. LA CONDICION DE AMANTE EN NUESTRA VIDA COTIDIANA.

SU VALOR OPERATIVO IV. 1. EL ESTADO DE SENSIBILIDAD. LA NECESIDAD DE UNA

NUEVA PERSPECTIVA EDUCATIVA IV. 2. EL DESARROLLO DE UNA NUEVA PEDAGOGÍA IV. 3. DE NECESIDADES Y COMPROMISOS V. ALGUNAS NOTAS DE VIAJE V. 1. UNA EDUCACIÓN PARA LA TRASCENDENCIA

(APOLOGÍA DE LA NATURALEZA HUMANA) V. 2. GLOBALIZACION: REALIDAD, MITO Y DESAFIO V. 3. HECHO ARTISTICO, HECHO EDUCATIVO V. 4. EDUCACIÓN Y PRESCINDENCIA: HACIA UNA EDUCACIÓN

DINÁMICA, INTRÍNSECAMENTE EVOLUTIVA V. 5. DE RÍOS Y DESIERTOS V. 6. HOMBRES DEL NIÑO (“UP AND DOWN”) V. 7. EL ACOMPAÑANTE

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V. 8. LA MÉTRICA DE LO SAGRADO Y LA OPCIÓN ÉTICA VI. A FALTA DE CONCLUSIONES

(UN ESPERANZADO LLAMAMIENTO Y CONFESIONES VARIAS)

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I. PRIMERAS PALABRAS Hay veces en que uno siente un profundo llamado al que no puede sustraerse, pues existen cosas que tienen tamaña relevancia que no saben de costos, cuya importancia empequeñece totalmente a las dificultades que entrañan. Cuando uno se da cuenta de esas cosas, cuando se le vuelven evidentes, no puede ya dejarlas de lado, comienza a sentirlas como un desafío ineludible. Cuando uno ve tanto la necesidad del desarrollo de una nueva forma de relación con el mundo que ayude al Hombre a promover el cambio que le demanda su evolución (y su supervivencia), como así también el papel fundamental que le cabe en ello a la educación, no puede menos que apasionarse. El Hombre se encuentra, de cara al presente y al futuro, desorientado, impotente, casi indiferente. Ha asistido atónito al derrumbe inexorable, patético y desgarrador de innumerables, disímiles y contrapuestos sistemas, utopías y revoluciones. Y se ha vuelto escéptico a fuer de náufrago. Pues no parece alcanzar a tomar real conciencia de que tales iniciativas desnudan un talón de Aquiles común. Puesto que se empeña en buscar respuestas externas, sin advertir que la única transformación que es verdaderamente de fondo es su propia transformación interior*. Sólo ella es genuinamente revolucionaria. Pues los cambios de sistemas, de esquemas, sólo son movimientos externos, mientras que ella promueve un movimiento profundo que implica evolución. Y es hoy, como siempre pero más que nunca, imprescindible. Pues, si bien se manifiestan en problemas visibles cada vez más graves, los problemas humanos fundamentales (internos y casi invisibles) siguen siendo siempre los mismos. Hoy día nos encontramos bajo el imperio del reduccionismo de masas que reemplaza a las cosas por estáticas y frías reducciones o caricaturas que olvidan su riqueza y su belleza. Así, vivimos atrapados en el miedo a la libertad, atados por prejuicios y condicionamientos, ocupados en una continua búsqueda de seguridades, construyendo o adoptando marcos de referencia o esquemas dentro de los cuales movernos, corriendo tras los más diversos placeres, distraídos en lo externo para no enfrentarnos con nosotros mismos, con nuestros propios vacíos. En fin, transitamos por la vida confundidos, desorientados, impotentes al asistir diariamente al triste espectáculo del odio, de la intolerancia, de la violencia, de la indiferencia, del desamor. Y, lo que es sumamente grave, vivimos indiferentes. Pues, sumidos en la indiferencia, hemos encontrado bajo el sombrío manto del reduccionismo un seductor refugio donde guarecernos, inconscientes en gran medida del inmenso costo evolutivo que pagamos. ¡Cuántos mecanismos de defensa que nos impiden captar, descubrir, amar, llevar a cabo la maravillosa acción de evolucionar! Ante este panorama, el principal objetivo de este escrito descansa en realizar un llamado de atención sobre la tremenda relevancia del desarrollo de nuestro mirar, del arte de ver, de la sensibilidad. Pues, entendido como atención, apertura y amplitud, como estado de contacto, el arte de ver constituye una herramienta fundamental. El mismo promueve la adopción de una postura ante el mundo que resulta genuinamente alternativa al reduccionismo. Una postura basada en la humildad, en la libertad, en la sensibilidad. Una

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postura comprometida con la inconmensurabilidad del mundo. Una postura que nace en la espontaneidad y la incondicionalidad. Una postura intrínsecamente, genuinamente evolutiva. Una postura que se identifica con la condición de amantes del mundo. Es precisamente dicha actitud la que nos puede proveer de una consciencia profunda y totalizadora que, por su parte, resulte una herramienta efectiva para resolver nuestros problemas mundanos. Es precisamente dicha postura la que nos permitirá crecer y evolucionar. Sin embargo, ante el paradigma reduccionista imperante en nuestra sociedad, el cual impide su surgimiento, no alcanza simplemente con aludir a dicha forma de relación con el mundo. Además, el sentido de compromiso que ella suscita nos lleva a poner el acento en la imperiosa necesidad que detenta el desarrollo de una educación que se desprenda naturalmente de ella y que permita su surgimiento y desarrollo. Pues, en sentido amplio, la educación involucra a todo contacto del ser humano con el mundo. En tal sentido, ella constituye nuestra herramienta de evolución por antonomasia.

Por su parte, la necesidad de dicha educación (entendida como el continuo ejercicio de nuestro contacto con el mundo) nos advertirá la importancia que posee operativamente el desarrollo de una pedagogía en consecuencia. Pues, la postura ante el mundo que concebiremos como alternativa al reduccionismo consiste simplemente en crecer en la humildad, en la libertad y en la sensibilidad. Y hoy no le ofrecemos muchas posibilidades de aflorar, pues los prejuicios, los condicionamientos y el culto a la indiferencia que imperan en nuestra sociedad impiden su desarrollo. Es por ello que se requiere de una pedagogía que nos provea del clima adecuado, de la atmósfera idónea que permita su surgimiento y que potencie su florecimiento. De todos modos, no intentaré en este escrito abundar en los detalles de tal pedagogía, sino que más bien aspiro, dentro de mis humildes posibilidades, a desnudar su espíritu. Por ello, este escrito apunta en primera instancia a poner en evidencia a los graves problemas que ocasiona la hoy reinante postura reduccionista y a mostrar la necesidad y la belleza del desarrollo de una forma de relación con el mundo genuinamente alternativa al reduccionismo. La misma, a la que identificaremos con la condición de amante, se funda en la humildad, la libertad y la sensibilidad, constituyendo naturalmente un auténtico compromiso con el conocimiento, la belleza y la ternura. Es en este tema, tan general como prioritario, en el que se concentrará la mayor parte del escrito. En una segunda instancia que se desprende natural y necesariamente de la primera abordaremos más adelante (sin transitar demasiado por los detalles para no perder generalidad) tanto la necesidad como la esencia de una educación y una pedagogía consistentes con dicha forma de relación con el mundo. Pues la educación nos compete a todos. Y como dicho, en sentido amplio, cada instante de nuestras vidas constituye una aventura educativa, una posibilidad de descubrimiento. Ella es una tarea de toda la vida, aunque nos acostumbremos a estancarnos muy tempranamente. Pues el aprendizaje constituye un hermoso viaje (sin una ruta fija de antemano), el cual posee un valor intrínseco dado por el trayecto, por el transitar y no por alcanzar una meta. Y el trayecto es tan largo y tan fructífero como seamos capaces de andar y descubrir. Por otra parte, en sentido operativo, todas nuestras relaciones con los demás son actos educativos. Vivimos aprendiendo, pero también ayudando a los demás a aprender. En tal sentido, todos somos corresponsables de la educación de los demás: de nuestros hijos, de nuestros prójimos, de todos aquellos que de alguna manera tienen contacto con nosotros. Además, en lo que respecta al desarrollo de una educación formal que nos ayude a

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evolucionar, que nos permita trascender, que nos ayude a crecer y a resolver tanto nuestros problemas visibles como invisibles, ella es una tarea de todos. Pues cada uno de nosotros, en un compromiso con la apertura y la amplitud y a partir del conmovedor acto del don de sí mismo, podemos aportar elementos tan vitales como enriquecedores. Creo que resulta casi una obviedad expresar que este escrito no ha sido concebido por mero placer estético. Espero que ello no sea inmediatamente evidente sólo a partir de sus limitaciones en tal sentido. Pues anhelaría que resultara en cierto modo manifiesto y tangible mi intento por que las palabras que lo conforman trasciendan el carácter de simples adornos. Puesto que ellas salen, se desgranan, brotan a borbollones, buscan asomar con la misma necesidad que los rayos del sol al alba. Ellas revisten sueños e ilusiones, profesando un profundo respeto y ternura por la belleza (y bien saben del ingente poder de la belleza). Pero evidentemente, también tienen clamor de náufrago. Y más de una vez, explícita o implícitamente, intencionada o involuntariamente, habrán de configurarse en un esperanzado llamado. Además, no hubiera dudado (o no he dudado) en sacrificar pulcritud en cuanto sintiera que ello pudiera atentar contra la frescura, el ímpetu, el apasionamiento y la elocuencia. En tal sentido, espero no haber cometido demasiados atropellos contra la claridad. Por ello, he tratado de no ser demasiado repetitivo, de no volver demasiado sobre los temas y los conceptos. Prefiero un escrito corto que se pueda releer (y que invite a ello) antes que exponer a la (deseable) elocuencia a la posibilidad de diluirse o naufragar en su extensión. Además, debido a la temática, prefiero un escrito incisivo. Con alas de gaviota y manos de doncella, pero con aguijón de avispa. Por otra parte, espero que el estilo de este escrito no contravenga al espíritu de la postura y forma de relación con el mundo (ni al de la consiguiente pedagogía) a la cual haré referencia y de la cual ha surgido. Soy conciente de que existe una intrínseca dificultad al escribir sobre lo intransferible, sobre lo intangible, sobre lo inasible, sobre lo inabordable en su completitud desde lo conceptual, sobre lo inconmensurable. Pido desde ya perdón por todos los excesos que pudiera haber cometido en tal sentido. En cuanto a los destinatarios (y las motivaciones), una pregunta muy difícil de responder es: ¿Para quién escribo? Quizá escriba en parte para mí, porque la letra me brota naturalmente, por necesidad. Tan visceral como alada. Definitivamente intento dirigirme a todo aquel que siente la necesidad de que nuestro modo de ver el mundo y nuestro modo de vida tengan más relación con la evolución y la vida que con la mera supervivencia. Y definitivamente escribo para quienes no lo sienten. A ellos no intento (y espero que a nadie) transferirles nada, sino simplemente mostrarles que existen alternativas si ejercitamos una de nuestras mayores virtudes: la tolerancia. Y, quizá, permitirles descubrir, modestamente ayudarles a situarse a las puertas del descubrimiento a partir de la humildad y la libertad. También escribo para quienes ven la necesidad del desarrollo de una pedagogía nueva. Y para los que no la ven. Es obvio que lo anterior resulta sumamente ambicioso aún como declaración de deseos. Y lo es mucho más aún ante la conciencia de las modestas posibilidades de quien escribe. De todos modos, en cualquier caso, a lo que no concibo renunciar (aunque más no sea en el terreno de los anhelos) es a intentar entrar en contacto con los lectores y que ese contacto no sea superficial sino que llegue, en lo posible, a las fibras íntimas del alma. Claro que la palabra posee la material limitación. Ella es fría, carente de emoción. Además, amén de las inherentes limitaciones propias para escribir y de la verificación de que a la tinta siempre le resulta más fácil que a uno adsorberse en el papel, el hecho del alumbramiento de un escrito es siempre un proceso doloroso. Sin embargo, en esta tarea la

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vocación por trascender la fría letra es, por suerte, mucho más importante que la destreza. Así, a pesar de la torpeza, siempre es de algún modo posible cierta alquimia literaria que transmuta carne, sangre, sudor y espíritu en papel y tinta. De esa manera, las emociones, con la clandestina intención de liberarse, de desnudarse, surgen de lo profundo y escondidas, disfrazadas de palabras se escurren entre los dedos, solicitan entidad a la tinta y, fecundizando la pluma, se posan gentilmente en la hoja. Quedan así a la espera de una mirada que les insufle vida y, de tal manera, las libere de su cárcel de papel, que las despierte de su material letargo. Que les dé alas para remontar vuelo y convertirse en abrazo. Por ello, lo verdaderamente importante es lo que el escritor puede promover en el lector (en rigor, ayudar a que al lector le ocurra) pues, además de comunicar ideas, un escrito puede promover emociones, sentimientos. Ningún escritor, ni el más sublime poeta, puede describir acabadamente un sentimiento, pero sí puede proporcionarle al lector la posibilidad de sentir, puede ayudarlo y estimularlo a descubrir. Cuando se escribe con el alma se trascienden las barreras materiales para darse una comunión profunda entre autor y lector. Así, trascender no es una linda construcción literaria. Es una vivencia. O, si se prefiere, una realización de esa carnal literatura que no se escribe con tinta. Y si ello ocurre, la obra se continúa en los lectores. Ninguna obra es propiedad exclusiva de su autor. Ya de por sí no es sólo él quien la escribe, de acuerdo a una idea amplia de Humanidad. Además, ella nunca puede considerarse acabada puesto que sólo se va completando con los lectores, de igual manera en que cada Hombre se va completando en los demás. ¡Qué profunda miopía nos impide ver que no somos más que versos con destino de poema! Versos que intentan construir un poema. O quizá, reconstruirlo, o tomar consciencia de él, casi sin saberlo: ¡Es que parece haber tanto escrito desde siempre que no alcanzamos a ver! ¡Cuán terrible ceguera aquella que nos impide reconocernos como pobres versos huérfanos de significado, de completitud y globalidad, cuando aislados!; ¡Metáforas de la unidad cuando amamos! Hay veces en que uno siente que sólo existe la poesía. Que no hay escritor, poema y receptor, sino sólo poesía. Sin embargo, las más de las veces mezquinamos tinta (es decir, carne, sangre, cuerpo y alma), o la desperdiciamos. Y necesitamos utilizar apropiadamente hasta la última gota, pues el tintero parece traer lo justo, lo exacto. * interior en el sentido de integral, es decir, espiritual e intelectual, pues la misma transformación puede relativizar el sentido de lo interno y lo externo.

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II. 1. EL ESCENARIO REDUCCIONISTA La pérdida de la capacidad de asombro, de la capacidad de maravillarse, de la ingenuidad, parece constituir hoy un signo de madurez. Ello es debido a que el reduccionismo, transplantado desde el plano de lo operativo hacia lo filosófico, ha condicionado la actitud que tenemos ante la realidad. Y a partir de dicha postura ante el mundo, edificada sobre un miedo atroz a vernos sorprendidos por lo que no dominamos, por lo que no nos resulta familiar y conocido, vamos adquiriendo maestría en reducir al mundo a un sistema perfectamente determinado sobre el cual podamos ejercer el máximo control, obteniendo el máximo posible de seguridad y predecibilidad.

Un hombre, una flor, un pájaro, son inagotables, poseen una inmensa riqueza a descubrir. Pero nosotros sólo solemos concebirlos como objetos. Los identificamos con y, lo que es peor, los reemplazamos por reducciones que comprenden sólo unas pocas características externas de los mismos, que incluyen sólo los pocos ingredientes necesarios para manejarnos operativamente. Así, dicha objetivación nos condena a la apatía, al desinterés, pues cada uno de los miles de hombres, flores, pájaros que vemos todos los días sólo suelen ser para nosotros poco más que meras traducciones operativas. Incluso aquellos más cotidianos y cercanos. Es a este proceso de reemplazo que se apodera de nuestro modo de mirar al que denomino reduccionismo. El mismo sólo es necesario en el plano operativo y no tiene por qué condicionar a cada uno de nuestros contactos con el mundo, volviéndolos por tanto intrascendentes e incompatibles con la posibilidad de obrar como oportunidades de evolución. Sin embargo, hoy su reinado resulta tan despótico y excluyente que rara vez algo ante nuestros ojos logre superar la categoría de símbolo, tal como lo demanda nuestra vida a los simples fines operativos y coyunturales. Y, lamentablemente, rara vez nuestra existencia alcance a trascender dichos fines.

Así, condicionados por el reduccionismo objetivamos, etiquetamos, parametrizamos, reducimos a la realidad a una pobre representación. Poblamos a nuestra visión del mundo de las caricaturas de las cosas que extraemos de nuestras primeras y apresuradas inspecciones, las cuales son incapaces de retener la inmensa riqueza que vive en lo que reemplazan y se encuentran condenadas al estatismo. Y en ese marco operamos, haciendo un culto del pragmatismo (en cuyo nombre sacrificamos cosas esenciales), pudiendo llegar a ser tremendamente operativos y eficaces. Pero el contentarnos con las pobres inspecciones ligeras y superficiales que realizamos de la realidad constituye ya una primitiva reducción que no es redimible por las construcciones que con ellas realicemos, por más refinadas y sofisticadas que éstas sean. Y dicha reducción, que se evidencia como útil, potente y exitosa al nivel operativo, se torna en general tiránica y excluyente, usurpando por completo el control sobre el modo de acceso a la realidad. Privando a nuestro mirar de amplitud y profundidad. Dejando en nuestra visión la impronta de la brutalidad que nace del desprecio de la belleza y la ternura.

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La capacidad reduccionista no es en sí negativa sino necesaria. Se constituye en peligrosa cuando, realimentada por la rutina y la costumbre, se torna excluyente y nos condena a vivir en un subespacio muy pobre de la realidad en donde hasta lo más inasible (léase sentimientos, espiritualidad, seres humanos, etc.) no logra escapar al símbolo. Así, por habituales, las etiquetas, infinitamente más pobres, reemplazan a las cosas que representan y nuestra visión del mundo se ve signada por la pobreza. Pues el reduccionismo construye una filosofía de vida con los restos, con los despojos que quedan del mundo luego de amputarle su substancia (de asesinar su espíritu, su naturaleza). Es así como hoy día, lamentablemente, nuestras visiones del mundo están pobladas de cadáveres. Pero a nosotros, inconscientes de la pobreza de la construcción reduccionista y de sus graves implicaciones, tal escenario nos resulta muy cómodo y tranquilizante pues allí tienen sentido cosas tan familiares como el juicio, las jerarquías, las barreras, el signo, la dirección, la traducción, etc. Por otra parte, si bien en una primera inspección apresurada, el problema del reduccionismo pareciera circunscribirse al terreno de la estética, el mismo posee graves implicaciones éticas (lo cual es obvio puesto que el Bien y la Belleza no habitan en ámbitos distintos). La exaltación de la visión reduccionista que conduce por extrapolación al reduccionismo filosófico no sólo nos priva de belleza, sino que construye un submundo sombrío donde no existen los valores. En su reemplazo, nos contenta con manejar pobres representaciones, traducciones o sustitutos de los mismos, a los que, de todos modos, elevamos a rigurosos pedestales. Así, ciegos a lo relevante y trascendente, nos dejamos encandilar por lo que reluce y corremos tras el éxito y el placer pues nos resultan más fácilmente asequibles que la evolución o, al menos, más intelectualizables, comprensibles, tangibles y, por ende, se nos aparecen como más reales. Y así como el éxito reemplazó a la evolución y el placer a la felicidad, buscamos a la belleza en lo lindo, a la paz en la tranquilidad, al amor en el deseo, creemos encontrar a la justicia en el cumplimiento de reglas externas dictadas por dichos pseudovalores y confundimos a la libertad con la capacidad de optar y con el manejo del antojo. Y lo más triste es que todo esto, a fuer de cotidiano, se nos hace tan natural que ni siquiera somos concientes del nivel de reducción y ya no vivimos sino en el sombrío mundo simbólico que nos hemos construido, pues todo lo que no cae en él, virtualmente no existe.

Es cierto que la ejercitación en el juego simbólico de reducir al mundo nos torna más inteligentes y sagaces. Sin embargo, la inteligencia es sólo una parte de la sensibilidad (entendida como capacidad de captar, de descubrir, de sentir en forma amplia) y por sí sola no constituye mucho más que una herramienta. Y la sabiduría sólo es asequible por medio de la sensibilidad. De todos modos, no nos interesa la sabiduría, ya que ella puede resultar perjudicial para nuestra carrera en pos del éxito. Pues, desentendiéndonos de todo aquello que pueda sembrar la más mínima duda o que, por su inoperancia o improductividad (por supuesto evaluadas en el modo reduccionista) nos pueda hacer “perder tiempo”, los hombres corremos apurados. No sabemos muy bien cuál es la meta ni por qué lo hacemos, pero parece que es menester correr incluso sin siquiera permitirse disfrutar del trayecto y nos pasamos la vida perfeccionando nuestra forma de correr, intentando superar o, al menos, seguir a los demás. Y dado que solemos observar a los demás de una manera reduccionista (los seres humanos suelen representar poco más que objetos o símbolos) nos vemos condenados a la soledad y a la práctica de un individualismo feroz. Sin embargo, para poder correr tranquilos es necesaria la existencia de elementos consensuales que transformen la carrera en un multitudinario maratón. La masificación

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brinda apoyo de tipo inductivista consensuando la idea de éxito: Lo comúnmente aceptado, lo que todos creen, no puede dejar de ser bueno. Así, los pseudovalores mencionados adquieren sustento a partir del número. Entonces, las viejas escalas de valores tradicionales con sus blancos y negros (ya de por sí pobres pues también tienen su origen en el juicio y la reducción) se van poblando de grises ya que todo da más o menos igual. Pues, para poder correr mejor, nos libramos de la conciencia refugiándonos en la impunidad del conjunto. Y tal conciencia de masas actúa como una regla flexible y ajustable que mide según un híbrido sentido común, como una burda tijera que recorta (entendido tanto en el sentido de crear y moldear como de acotar) individuos en forma grosera y bestial. Por ello, en este escenario del reduccionismo, los medios masivos de comunicación encajaron justo como elementos uniformadores, como poderosos elementos de cohesión, como sumadores de soledades (los hombres creen escapar de la soledad amontonándose). Los mismos poseen tal sensualidad que resultan potentísimos, casi imbatibles para operar al nivel reduccionista. Y dado que toda la educación tiende hoy a operar a ese mismo nivel, se constituyen en los principales educadores. Volviendo a la alegoría de la carrera (o podría pensarse también en un juego), a la luz de la tranquilidad y del marco de referencia que le brinda el elemento consensual, cada uno comienza en la posición o en el nivel de éxito que en suerte le haya tocado y avanza con habilidad, inteligencia, mañas, etc. Muchos quedan atrapados en malas posiciones o en niveles bajos de éxito y se conforman y resignan o se frustran y resienten (por no poder alcanzar los inalcanzables estereotipos que los medios le proponen), mientras que unos pocos más afortunados logran alcanzar ciertos niveles de éxito. Pero, de todos modos, siempre se debe seguir corriendo. La lucha, el correr, se convierte en lo importante, porque si nos detenemos nos embarga una profunda sensación de vacío. Necesitamos seguir corriendo aturdidos, ocupados, confundidos, por el temor casi inconsciente de quedar desnudos, a solas con nuestras miserias y vacíos, a solas con un universo que no conocemos ni dominamos (o con la conciencia de la pobreza del mundo que hemos construido en su reemplazo), aterrados de quedar a solas con nosotros mismos y con las cosas tal cual son y no como las concebimos y etiquetamos. Entonces, la carrera se evidencia como una huida, el maratón se transforma en una estampida. No vemos que el temor sólo existe en tanto huimos. Pero como no sabemos como enfrentar el miedo, necesitamos mantenernos aturdidos, ocupados. Por ello, delegamos nuestra responsabilidad descansando en alguna de las disímiles y múltiples autoridades reconocidas o en la indiferencia, renunciando a nuestra potencialidad evolutiva, y corremos tras las metas que traza el signo dominante (y casi imperceptible, lo cual lo torna más potente y efectivo): el reduccionismo. En este contexto, domesticados por los distintos medios educativos de que dispone la sociedad, aprendemos a escapar del miedo, a evadirlo, volviéndonos al sistema que instaura el reduccionismo. Así el temor, el miedo, es el origen y el fundamento del dogma, del sistema, de la autoridad, del marco de referencia y contexto, del paradigma. El paradigma es, a su vez, el que da sentido y sustento a los pseudovalores, a las traducciones y representaciones. Necesitamos establecer ese contexto y su consecuente lenguaje para que el pobre mundo que nos creamos reemplace a la realidad con la que resulta inconmensurable, y una vez que lo hacemos y nos conformamos, la misma no tiene cabida dentro de él y, por ende, ya no existe.

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II. 2. LA RELEVANCIA DEL MIRAR Es obvio que el cuadro bosquejado anteriormente no pretende ser un exhaustivo diagnóstico de los males que nos aquejan, sino un intento por evidenciar la relevancia fundamental que posee en nuestras vidas el modo de acceso a la realidad que adoptemos, la forma de mirar. Como visto, cuando la actitud reduccionista monopoliza el modo de acceso a la realidad, se transforma en origen de conflicto. Pues la visión reduccionista nos condiciona al reemplazar a la realidad por las ideas operativas que tenemos de ella, reduciéndola a pobres esqueletos, a fríos formalismos. Así, vivimos una vida operativa sin comprometernos en nuestra completitud, operando sin profundidad, por fragmentos, huérfanos de globalidad. Y dicha orfandad circunscribe nuestra vida a la mera supervivencia. Dicha actitud se asemeja a una horda bárbara que saquea a una realidad a la que sólo ve (y sólo así concibe) como los pobres objetos que se constituyen en trofeos de pillaje. Que sacrifica lo esencial en pos de lo "redituable" (¡matamos elefantes para obtener marfil!). Dicho saqueo reduccionista se fundamenta en la concepción del conocimiento como un objeto del que podemos apoderarnos y dominar, asimilando a la realidad a un objeto de conquista, identificándola exclusivamente con su reducción. Así, al pretender mirar, sólo nos vemos a nosotros mismos en lo que miramos pues sólo entramos en contacto con las imágenes y reducciones que construimos, con nuestros prejuicios y nunca vemos a las cosas en sí pues sus traducciones son inconmensurables con ellas. Vivimos así en un mundo que hemos construido a nuestra imagen y semejanza. Nos rodeamos de paisajes construidos con un único barro: nuestros prejuicios. Y ello nos lleva a ejercitarnos en el egoísmo pleno pues no existe nada fuera de nosotros: las cosas son sólo espejos que nos devuelven nuestra pobre imagen. Vivimos así esclavizados por nuestros prejuicios que nos privan de la maravillosa tarea de mirar (no somos concientes de que al esclavizar al mundo nos esclavizamos a nosotros mismos acotando nuestra forma de mirar). Cegados de tal manera por la actitud reduccionista, los hombres (por más que inteligentes, cultos, sagaces y sofisticados) legislamos nuestro mirar y no somos capaces de escapar del submundo sombrío que construimos salvo por ocasionales circunstancias que nos sacuden y que nos desarman los marcos de referencia, aunque rápidamente logremos restablecer el "equilibrio perdido". Y esto constituye un reaseguro muy triste pues el mirar está llamado a convertirse en nuestra herramienta de evolución. Sólo una visión profunda, de largo alcance, operativa por naturaleza, puede imbuir a todos nuestros actos y a nuestra vida toda de una tremenda significación, al proveernos de una consciencia profunda, al permitirnos vivir en contacto y sentir en su real dimensión a aquello que para el reduccionista es un mero símbolo. Sólo ella será capaz de producir una verdadera revolución en nuestro interior y, por ende, en nuestras vidas. Aprender a mirar es, por tanto, una tarea principalísima del ser humano, la cual lo ayudará a evolucionar y, por

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consiguiente, le permitirá resolver en forma seria, genuina y realmente eficaz los graves problemas más "mundanos" que lo aquejan. Por otro lado, es cierto que, más o menos difundidas y abarcadoras, existen numerosas variantes dogmáticas más orgánicas que la amorfa y generalizada forma de relación con el mundo que se identifica con el reduccionismo de masas. Pero, más o menos profundas, más o menos exitosas, todas nacen del mismo pecado original que las hermana con ella: El punto de partida es siempre una traducción de lo inconmensurable, una reducción de la realidad que nos acota, que limita nuestro mirar. Ello implica necesariamente una soberbia original. Una autoridad externa o internalizada que indica caminos, que guía, que condiciona y que transfiere limitaciones. Implica un primitivo sacrificio de la humildad, de la libertad, de la frescura (los que constituyen ingredientes indispensables del descubrimiento, de la evolución). Por ello, tanto el reduccionismo de masas (basado en la indiferencia) como la búsqueda dogmática resultan equivalentes. Ambos parten del reduccionismo. Ambos nos brindan seguridades sin siquiera hesitar ante el tremendo costo evolutivo que entrañan. Pero, ¿qué son las seguridades sino cárceles?. Las seguridades nacen del temor, del miedo, al cual de todas maneras no pueden eliminar. Pero claro, no nos han educado en la libertad. No nos han educado en la carencia de seguridades, sino en su búsqueda. De lo antedicho se desprende la importancia primordial que tiene la actitud que adoptemos frente a la realidad. La visión reduccionista condiciona nuestra vida al construirnos un mundo de sombras e incluso, lo que es aún más grave, al tornarse excluyente y cerrar cualquier camino fuera de ella. Es increíble como a diario ejercitamos tal ceguera. Por tomar un ejemplo, a cada instante ignoramos, enfrascados en la rutina diaria, a todo un universo de personas, a la naturaleza, etc. No nos podría alcanzar la vida para mirar un árbol, para sentir a cada uno de los miles de seres humanos que nos resultan indiferentes todos los días. Pero, sin la más mínima sospecha de la riqueza que anida en todo ello, lo ignoramos. Y así, de continuo nos ejercitamos en la indiferencia, en un ejercicio que, apoyado en la fuerza bestial y en la inercia de la repetición, en la brutal autoridad del número ante la ceguera inductivista, transforma falazmente a dicha forma de relación con el mundo en "natural", en necesaria. Y ni siquiera se nos ocurre cuestionarnos tal necesidad.

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III. 1. UNA MIRADA AL MIRAR

El reduccionismo*, de donde de alguna manera abrevan todas las posturas dogmáticas y sistemáticas, se fundamenta en la traducción de lo inconmensurable. Es precisamente por ello que el mundo que construye este burdo albañil de sombras robadas a lo inasible (este frío pintor de grises), no puede sino compartir la pobreza de su filosofía. Pues, un ser humano, un árbol, una flor, un pájaro, el amor, la belleza, el mundo, son inconmensurables, son inasibles desde lo conceptual, son irreductibles. Su inconmensurabilidad con su traducción implica que si los reducimos, los degradamos, los perdemos. No es posible definirlos completamente, en toda su inconmensurable riqueza, en toda su belleza. Ninguna aproximación a ellos por medio de alguna o de varias de las distintas visiones posibles (vulgares, científicas, filosóficas, artísticas, etc.) puede brindarnos un conocimiento acabado, sino sumamente parcial y provisorio. Es más, aún cuando fuéramos capaces de conjugar en una reducción (en una imagen o traducción) todo el conocimiento que la humanidad ha acumulado sobre el hombre, o sobre un árbol (la suma de los poetas, la suma del conocimiento científico, la suma de las experiencias de vida personales, etc.), la misma no constituiría más que una pálida sombra incapaz de capturar a su inmensa riqueza, a su imponderable substancia, a su esencia. No nos puede alcanzar la vida para contemplar un cielo estrellado, para aprender a acariciar a un niño, para besar la sonrisa de nuestra mujer. No nos puede alcanzar la vida para escuchar la música de la brisa entre el follaje o el rumor inquieto del agua entre las piedras del arroyo presta a sosegar su espíritu en la sutil melodía del remanso. No nos puede alcanzar la vida para comprender cuánta belleza cabe en una flor, en una gota de rocío, en una caricia o en una mirada.

Dicha imposibilidad de captar o abarcar completamente por medio de una reducción (de apresar) a un ser humano, a una flor, a un pájaro constituye en sí una imposibilidad básica, esencial, evidenciando, de tal modo, la condición de éstos de intrínsecamente libres, de inapresables. Pues sólo prescindiendo de la vocación por encerrarlos en reducciones es que podemos alcanzar a sentirlos de un modo profundo. Sólo así podemos lograr un contacto más amplio con ellos, rozando su más íntimo fundamento, su imponderabilidad esencial. Puesto que la libertad es inherente a ellos, los constituye. Así, su naturaleza inconmensurable los revela como no objetivables en lo que tienen de esenciales. Por supuesto que poseen un semblante familiar, el cual necesariamente debe ser retratado por el reduccionismo tal como operativamente lo demanda nuestra vida a los fines cotidianos y coyunturales (el reduccionismo es operativamente necesario, el problema es su extrapolación). Pero no menos obvio resulta el hecho de que lo que reconocemos de ellos (es más, lo reconocible de acuerdo al modo de comprensión reduccionista) es inconmensurablemente pequeño comparado con lo que tienen de inasible, de irreductible. Siempre tienen todo por enseñarnos. Siempre nos ofrecen mucho más por aprender, por ver,

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por sentir; en fin, por amar. Pues no es casual la carencia de límites que exhibe el amor. Es consistente con la inconmensurabilidad del amado. Y del amante.**

No es tarea sencilla intentar versar sobre lo inconmensurable. Por intrínsecamente inasible, por inabarcable, por irreductible, por imponderable, uno sólo puede referirse a ello por vías indirectas. Uno puede (como esbozado anteriormente) abordarlo por la negativa: ¿Quién puede pretender conocer algo por completo, haberlo agotado, haberlo capturado por completo en una reducción?, ¿quién puede atreverse a negar la calidad de inconmensurable que vive en todo cuanto existe? Ello lo intuye el sabio, quien evoluciona en la medida en que crece en la humildad y va tomando progresiva conciencia de su ignorancia y de la insondable riqueza y belleza del mundo. Pues, contrariamente a la creencia popular, no se es sabio por conocer mucho (casi un exabrupto, pues ¿qué diferencia hay entre “mucho” o “poco” ante lo inconmensurable?, ¿cuál es el sentido de la medida, de las distancias?). De igual modo, no se es tan ignorante por conocer poco como por ignorar la vastedad de aquello que se ignora. Y esta dimensión de la ignorancia (en la cual enraiza el reduccionismo) es algo que resulta muy triste, pues nos torna necios, prepotentes, nos cierra caminos de crecimiento y evolución.

La otra alternativa de aproximación que queda al tema de la inconmensurabilidad, a mi modesto entender, es el modo de alusión: referirse indirectamente, rozar, sugerir. Y apelar a la evocación de experiencias en que nos hemos permitido trascender la mera visión reduccionista. Experiencias tan revolucionarias que nos han dejado su impronta, su aliento, su toque. Pues no es raro que nos haya asaltado alguna vez la presunción de cuán vasto y rico es lo que la realidad, a partir de sus innumerables matices, nos ofrece para sentir, para descubrir, para aprender, para amar. De que las reducciones o ideas operativas que manejamos de las cosas empalidecen por completo ante su insondable substancia, ante su esencia. Pues casi todos, más o menos maravillados y extasiados (o aterrados, si aferrados al reduccionismo) hemos vislumbrado alguna vez la calidad de inconmensurable que vive en todo.

Dicha observación (o más bien intuición) de que el mundo (de que todo, que cada cosa) es inconmensurable podría leerse como un enunciado de escasa relevancia. Podría, a simple vista, parecer que sólo posee implicaciones estéticas (lo cual presupone de por sí una subestimación de la belleza). Que meramente implica un calificativo más. Sin embargo, tal descubrimiento, en cuanto vivencia, como consciencia (cuando trasciende a la mera intelectualización), posee un enorme valor práctico, operativo. El mismo constituye en sí una experiencia de enorme contundencia***. Una experiencia profundamente transformadora, eminentemente trascendente. Y convocante. Pues sentir al mundo como inconmensurable implica invariablemente un grado de compromiso ante él del todo significativo. Constituye una experiencia que nos revoluciona radicalmente a nosotros mismos y a nuestro modo de relacionarnos con el mundo. Pues, ante lo incommensurable no tiene sentido oponer la estática mirada del reduccionismo. Se impone una mirada totalmente nueva, revolucionaria. Una mirada pletórica de humildad, de libertad, de sensibilidad. En fin, se torna ineludible el convertirse en amante. Pues, ante un mundo inconmensurable, inasible desde lo conceptual, inabordable en su completitud, la humildad, la libertad y la sensibilidad son simples, directas, naturales. Son irremediables. ¿Qué otra actitud que la humildad cabe ante la consciencia de la inmensurable riqueza del mundo? ¿Cómo no adoptarla ante el reconocimiento de la intrínseca limitación y pequeñez de nuestros abordajes de la realidad y, más aún, de las construcciones que con ellos realizamos? ¿Cómo no adoptarla si, en definitiva, frente a un mundo inconmensurable la

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soberbia carece completamente de sentido? Además, ¿qué valor tiene una mirada prejuiciosa y condicionada ante lo inconmensurable? Si ello es intrínsecamente, inherentemente incondicionable, inapresable, no objetivable. ¿Cómo no permitirle la libertad, la transparencia, como para que se evidencie? Y ¿qué sentido tienen el desinterés y la apatía ante un mundo inconmensurable, de una inacabable belleza, riqueza y generosidad? Si él nos ofrece tanto como seamos capaces de captar. Si él posee la capacidad de transformarnos de un modo profundo, evolutivo. ¿Cómo no intentar enfrentarlo entonces con la mayor apertura, amplitud y sensibilidad posibles? ¿Cómo no abordarlo con extremo extasiamiento, con intensidad, con apasionamiento, con fervor? En fin, ¿cómo no convertirse en amante si el amado es inconmensurable?

La toma de consciencia de la inconmensurabilidad del mundo es en sí un acto de humildad, un acto que nos ubica, que nos dimensiona. La humildad nos invita a callar, a disponernos, a entregarnos. Implica un anonadamiento, una aniquilación, un derrumbe (como reduccionistas, como dominadores y objetivadores del mundo, pues en esencia también nos reconocemos a nosotros mismos como inconmensurables). Sólo la humildad resulta consecuente con el respeto por la inconmensurabilidad del mundo. Pues, a diferencia de la soberbia reduccionista, ella implica alcanzar un estado de gran sencillez, el cual resulta indispensable para ser capaces de ver (entendido en sentido amplio y profundo). Pues sólo creciendo en la humildad, relativizando nuestra subjetividad, es que podemos desarrollar una atención profunda y cristalina que nos permita tomar contacto con la inconmensurable esencia de las cosas y de nosotros mismos. Pues es sumamente importante aprender a callar para poder oír. Sólo el silencio acaricia, vibra y danza con la sinfonía. Sólo el lago exquisitamente calmo refleja los más delicados detalles de la montaña.

Además, de lo anterior se desprende que dicha humildad, que pone en evidencia las limitaciones de nuestra forma de mirar reduccionista, nos libera. Ya de por sí la postura o forma de relación con el mundo aludida nace precisamente de la humildad y la libertad. Pues, así como lo inconmensurable es intrínsecamente libre, no resulta aprehensible sino desde la libertad. De tal modo, distinguiéndose claramente de la postura reduccionista que se ejercita en la soberbia de objetivar al mundo esclavisándolo en insípidas reducciones, que se fundamenta en los prejuicios y los condicionamientos, esta forma de relación con el mundo alternativa al reduccionismo a que aludimos sobreviene precisamente en la ausencia de éstos. Pues ante la consciencia de la insignificancia, de la irrelevancia de las reducciones, prejuicios y condicionamientos con los que el reduccionismo pretende poblar nuestras visiones del mundo, se prescinde naturalmente de ellos para poder comprometerse por completo a la tarea del descubrimiento a partir de la ingenuidad, la inocencia y la frescura. Dicha postura implica lograr un estado de libertad necesario para que el conocimiento disponga del espacio que requiere en nosotros para arraigar (dado que los prejuicios y los condicionamientos no son más que corazas que impiden que el conocimiento nos llegue, no son sino malezas del terreno que le quitan lugar al conocimiento, que le privan del humus de nuestra naturaleza humana). Es en la desnudez, en la libertad, que podemos descubrir y evolucionar. Y, a su vez, el hecho mismo del descubrimiento y la evolución nos ayuda a tornarnos más libres, más aptos para descubrir, de manera que el proceso evolutivo constituye en sí un proceso de liberación. Al fin de cuentas, ¿cuál es el sentido de llevar jaulas ante lo inapresable? ¿Capturar una mera pluma? ¿Por qué no aprender del árbol que sabia y gentilmente ofrece sus ramas para que los pájaros se posen en ellas, para que lo habiten?

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De tal modo, esta actitud ante el mundo consiste en suspender el juicio reduccionista, prescindir de él y simplemente mirar a partir de la apertura y la amplitud. Pues tal modo de acceso a la realidad es intrínsecamente profundo, totalizador, libre, y consiste en su descubrimiento, en su vivencia plena. El mismo se fundamenta en el mirar, entendido en el sentido más amplio. Pues, entendido como sentir, como tomar contacto, como captar, como estado de sensibilidad, el arte de ver constituye una herramienta fundamental, una tarea primordial del hombre. Puesto que el "mirar", cuando es tan completo, tan libre y tan humilde, se transforma en "ver", dado que el mismo mirar desaparece para dejar paso a la evidencia. De tal manera, dicha actitud requiere de la sensibilidad, entendida en sentido amplio. Pues la sensibilidad comprende y conjuga a la emoción con la razón y la inteligencia. Y las trasciende, pues consiste en un estado de fecundidad del espíritu necesario para comulgar con lo inconmensurable. La sensibilidad implica atención, agudeza, apertura, amplitud. Ella consiste en estar atentos y abiertos para descubrir en libertad. La consciencia de la inconmensurabilidad del mundo nos llama a caminar por la vida con una gran sensibilidad, con una gran atención. Ante ella carecen de sentido la apatía y la indiferencia, promoviéndose la necesidad de vivir en un contacto profundo con el mundo. Pues el conocimiento y la belleza están por todos lados a nuestro alrededor, ofreciéndosenos a partir de una realidad de una riqueza inagotable. Sólo es necesario estar lo suficientemente atentos, lo suficientemente fértiles para que arraiguen. Quizá, tan acostumbrados a entrenar la voluntad, a buscar, a forjar, no tengamos consciencia de la sublime belleza que trasunta el hecho de vivir en un estado de sensibilidad, libertad y humildad. De que simplemente nos convirtamos en un terreno plenamente fecundo. En un instrumento con el grado de afinación adecuado para dar la nota justa. De que, en definitiva, conscientes de la inconmensurabilidad del mundo, nos convirtamos en amantes.

Hoy día, nuestra mirada reduccionista no sólo nos priva de belleza sino que nos acota en lo evolutivo y nos sume en la apatía, en el egoísmo, en la infelicidad, en fin, en el desamor. Pues no nos permitimos vislumbrar la inconmensurabilidad del mundo. Y, como visto, la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo es una experiencia que, más allá de su significación teórica, posee un enorme valor práctico, operativo (hoy casi diría que terapéutico). Pues es una experiencia que nos revoluciona. Y que nos convoca a otra forma de relación, a una postura genuinamente alternativa al reduccionismo. Ella nos llama a vivir en la humildad, en la libertad, en la sensibilidad. Nos apasiona. E impregna de trascendencia a nuestro mirar. Pues nos invita a vincularnos de un modo profundo con el mundo (y, por ende, con nuestros semejantes). A sentirnos parte de él. A relacionarnos con él a partir del amor y del respeto: En la condición de amante. * Por reduccionismo entendemos aquí, como visto, a la actitud ante el mundo (transplantada desde el plano operativo al filosófico) que opera reemplazando a las cosas por reducciones, traducciones o representaciones, olvidando su belleza y su riqueza. Es obvio que necesitamos reducir para manejarnos operativamente con eficiencia en nuestra vida cotidiana. Pero su (innecesaria) extrapolación a todos nuestros actos nos condena a la apatía, al desinterés por el mundo, a una ceguera que nos acota en lo evolutivo, que nos priva de aprovechar las innumerables oportunidades de crecimiento evolutivo que el mundo nos ofrece a diario. Más significativas en tal sentido resultan las miradas del poeta o artista, del sabio, del místico o el monje, del amante. Distintas respuestas o vocaciones suscitadas por las innumerables caras de lo convocante.

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** De tal modo, esta inconmensurabilidad que descubrimos en el mundo cuando prescindimos de la visión reduccionista, también se nos evidencia en nosotros mismos cuando nos permitimos mirarnos en profundidad. Pues nuestra naturaleza humana alberga una inmensa riqueza, más allá de los escasos elementos que tomamos de ella para construir al pobre sujeto cotidiano que transita casi todo el tiempo intrascendentemente por la vida. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a sólo reconocer lo menos relevante de nosotros mismos (a tomar los ingredientes menos fundamentales) y, lo que es aún peor, permitimos que ello nos guíe. ¡Cuánto más descubriríamos si nos permitiéramos reconocernos a nosotros mismos y a los demás como inconmensurables! Por ello, aprender a conocernos a nosotros mismos es una tarea fundamental y prioritaria. Ello nos ayudará a permitir que aflore nuestra más íntima naturaleza. Además, nos permitirá comprender el modo en que nos relacionamos con el mundo y, más aún, la posibilidad de desarrollar una clase de contacto sustancialmente más profunda y fructífera. Hay tanta belleza, tanta paz, tanto amor en nosotros como seamos capaces de reconocer. Y nos merecemos descubrirlo. *** Tiene, en cierto modo, la contundencia de la Inmortalidad Borgeana, del Mito de la Caverna Platónico, del (menos poético) inesperado vuelo del animal bidimensional. Escribe Borges en el cuento “El Inmortal”, en “el Aleph”, a propósito del efecto que había causado la consciencia de la inmortalidad en los hombres de la tribu de los Inmortales: “Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de los hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén”. E indica que el concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones (en un plazo infinito todo hombre era capaz de todo lo bueno y todo lo malo y un hombre inmortal era todos los hombres) había transformado de tal modo a los inmortales que los había llevado a abandonar su anterior modo de vida hasta convertirse en trogloditas entregados completamente al complejo placer del pensamiento. Lo interesante de ello es la exquisita elocuencia con la que plasma la consciencia de algo irremediable y trascendente. Aquí, en cambio, intento señalar (dentro de mis humildes posibilidades) como la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo nos llama a adoptar una mirada profunda, alternativa al reduccionismo, convocándonos de tal modo al amor por el mundo (quizá un poco más cercana en tal sentido sea la visión de “La Escritura del Dios”, también de “el Aleph”). En cuanto al mito platónico, el mismo describe cuán maravillosa es la visión de un cavernícola al libearse de su prisión y poder ver directamente al mundo exterior, comparada con la que tenía cuando, encerrado dentro de la caverna y atado de espaldas a su entrada, creía que el mundo era nada más que las sombras que los objetos exteriores proyectaban sobre la pared de piedra. Por su parte, el vuelo del animal bidimensional alude al cambio de visión que éste experimenta cuando una ráfaga de viento lo eleva por primera vez por sobre el plano en que se movía y descubre la existencia de la tercera dimensión.

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III. 2. LA MIRADA DEL AMANTE (AL ABRAZO DE LO INCONMENSURABLE)

Resulta penoso comprobar que hoy solemos vivir desprovistos de la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, sumidos en la apatía, el desinterés, la indiferencia, viviendo aislados y separados de él, caminando por él indiferentes, sin entrar en contacto con las flores, con los pájaros, con las personas, incluso con nuestra propia interioridad. Pues no los vemos más sino a sus imágenes, las que resultan incomparables con ellos y tienen muy poco para decirnos. Resulta difícil creer que hayamos podido desarrollar tamaña ceguera ante la conmovedora evidencia de todo lo que nos ofrece el mundo a cada instante. El conocimiento y la belleza son tan evidentes, poseen tal elocuencia que es casi inconcebible que no nos lleguen. Y sin embargo, presos del reduccionismo, los ignoramos. Ellos se esfuman ante los prejuicios, los condicionamientos y las reducciones, con los que resultan inconmensurables, incompatibles. De allí la importancia fundamental de crecer en la libertad, puesto que ella constituye la atmósfera diáfana y transparente que requieren las evidencias para poder manifestarse con su natural elocuencia. De allí la necesidad de desarrollar una gran atención que nos permita trascender nuestra pequeña y egoísta individualidad para vivir en un profundo contacto con el mundo, para vivir en comunión, comunicados, en un nivel de consciencia profundo, con sentido de trascendencia y globalidad.

El hecho primordial que se nos evidencia cuando prescindimos de la visión reduccionista es que en un mundo de inagotable riqueza, de inmensa belleza, en un mundo que invita de continuo al descubrimiento, a vivir en un estado de aprendizaje, siempre hay recompensa para el que sabe mirar. Puesto que si nos enfrentamos a él despojados de pretensiones de reducción (de nuestro afán de conquista), lo inconmensurable nos abraza como tal, sin límites. Y dicha experiencia, dicho contacto con lo que el mundo tiene de irreductible, tan inconcebible en el modo de comprensión reduccionista como manifiesto y tangible en cuanto vivencia, nos convoca a una dimensión distinta de la existencia y nos transforma de un modo profundo, permitiéndonos crecer y evolucionar. En este sentido, la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo (impracticable como idea pero evidente como experiencia) nos sugiere vivir una relación con él basada en el dinamismo, permitiendo que cada acto, que cada instante de nuestras vidas constituya una aventura evolutiva, una posibilidad de descubrimiento. La visión reduccionista, en cambio, implica inmovilismo, pues al reemplazar al mundo por su traducción o reducción operativa hace que nos olvidemos de su riqueza (y en definitiva, de su existencia). Este es quizá su mayor problema, pues hace que perdamos interés por el descubrimiento y el aprendizaje, que nos

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ejercitemos en la triste ceguera de no reconocer la increíble riqueza que anida en nosotros mismos y en lo que nos rodea; en fin, que renunciemos a nuestra potencialidad evolutiva. Ahora bien, esta actitud alternativa al reduccionismo no representa una filosofía –o, si se prefiere, consiste en su literalidad, apela a la vivencia de su significado literal: amor (filos) por el conocimiento (sofos), por ende, por el mundo-, sino que consiste simplemente en vivir en verdadero contacto con el mundo en libertad. Es permitir que surja lo genuino, lo espontáneo. No hay guías ni búsquedas en ella sino que implica estar preparados, libres, abiertos. Implica tornarnos muy fértiles, carentes de prejuicios y condicionamientos que enmalezan el terreno. Dicha actitud se promueve cuando sin buscar, sin guiar, permitimos (una manera de impedir su surgimiento puede consistir precisamente en buscarla). Cuando abordamos a la realidad como nueva a cada instante o, mejor dicho, cuando somos lo suficientemente sensibles (atentos y abiertos) como para que ella nos aborde. Cuando logramos desarrollar una frescura, ingenuidad e inocencia que nos permiten prescindir de prejuicios y condicionamientos (que no son inocentes) y nos volvemos lo suficientemente vulnerables para descubrir. Obsérvese que hablo de prescindencia (y no de negación) la cual carece de intencionalidad y constituye un verdadero acto de libertad. Por ello, el crecimiento en esta actitud requiere no condicionarnos con nuestros descubrimientos. Consiste en no perder humildad (frescura e ingenuidad) por la experiencia, las cuales no son excluyentes. Consiste precisamente en crecer en la humildad y en la libertad. En vivir con la consciencia de la intrínseca precariedad y provisoriedad de nuestras visiones del mundo (de nuestros contactos con su inconmensurable naturaleza y, mucho más aún, de las reducciones operativas que de ellos realizamos). Los prejuicios, reducciones y condicionamientos no son más que lastres a nuestra potencialidad evolutiva. Y hoy, bajo el imperio del reduccionismo, nos vemos confinados a esquemas inmovilizantes en lo evolutivo. Es cierto que tal contexto nos enseña a correr (apurados) en pos del éxito y la eficiencia (dioses esencialmente pedestres), y bien podemos llegar a alcanzarlos. ¡Pero se trata de volar! Necesitamos desprendernos de ese lastre y estar muy livianos, muy desnudos, libres para volar. Por otra parte, es importante señalar que este modo de relación con el mundo que se ha tratado de pintar evoluciona con su ejercicio. Pues es el contacto el que nos hace evolucionar y nos permite crecer en la humildad, en la libertad y en la sensibilidad. No somos conscientes de la belleza de desarrollar una sensibilidad tal que podamos vivir a cada instante atentos, abiertos, amantes. Muy por el contrario, estamos sumamente acostumbrados a reducir al mundo. A ver la vida como un mero proceso operativo. A construirnos desde temprano un triste y pobre manualcito con el que transitamos por la vida olvidándonos de la belleza del aprender, al que sólo circunscribimos a las disciplinas y a la acumulación de conocimientos operativos. Pero, ¿por qué el estatismo? ¿Qué nos impide vivir aprendiendo? La consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, de su siempre renovada e inacabable riqueza, nos invita a vivir en el aprendizaje. Y el estado de aprendizaje implica frescura, inocencia, dinamismo, potencialidad. En el aprendizaje no hay miedos ni búsquedas pues, cuando aprendemos estamos comunicados, en contacto, sensibles, atentos al mundo. Cuando aprendemos, todo es nuevo: tanto lo desconocido como lo habitual y familiar. Pues desconocer (al mundo, a nosotros mismos) es fundamental. Sólo desconociendo al mundo, reconociéndolo como inconmensurable, como inapresable, es que podemos lograr un contacto íntimo y profundo. Podemos comenzar a conocerlo, a aprender. De tal modo, cuando aprendemos, abandonamos la mísera trinchera de nuestra realidad cotidiana para reconocernos como parte de un ubérrimo mar,

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desconocido e insondable. No establecemos relación de orden con el mundo sino que estamos en contacto. No conquistamos, sino que contemplamos, vivimos, amamos. No existen seguridades ni certezas, y ello no es origen de temor, sino que constituye precisamente la fuerza impulsora para aprender. Y más que lo aprendido, importa desarrollar una sensibilidad tal que nos permita vivir en el aprendizaje. Pues cada instante de nuestra vida es una posibilidad de aprender. De aprender a sentir una flor, un árbol, el viento, los pájaros. De aprender a descubrir y a permitirle aflorar a nuestra más íntima naturaleza. De aprender a ser padres, hijos, hermanos, a ser Hombres. De aprender a besar, a acariciar. De aprender a sentir a los demás, a ser Hermanos. De aprender a mirar, a vivir, a amar. En tal sentido, resulta fundamental que, prescindiendo de prejuicios y condicionamientos, nos permitamos mirar. Que simplemente miremos. Pues mirar, en sentido amplio, es sentir, es captar, es descubrir, es amar. Y el amor es la forma culminante del mirar. Mientras que en el reduccionista la posesión aniquila el interés, suprime el móvil del aprendizaje para con el objeto aprehendido, el amante, en cambio, habita en el amado, lo aprehende en cuanto le resulta posible, pero no puede desinteresarse pues lo sabe inconmensurable, dotado de una inagotable riqueza. Así descansa en él, lo siente siempre como nuevo, vive comunicado, en contacto. El amante reconoce naturalmente la calidad de inconmensurable que vive en todo lo que lo rodea. De tal manera, la condición de amantes impregna nuestro espíritu de la necesidad de vivir comunicados y evidencia la relevancia que tiene el mirar. Y el mirar sin prejuicios, reconociendo a la realidad como nueva a cada instante, redescubriéndola a cada instante, es un ejercicio de la libertad, de la humildad. No hay miedos en dicha actitud porque no hay seguridades: la realidad es siempre una desconocida a la que, si abordamos con amplitud, descubrimos que nunca nos deja con las manos vacías, que nos colma de belleza. Pero la belleza sólo existe cuando la vivimos, cuando la descubrimos, pues es libre, no soporta cárcel. La belleza sólo es asequible en el contacto. Ello no quiere decir que sea trivial, fugaz, efímera. Nosotros somos los que no acostumbramos a vivir en contacto, comunicados, en comunión. Y el ser superficiales no es una ley natural, innata al hombre. No existe ninguna razón fundamental para dejar de sentir a la naturaleza, a las personas, al mundo. Si somos capaces de sentir profundamente a la gente que transita a nuestro lado por la calle, si logramos la inocencia necesaria para mirarlos a los ojos, si somos capaces de sentir la necesidad de comunicarnos con la mirada de los niños, de acercarnos a las flores y a los pájaros, comenzaremos a reconocer cuán vasto y fructífero es lo que a diario ignoramos, lo que a diario nos perdemos. Pues, cuando miramos en profundidad, cuando amamos, descubrimos que las cosas tienen una belleza que nos era ajena, se nos evidencia que poseemos una potencialidad inmensa para crecer y evolucionar, se nos devela la pobreza y pequeñez de lo que tantas veces nos atormenta. Y el mundo deja de ser un campo de batalla, revelándose de tal modo como un universo a descubrir que ya no puede sernos ajeno ni indiferente, como un mar al que reconocemos como propio, del cual no podemos dejar de sentirnos parte. Entonces, la otrora visión fragmentaria, origen de conflicto, deja paso a una visión unificadora, global, comprometida con la unidad. Y los fragmentos se funden, se unen con naturalidad evidenciando su carácter ilusorio; en fin, desnudando su carencia de sentido como tales. A cada instante, el mundo nos ofrenda generosamente su inconmensurable substancia, así como el oasis regala su refrescante y vivificante agua al caminante. Sólo requiere que lo enfrentemos desnudos, vacíos, humildes, sencillos, sin certezas, sin miedos (a pesar de lo inconcebible que resulta lo inconmensurable para el entendimiento). Sólo

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requiere que lo enfrentemos amantes, sensibles, ávidos, sedientos. Con la tremenda atención, humildad y vulnerabilidad de quien aprende, de quien ama. En un estado de extremo extasiamiento, de inocencia. Con la confianza de simplemente dejarse abrazar. Con la conciencia de que sólo el amante comulga con lo amado. Y de que es en la comunión, en la consubstanciación que el amante logra con el amado, que la atención del amante se transforma en consciencia, que el mirar se transforma en ver. Es precisamente la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo la que nos muestra la necesidad y la belleza de crecer en la humildad, la libertad y la sensibilidad. De desarrollar el fundamental arte de ver, fecundizando así profundamente nuestro espíritu. Pues, ¿qué otra actitud cabe ante la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo? Ella nos reclama que nos convirtamos en amantes para así transformarnos y revolucionarnos, para crecer y evolucionar. Como dicho, a cada instante lo inconmensurable nos ofrece gentilmente su abrazo. Pero, ¿cómo abrazar a lo inconmensurable?. Evidentemente, de lo anterior se desprende que ello no es una tarea para los diminutos brazos de nuestra subjetividad, para los brazos del gris sujeto que suele representar a nuestra existencia cotidiana. Sino que es por completo necesario permitir que aflore, en lo posible, algo de nuestra inconmensurabilidad propia. Pues dicha experiencia nos convoca, nos compromete a nuestra inconmensurabilidad básica, esencial. Nos reclama que permitamos que surja a la superficie nuestra irreductible esencia. Y así, uno se expone al mirar. Se transforma y revoluciona profundamente. Trasciende a la aséptica e insípida experiencia subjetiva, comprometiéndose por entero, ofrendando su más íntimo fundamento, su naturaleza.

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III. 3. LA CONDICION DE AMANTE El reduccionismo, constituido en el signo dominante de nuestros tiempos, nos acota evolutivamente confinando a nuestra existencia en mera supervivencia. Sin embargo, existe una postura o forma de relación alternativa a él. La misma nace del reconocimiento de la inconmensurabilidad del mundo y encuentra su fundamento y culminación en la condición de amante. Dicha postura nos llama a vivir en la humildad, la libertad y la sensibilidad. Nos invita a desarrollar el fundamental arte de ver. A vivir en un contacto pleno, profundo e incondicional con mundo: En la condición de amantes.

Quien siente la inconmensurable riqueza y belleza del mundo no puede transitar por la vida de otro modo que como amante. Y la condición de amante implica un modo de relación substancialmente distinto del modo reduccionista. Pues ante la consciencia de la inconmensurabilidad del amado, el amante se relaciona con él en la humildad, a partir de una gran inocencia y frescura, las cuales resultan esenciales para propiciar el acto de descubrimiento. Por ello, a diferencia del reduccionista, el amante no objetiva al amado ni asimila al hecho del descubrimiento a un acto de conquista. Asimismo, las acciones del amante respiran libertad, conciente de que los prejuicios y los condicionamientos nos privan del espacio que el amado (libre de por sí) requiere para poder ser aprehendido. Así, el amante se vincula profundamente con el amado, comprometiendo toda su atención en el acto de descubrimiento. Y en tal sentido, el hecho del desarrollo de la sensibilidad, de la apertura y la atención, se le evidencia como fundamental. El sabe de la necesidad de convertirse en un terreno lo suficientemente fértil como para el que el amor arraigue. Pues no elegimos amar. El amor nos asalta, nos toma por sorpresa si somos lo suficientemente inocentes y vulnerables (a pesar de todo lo que nuestra sociedad hace a diario para que dejemos de serlo). Nos rescata del inmovilizante plano al que nos confina el reduccionismo; nos arrebata, ganándonos a lo trascendente. Por ello, el amante vive en contacto con el amado, vive comunicado profundamente con él. Y a diferencia del reduccionista, quien ejercita de continuo la soberbia y el egoísmo al rodearse con las imágenes y construcciones que realiza sobre la base de sus propios prejuicios, el amante vive con sentido de trascendencia. Pues no transita por la vida separado del mundo como el reduccionista sino que se siente efectivamente parte de él. Pues, al relacionarse con el mundo de una manera profunda, lo siente a flor de piel, lo siente como propio, en la sangre. Se entrega a él a partir del generoso don de sí mismo. Así, el amante descubre una consciencia del ser mucho más amplia. Pues trasciende en el amado a partir de su amor. En este sentido, amante es aquel que se relaciona con el mundo prescindiendo de la necesidad de objetivarlo y que, con la misma espontaneidad (reconociéndose él mismo como inconmensurable) desconoce naturalmente los límites arbitrarios con los que el reduccionismo pretende confinar a nuestra existencia en subjetividad. Pues la experiencia amorosa no sólo implica sentir al amado como inconmensurable y, por ende, desconocerlo

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en los términos usuales, sino que impone un sentido de compromiso que implica rebasar los límites propios. Implica permitir que aflore la propia inconmensurabilidad básica del amante. Implica así una total exposición. En este sentido, la experiencia amorosa se ve profundamente impregnada de trascendencia. El amante trasciende al permitir que el amado desnude ante él su inconmensurable esencia y, simultáneamente, al dejar caer él mismo las pesadas vestimentas que ocultan a la suya. Y esto, a pesar de lo intrínsecamente inconcebibles como idea que resultan para él ambos desnudos. Así, amante y amado se tocan y confunden (con - funden) en lo que tienen de esenciales. Exponiendo lo que tienen de inherentes, su índole más profunda, el ingrediente común que naturalmente los hermana. De tal modo, el acto amoroso implica una consubstanciación entre amado y amante. Y al evidenciar dicho elemento consubstancial, el amor se convierte en la herramienta de trascendencia por antonomasia. El amante descubre que trascendencia es desvanecimiento de límites. Que ella conlleva el reconocimiento de la inexistencia de lo fragmentario, en virtud de la unidad, de la unicidad y la globalidad. Así, la trascendencia que promueve el acto amoroso, en una comunión tan inconcebible en palabras como revolucionaria como experiencia, nos permite descubrir y vivenciar la existencia de una naturaleza común en todo lo que existe, proporcionándonos una consciencia del ser mucho más amplia, preñada de inconmensurabilidad. Por su parte, ajeno a este sentido trascendente de la vida, el reduccionista centra su accionar en la conquista, en la manipulación, la cual desprecia al objeto de la manipulación en todo aquello que no tenga que ver directamente con dicha acción. Y la satisfacción del manipulador depende fuertemente del resultado de la manipulación, circunscribiéndose a su éxito o fracaso. Y acabándose en ese fugaz instante antes de embarcase en una nueva empresa de manipulación que lo ayude a escapar del vacío que lo atormenta tanto luego del fracaso como del éxito. Por ello, no resulta extraño que nuestro mundo centrado en el poder y basado en la dominación y la manipulación propugne al reduccionismo. Pues, si bien un mundo reducido no es capaz de convocar a la experiencia profunda, no es capaz de maravillarnos, es obvio que reducir es un prerrequisito para conquistar y dominar. Ello bien lo sabe nuestra cultura tecnocrática que ejerce con inusitado despotismo su tiránico reinado sobre el mundo. El tirano requiere necesariamente que su reino sea limitado (dominable). Y en el afán del reduccionista (circunscribiéndonos ahora al terreno filosófico) existe un evidente anhelo de omnipotencia, una inmodestia, una soberbia. El reduccionista cree que todo es reducible (reductible). No sólo aquello que de por sí ha incorporado efectivamente como una reducción en su vida cotidiana. Sino también todo aquello que, aún pareciendo elusivo, cree que de todos modos debe ser comprensible, reducible, aprisionable (es sólo que no hemos perfeccionado la reducción). Es por ello que el reduccionismo se fundamenta en la negación de la calidad de inconmensurable que anida en todo cuanto existe. Sin embargo, frente a lo inconmensurable no tienen sentido la soberbia, la prepotencia. Lo inconmensurable no es dominable. Y es irreductible por naturaleza. Así, al tomar consciencia de la calidad de inconmensurable de todo cuanto existe, reconocemos naturalmente nuestra impotencia como conquistadores, como dominadores. Y ello (en vez de constituir una impotencia) nos muestra la verdadera dimensión de nuestra potencialidad pues nos permite acceder a un modo de contacto totalmente enriquecedor que cae fuera de la limitada esfera del reduccionismo. Sólo vacíos de jaulas, de prisiones, de reducciones, de miedos, de ansias de dominación y conquista es que podemos comulgar con lo inconmensurable. Y lo hacemos fuera de cualquier relación de orden, con la libertad de que carecen tanto el siervo o dominado como el conquistador: En la condición de amantes.

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Así, a diferencia del reduccionista, el amante gusta de ejercitarse en la contemplación (entendida en sentido amplio: en el contacto), la cual implica un goce en sí, un éxtasis, un deleite en sí misma. El mundo tiene para él un valor en sí, una belleza intrínseca que sabe inconmensurables. Es por ello que no hay resultadismo en su actitud y el deleite no se circunscribe a un instante determinado sino que habita en el contacto. Así, el amante se libera de lo superfluo y se inunda de humildad para ser digno de comulgar con el amado. Consciente de que la inconmensurable esencia del amado se nos evidencia cuando prescindimos de la soberbia de objetivarlo, cuando lo contemplamos extasiados (en amoroso éxtasis), comprometiendo por completo nuestra atención, comprometiendo por entero nuestro ser. Consciente de que es a partir del don de sí mismo que se puede recibir. Así, el amante se enfrenta al mundo desnudo, libre, carente de prejuicios y condicionamientos, vacío para sentir. Y tal actitud no sólo no implica pasividad (pues constituye un acto de liberación), sino que promueve una acción genuinamente profunda, transformadora, revolucionaria: Promueve el descubrimiento, la evolución.

Esta postura humilde ante el conocimiento que hemos dibujado anteriormente puede resultar desilusionante para quienes conciban al conocimiento como un objeto de conquista (para la postura posesiva, imperialista, del conocimiento que reina entre los reduccionistas y que entiende a la sabiduría sólo dentro de una concepción operativa del conocimiento: el poder o capacidad operativa que adquirimos de aquello que objetivamos y subordinamos). Por el contrario, al amante del mundo le brinda la alegría de saber que siempre hay mucho más por descubrir que lo que ha sido capaz de alcanzar, que siempre existe recompensa para él, para todo el que sabe mirar. El amante del mundo encuentra que existe una gran belleza en que las cosas sean inconmensurables. Son siempre nuevas, siempre redescubribles, siempre ricas. Es por ello que el amante (a diferencia del conquistador con su conquista) descansa en el amado, habita en él. No nos puede alcanzar la vida para contemplar un árbol, ni para sentir a nuestro prójimo. Siempre tienen todo por decirnos, por enseñarnos. Siempre nos pueden ayudar a crecer y evolucionar. Además, no hay pequeño ni grande sino que todo es digno de nuestro amor y nos reclama que nos permitamos ser dignos de amarlos. Y contrariamente a lo que ocurre en nuestra experiencia reduccionista, la repetición no puede matar a la belleza si el amado es inconmensurable. Tratemos de recordar, quizá en la niñez, la primera vez que nos conmovió una flor, un cielo estrellado, una persona. Tratemos de recordar cómo se sentía (se veía, se oía, se palpaba y se degustaba) un mundo virgen a nuestros sentidos, cuando nuestros ojos eran los de la inocencia, los de la ingenuidad. Pero, ¿por qué esa inocencia, esa ingenuidad y frescura, esa sed y ese apetito de descubrimiento quedaron olvidados por el camino? Si, en un mundo inconmensurable, cada vez es la primera vez. Si tanto nosotros como aquello a lo que sentimos o aprehendemos somos distintos cada vez, siempre nuevos, inconmensurables ¿Por qué entonces no reconocer, no sentir, a nuestros hermanos, a cada piedra del camino, a cada flor como inconmensurable?*

Otro aspecto fundamental a resaltar en la postura frente al mundo que esbozamos anteriormente y que identificamos con la condición de amante es su incondicionalidad y su espontaneidad. El amor es intrínsecamente incondicional. El amante genuino ama porque sí, espontáneamente, sin buscar correspondencia, recompensa o reconocimiento, sin pedir nada a cambio y sin prerrequisitos. Sin embargo, nuestra cultura reduccionista ha mutilado al amor (lo ha reemplazado por una reducción). ¿Por qué hoy solamente nos suele resultar más "fácil"* amar a aquello que nos es más cercano de alguna manera, mientras que hay tanto que nos resulta indiferente? ¿Por qué vinculamos el amor a la cercanía, a la similitud

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o al gusto? Por otra parte, ¿Por qué nos suele resultar más "fácil", en general, amar a alguien “bueno” o a quien nos hace el bien, que a quien juzgamos equivocado o, incluso, a quien nos perjudica? ¿Por qué usamos el amor o el desamor como premio y castigo, o lo condicionamos a la aprobación? ¿Por qué ligamos el amor a prerrequisitos, a expectativas, a juicios de valor? ¿Por qué amamos con resultadismo? El amante incondicional ama al mundo sin distingos, incondicionalmente, pues ella es la forma de relación que le surge como natural, como espontánea. El ama incondicionalmente pues ni siquiera busca amar, el amor le brota espontáneamente. Es por ello que al amante incondicional del mundo nada le resulta indiferente. No conoce la apatía, sino que se siente parte. El ama incondicionalmente, espontáneamente, desde la persona más cercana hasta la última brizna de pasto. Siente que el amor va más allá de cualquier juicio de valor. Y no ama esperando recompensa. Tampoco ama por buscar ser mejor. Quizá lo sea por ello y su recompensa sea el propio acto de amar, diría aquél para quien tales juicios de valor tienen sentido. Pero él ama porque el amor se le sale, porque le emana naturalmente. Ama porque, a pesar de tanta cáscara, él es amor. En fin, el amante incondicional encuentra que la famosa ceguera del amor consiste en realidad en despreocuparse de lo externo, de lo mudable, para amar la esencia (para ver, entonces, con más claridad, con mayor profundidad). Así, ama al hombre por hombre, al pájaro por pájaro, al sol por sol. Los detalles no afectan a su amor; luego entrará en ellos, pero seguirá amando. Pues es a partir del amor que se relaciona con el mundo.

Por el contrario, la ceguera reduccionista nos impide captar la naturaleza del mundo. Ella no nos permite detenernos en lo esencial pues sólo nos pone en contacto con frías reducciones. Por ejemplo, concentrémonos un instante en el modo en que vemos a las personas. Es increíble como nos hemos ejercitado en ver sólo lo superficial, las diferencias externas de las personas. Y no vemos lo relevante: su esencia, su inmensa potencialidad, su inagotable belleza, su condición humana. No vemos lo que nos hermana, cuando lo que nos hermana es inconmensurablemente mayor que lo que nos diferencia y separa. Pues en la naturaleza humana, en la condición de ser humano que ignoramos en quienes nos rodean, anida una inconmensurable riqueza ante la cual toda la egoísta individualidad que tanto trabajo nos ha costado construir a lo largo de nuestra vida resulta insignificante. Por ello, la postura reduccionista nos condena a la indiferencia, al desamor. Mientras que si somos capaces de reconocer la inconmensurabilidad de cada persona, temporalmente ciegos a lo superficial y tremendamente atentos a lo esencial, no podemos dejar de amarla. Y entonces, el amor se convierte en el modo natural y necesario de relacionarse con los demás. En este sentido, el amante del mundo vive abocado a un continuo desarrollo de su sensibilidad. Pues necesita de una gran sensibilidad para relacionarse profundamente con el mundo. Y la incondicionalidad de su amor hace que todos sus actos se vean imbuidos de tal sensibilidad: Ya sea el afrontar el cotidiano escenario del trayecto al trabajo o a la escuela, el leer una poesía, el observar al más modesto arbusto de una plaza o el sentir al vecino de al lado (a la maravillosa esencia del ser humano cuya existencia ignoramos a diario, incapaces de trascender con nuestro mirar el burdo disfraz de lo cotidiano). Pues él siente que todo ello alberga una riqueza inconmensurable.

Si nos permitimos mirar en profundidad, encontramos que la condición de amante nos surge con la fuerza de lo incondicional dotando de un tremendo significado a nuestro mirar. Confiriéndole una enorme potencialidad evolutiva. Es por ello que la actitud ante el mundo a que aludimos como alternativa al reduccionismo es espontánea, libre, humilde, genuina. Es incondicional pues no pretende recompensa. Pues simplemente surge, brota

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naturalmente, espontáneamente, sin buscarla, porque sí. Y lo hace a cada instante, siempre fresca, siempre nueva, siempre evolutiva, con la continua conciencia de su precariedad y provisoriedad, convirtiéndose de tal manera en un modo de vida. La consciencia de la inconmensurabilidad del mundo nos sugiere que adoptemos a la humildad, a la libertad y a la sensibilidad. Pues sólo así podemos desnudarnos a nosotros mismos y podemos aprehender al amado tal cual es, en su inconmensurable e irreductible esencia. Sólo así podemos establecer un contacto profundo, impregnado de genuina trascendencia. ¿Por qué entonces, en vez de intentar mentalizarnos y programarnos para amar al mundo, no nos permitimos la humildad, la libertad y la sensibilidad para que la condición de amantes pueda surgirnos delicada, sutil, incondicionalmente, inundándonos gentilmente con su paz y su belleza? * Con relación a lo anterior se me viene a la mente aquí la imagen de un acontecimiento que viví una vez en la playa: El sol, inmenso, naranja, caía sobre el mar detrás del espigón junto a un manojo de nubes curiosas. En ese preciso (y precioso) instante, a unos diez o veinte metros del lugar en que me encontraba, un niño baja a la playa. Mira hacia su derecha y la visión de ese sol imponente lo asalta repentinamente con la tremenda elocuencia de la belleza (¡qué más elocuente y convocante que un atardecer!). Y en su ingenuidad, con ese amor y ternura indescriptibles, se ve subyugado, anonadado, extasiado. Luego de quedarse completamente quieto y mudo por un lapso quizá no mayor que un segundo (o una eternidad; ¿cómo medir el tiempo en tales circunstancias, cómo asignarle algún valor?), le avisa de su descubrimiento a un hermanito menor que venía caminando detrás de él, y a sus padres que venían unos metros más atrás con una hermanita más pequeña. Y para ello salta y grita como si tanta alegría y belleza no cupieran en su cuerpecito. Por mi parte, agradecí con alegría haber sido un espectador privilegiado de tan hermosa escena y compartí con mi esposa ese momento. Es más, sentí internamente el impulso de correr a abrazar a ese niño, de mirarlo a los ojos y suplicarle que nunca mirara a un atardecer, ni a ninguna otra cosa, de otro modo. No lo hice. No se lo dije, pero al menos le desee fervientemente que así fuera. Más tarde pensé cuán llamativo es observar que escenas de este tipo son muy comunes y frecuentes en los niños, en muchos de sus primeros descubrimientos, pero por lejos, no lo son tanto en los adultos. ** El encomillado que utilizo a lo largo de este párrafo se debe a que realizo un abuso de lenguaje por ser más gráfico. En realidad, no siento que tenga sentido el juicio de valor.

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Una mirada al Amor

El amor constituye la forma culminante del mirar. Amar equivale a "ser con" lo amado, a "ser en" lo amado, a "ser uno con" lo amado. El amor es incondicional y no objetiva, no traduce, no delimita, sólo comunica. Con él se desmoronan todas las barreras que hemos construido. En el amor no hay dirección, no hay jerarquías, ni signo, ni juicio. No hay estatismo pues él es evolución. En el amor se conjuga todo. Él es libre y no se perturba por hechos superficiales pues el amante se despreocupa de lo superfluo y se ve en un todo comprometido con la tarea de amar que es una tarea total. El amor no mide, no admite limitaciones, no puede dejar de sorprender al amante pues posee una tremenda ingenuidad, frescura e inocencia: la realidad es siempre nueva. El amante vive comunicado, no sabe de indiferencias pues nada le es ajeno. El amante crece, evoluciona, se ejercita naturalmente, sin disciplinas externas. En el amor no hay relación de orden, hay comunión, y no hay sujeto ni objeto, se globaliza naturalmente pues en él se logra la culminación del hecho de la comunicación dado que la parte pierde entidad, pierde significado ante el Todo. Así, el amante vuela con el viento, y con los pájaros, vibra con la nota musical, se convierte en Hermano. Sin intentarlo: espontánea e incondicionalmente, porque sí. El amante es nota en la sinfonía del mundo, es verso en el poema. Y en la nota vive la sinfonía; la nota es la sinfonía, así como el verso es el poema. Es por dicho sentido trascendente del amor que el amante es río, es montaña, es viento, es pájaro, es el prójimo. No es que se busque o pretenda identificarse. Se reconoce, se descubre, pues nace a cada instante.*

*De todos modos, no olvidemos que más allá de lo que

como amantes del mundo encontremos con nuestro mirar y, más aún, lo que interpretemos o traduzcamos (cuando no estamos mirando), lo importante es la forma de mirar en libertad, en la sensibilidad, en la atención, con "ojos" siempre nuevos. Sólo creciendo en la atención, evolucionamos. De allí la importancia de mirar en amplitud, en humildad, de hacer de nuestra vida un continuo aprendizaje.

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III. 4. LA CONDICION DE AMANTE EN NUESTRA VIDA COTIDIANA. SU VALOR OPERATIVO

Uno no comprende la inconmensurabilidad. La sospecha, la intuye, la siente. Ella constituye un atributo substancial, inherente a todo lo que existe. Pues como dicho, ella no es debida a la falta de perfeccionamiento de nuestra capacidad de reducir, sino que todo es intrínsecamente inapresable, inasible desde lo conceptual, insondable. No podemos comprender, atrapar u objetivar a un hombre, a un cuadro, a una sinfonía, a un poema, a un pájaro, a una flor. Pero sí podemos sentirlos, rozarlos. Podemos comulgar con ellos logrando un contacto inconmensurablemente superior al del reduccionista: Podemos amarlos.

Dicho contacto, revolucionario por naturaleza, nos transforma profundamente. Pero el mismo requiere de un compromiso completo, total. Nos reclama como amantes, como inconmensurables. Nos pide que nos atrevamos a exponer nuestra propia inconmensurabilidad, a reconocernos como inasibles, a sabernos esencialmente (y potencialmente) libres. Pues el desnudo no puede ser unidireccional si el contacto implica trascendencia, si se constituye en comunión (¡cómo no exponernos entonces por completo!, ¡cómo no ofrecernos en generosa donación!). Y así, en la comunión, se manifiesta la desnudez esencial que nos hermana (con el amado, con el mundo). Aflora el ingrediente común, la naturaleza íntima, lo que hay de universal en nosotros y en todo cuanto existe. No hace sentir que sólo somos diversas manifestaciones de la misma inconmensurabilidad básica, esencial *.

En tal sentido, hay veces en que uno siente que el Universo late en uno, y uno en él. Y que, por inconmensurables, el otro (pájaro, árbol, amigo) y yo somos hermanos, somos uno, somos parte de uno, de todo. Así, dejamos de ser esos pobres sujetos que acostumbran a caminar intrascendentemente por el mundo. Pues el Universo, la inconmensurabilidad, está dentro nuestro. Tapado, escondido, aprisionado por nuestra subjetividad, por nuestra soberbia y jactancia, por nuestros burdos y vanos delirios de omnipotencia (¡y sería tan elocuente si no fuésemos tan ciegos!, ¡si le diésemos oportunidad de aflorar, dándonos cuenta del hecho de que se trata tan sólo de un proceso de liberación!, ¡si al fin comprendiésemos que al liberarnos evolucionamos!). De tal modo hoy, en nuestra absurda soberbia no somos sino prisiones, oscuras cárceles que se cierran en complejos laberintos. Ignorantes de que debemos ir muriendo (desapareciendo) como cárceles para comenzar a Ser. De que sólo se trata de abandonar la oscura senda reduccionista para instalarnos en la trascendencia. De permitir que aflore nuestra inconmensurabilidad esencial. De

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convertirnos en un terreno tan humilde, tan libre, tan vulnerable, tan apto como para permitirlo **. Ahora bien, más allá (más bien, a pesar) de cualquier (pobre y limitada) interpretación subjetiva de la profunda experiencia del descubrimiento del mundo, lo realmente importante es el hecho de que la consciencia de la inconmensurabilidad que mora en todo, que lo constituye, simplemente nos invita a que nos atrevamos a crecer en una nueva forma de relación con el mundo. A que caminemos por la vida con el profundo sentido de compromiso que supone la condición de amante. Pero no se trata de convertirnos en monjes dedicados a la contemplación del mundo y a Dios, o que invirtamos toda nuestra vida mirando un árbol o sintiendo el perfume de las rosas (aunque, por supuesto son alternativas totalmente válidas y posibles). Pues cualquier camino está sembrado de inconmensurabilidad, ya que ésta habita en todo. Todo nos brinda inagotables posibilidades, las cuales siempre nos estarán esperando a cada paso a lo largo de nuestro personal camino. Es sólo cuestión de la actitud que adoptemos ante el mundo. Aquí sí (o mejor dicho, nuevamente), a falta de una mayor elocuencia prefiero pecar de repetitivo, prefiero arriesgarme a aburrir por redundante: El hecho fundamental reside en que ante la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo se nos vuelve evidente la crucial importancia de la humildad, de la libertad y de la sensibilidad. Descubrimos que convertirnos en amantes es un hecho tan inmediato como ineludible, sencillamente irremediable. Pues ya de por sí el amor, la condición de amante, es la forma de relación natural y necesaria para quien se reconoce como inconmensurable. Y ante la inconmensurabilidad del amado, ante la consciencia de su maravillosa, conmovedora e inagotable riqueza, ¿cómo no contemplarlo extasiados, subyugados, maravillados, anonadados?, ¿cómo no exponer la humildad, la simpleza y sencillez que se requiere para ser capaces de aprehenderlo en profundidad?, ¿cómo no prescindir de prejuicios, condicionamientos y reducciones?, ¿cómo no mirarlo con alegría, en la mayor libertad, en la mayor paz, en la mayor transparencia y claridad posibles?, ¿cómo no ofrecerle toda nuestra atención, toda nuestra sensibilidad?, ¿cómo no renunciar a la apatía, al desinterés, al desdén?, ¿cómo no encontrar absurda a la hoy tan difundida tendencia de sentirnos ajenos en vez de sentirnos parte, de ser parte?, ¿cómo no transitar con alegría por la vida, felices de poder sentarnos al banquete del autodescubrimiento y del descubrimiento del mundo?, ¿cómo no beberse las flores del camino, no inundarse los ojos de estrellas, no acariciar brisas, arroyos y praderas?, ¿cómo no tenderle la mano al necesitado, no dar consuelo al desconsolado, no brindar el cálido aliento que requiere el desalentado?, ¿cómo no donarnos gentil e incondicionalmente a nuestro prójimo, a nuestro hermano? De este modo se revela la tremenda importancia operativa de esta actitud ante el mundo alternativa al reduccionismo. Pues ella transforma por completo nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con nuestra propia interioridad. Ella es intrínsecamente, genuinamente evolutiva y nos ayuda a convertirnos en amantes. A vincularnos en profundidad con todo lo que existe. A tornar trascendentes y virtuosos incluso a los más cotidianos instantes de nuestra vida. Su camino es inverso al del reduccionismo que parte de lo cotidiano y coyuntural para teñir con su precario enfoque a toda nuestra vida. Pues ella, esta otra actitud ante la vida, esta forma de relación con el mundo, bebe de lo trascendente para alimentar, para amamantar con ello a todos nuestros actos, incluso a los más cotidianos y coyunturales. Y así, estos últimos preservan el latido de lo trascendente, retienen su impronta. Se evidencian como esencialmente trascendentes, pues no dejan de serlo por cotidianos. Pues, como hemos visto, si el otro es inconmensurable (pensemos en

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un instante en nuestros semejantes, en nuestro vecino de todos los días, pero ello es extensivo al universo), ¿cómo no amarlo?, ¿cómo no ejercitar con él la ternura, la tolerancia, la piedad, la caridad, el don de sí mismo?, ¿cómo no ver la insignificancia de las diferencias externas y subjetivas que día a día nos separan y nos condenan al desamor, al desinterés, a la apatía? ¿y cómo no concebir entonces un modo de relación en ausencia de odio, de indiferencia, de envidia, de violencia, de desamor? Pues no existe alternativa al amor para aquél que reconoce a sí mismo y a los demás como inconmensurables, como dotados de inmensa belleza, riqueza y potencialidad. Y así, el amor, la atención genuina y profunda, la ternura, la tolerancia, la piedad, la caridad, la vocación de servicio, el don de sí mismo, no son virtudes o patrones de comportamiento a desarrollar con empeño, esfuerzo y dificultad: Son inmediatos. Se revelan como el modo de vida natural y necesario. Pues ellos surgen naturalmente, con simpleza. Brotan como suaves pero incontenibles manantiales. Con la fuerza y la belleza de lo ineludible.

En definitiva, esta actitud alternativa al reduccionismo revoluciona por completo la forma de relacionarse con el mundo, con la naturaleza, con los demás. Y, concentrándonos específicamente en las relaciones entre las personas, ella es capaz de mutar naturalmente a la actual telaraña de egoísmos en una genuina red de interrelaciones profundas basadas en el amor y en el respeto ***. Puesto que dicha consciencia no sólo posee en sí una gran belleza sino que naturalmente suscita un sentido de compromiso, un sentido de pertenencia que empapa a todos nuestros actos y comportamientos, incluso a nuestras conductas más cotidianas. Como dicho: ¿cómo no amar a nuestro vecino a pesar del pobre barniz externo (con sus defectos, errores y miserias) que él se empeña en exhibir y ambos en reconocer según el proceso básico de identificación, de reemplazo, que propugna el reduccionismo? Si ese barniz es completamente insignificante ante su conmovedora riqueza y potencialidad. Sólo se trata de ayudarlo a que tome consciencia de su riqueza ****. Y amarlo por su esencia, por su naturaleza. Y por la propia. Amarlo tan incondicional como irremediablemente. Con la sublime paz y belleza de quien se entrega enteramente a su destino. De quien se permite manifestarse según su esencia, como ser de amor. De quien simple y naturalmente se reconoce como hermano, como amante. * Quisiera advertir que toda esta parte está impregnada (contaminada) de mi propio e imperfecto sentir personal pero que, más allá del exceso, no es mi intención influenciar a los lectores. ** Nuevamente ver la nota anterior*. ** No siento que existan los errores ni las culpas, sino falta de consciencia. *** Paradójicamente, hoy nos resulta mucho más simple respetar a la pequeña y mísera carcasa de subjetividad que lleva el otro que a su esencia. Y ello no es respeto. Pues sólo esta actitud que intentamos esbozar está realmente fundada en el respeto. Pues no respeto a quien ignoro como inconmensurable, como ser de amor, como hermano. **** Contrariamente al juicio, a lo que nos han enseñado hasta el hartazgo a ponderar, no creo que haya bueno y malo, mejor y peor. Lo importante es “lo que esencialmente somos” y no lo que representamos externamente. Hay gente (la mayoría) que ignora “lo que es”. Que ignora su esencia, su conmovedora inconmensurabilidad básica. Otros, por su parte, tienen mayor grado de consciencia (vislumbran en parte su inconmensurabilidad esencial). La diferencia radica en que estos últimos gozan de una mayor paz, son capaces de más amor pues se saben esencialmente seres de amor (y, por ende, no conciben otro modo de

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relación que el amor) y definitivamente son profundamente más felices. Cuando uno comienza a vislumbrar la inconmensurable riqueza que habita en sí mismo, cuando comienza a conocerse profundamente, los pobres elementos que constituyen el gris disfraz de subjetividad que usa a diario se revelan como insignificantes. ¿Cómo no comenzar entonces a prescindir de ellos para permitir que aflore nuestra inconmensurable naturaleza? ¿Y cómo no ver a los demás de igual modo? Evolucionar es simplemente dejar de lado las inútiles construcciones superficiales que gobiernan a nuestra pobre y meramente operativa rutina existencial. Es ir logrando la sencillez, claridad y transparencia necesarias para ir tomando consciencia de nuestra inconmensurable esencia. Y de la de los demás, de la naturaleza, del mundo, del universo, reconociendo la inexistencia de los límites y de las distancias en virtud de la unidad (de la unicidad), de la globalidad. En fin, se trata simplemente de un proceso de crecimiento en la humildad y en la sencillez. Un proceso de liberación, de sensibilización.

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IV. 1. EL ESTADO DE SENSIBILIDAD. LA NECESIDAD DE UNA NUEVA PERSPECTIVA EDUCATIVA Al descubrir la inmensa riqueza de la realidad y reconocer las limitaciones de nuestro modo reduccionista de mirar, el mirar se revela dinámico, como elemento de evolución. Pues el mismo se torna revolucionario si nos permitimos la libertad. Si, en un compromiso con la humildad, somos capaces de prescindir (que es distinto de negar pues carece de intencionalidad y goza de espontaneidad) de prejuicios y direccionamientos para poder mirar desde la desnudez. Si logramos tornarnos lo suficientemente sensibles, lo suficientemente atentos y abiertos para descubrir. Si vamos perfeccionando nuestro mirar de modo de ir volviéndonos tan sensibles al mundo como para vivir plenamente comunicados, en contacto, en la condición de amantes. Obviamente, nuestro mirar evoluciona con el ejercicio, pero requiere de un ambiente propicio de libertad y amplitud para poder desarrollarse. Y naturalmente, su desarrollo es un resultado de la educación, entendiendo a la misma en un sentido amplio. Pues, en tal sentido, la educación no es otra cosa que la continua aventura espontánea e ineludible (individual y grupal) del descubrimiento del mundo. Puesto que todo contacto con el mundo, todo hecho humano, es por naturaleza un hecho educativo. Cada instante de nuestra vida constituye una aventura educativa, independientemente de como la aprovechemos. Cada momento constituye una invitación al aprendizaje y una oportunidad única de crecer y evolucionar. De allí la importancia fundamental de la educación. Los resultados evolutivos del hecho educativo entendido en sentido amplio, es decir, del contacto con el mundo, dependen fuertemente de la postura que se adopte para llevarlo a cabo. Pues la calidad del contacto que logra el amante es muy distinta de la que logra el reduccionista, como así los frutos que alcanza a recoger. Y el mismo desarrollo de la postura o actitud ante el mundo es también en sí un hecho educativo. A convertirse en amante del mundo, a relacionarse profundamente con él, se aprende, así como también el reduccionismo implica un aprendizaje, aunque de otra calidad. Y el tipo de aprendizaje que realicemos afectará profundamente a toda nuestra vida. Por lo tanto, dicho aprendizaje, dicho hecho educativo reviste una inmensa relevancia. A su vez, este aprendizaje depende en general fuertemente del medio sociocultural en que estamos insertos con sus diversos e interrelacionados agentes educativos como ser, entre otros, la familia, los medios masivos de comunicación y la escuela o educación formal. Hoy día, todos ellos se encuentran fuertemente afectados por el reduccionismo, el que se ha constituido en el signo dominante, privilegiando de tal modo la adopción de una postura reduccionista. Y ya hemos abundado en las consecuencias que trae aparejada la adopción de tal postura.

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Ante tal panorama, resulta fundamental desarrollar una pedagogía coherente y en armonía con la forma de relación con el mundo genuinamente alternativa al reduccionismo, a la que se ha aludido anteriormente. Pues no basta simplemente con aludir a dicha postura. No creo que baste simplemente con arrojar unas pocas semillas en medio de la maleza (aún cuando a veces la germinación puede ocurrir en el lugar menos esperado). Y ante la tremenda asimetría que históricamente hemos generado entre nuestros desarrollos material y evolutivo, la Educación, entendida como herramienta evolutiva, constituye una deuda fundamental del Hombre. Sin embargo, dentro de nuestra sociedad reduccionista, el desarrollo de una educación que permita y potencie el surgimiento de una forma de relación con el mundo como la aludida, no constituye un hecho simple. Y no lo es tampoco de por sí, intrínsecamente. Pues no es trivial desarrollar una herramienta operativa que no contraríe el espíritu de dicha postura alternativa. Que no contraríe su humildad, su libertad y espontaneidad. No es trivial el desarrollo de una herramienta operativa al servicio de la trascendencia y que, por ende, contenga el gérmen de su propia prescindencia. No es tan simple el desarrollo de una educación carente de pretensiones de dogmatización, de guías, transferencias, seguridades y condicionamientos. De una educación para (y en) la inconmensurabilidad. De una pedagogía que nos permita concebir, crecer y desarrollarnos en la condición de amantes. Que nos inmunice contra el efecto fosilizante en lo evolutivo del reduccionismo. Disponemos de los elementos necesarios para avanzar en esta delicada y hermosa tarea, pero resulta fundamental no subestimar sino enfatizar el papel primordial de la implementación.

Como visto anteriormente, la postura alternativa al reduccionismo que hemos identificado con la condición de amante deviene de la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo y se fundamenta simplemente en la humildad, la libertad y la sensibilidad. Por ello, la pedagogía que se desprende naturalmente de ella entiende que educar equivale a ayudar a que el individuo aprenda a aprender. Implica permitir, brindar oportunidad, crear la atmósfera adecuada para el acto de descubrimiento en un contexto de libertad y apertura. Pues, en tal sentido, educar es como cultivar: A la semilla debemos brindarle luz, agua, tierra, fermentos, pero el poder germinativo, el impulso germinativo, es intrínseco a la semilla, y luego a la planta. Podemos impedir su crecimiento o entorpecerlo, pero no podemos hacerla crecer, sólo permitírselo y ayudarla. A nadie se le ocurriría tomar con las manos a una incipiente plantita y estirarla para que crezca. Todo consiste en brindarle las condiciones óptimas. Lo mismo ocurre con los niños, con su crecimiento y su modo de acceso al conocimiento. Y por inconmensurable, por inasible desde lo conceptual, el conocimiento resulta intransferible. Pues, el conocimiento al que aludimos aquí se entiende en el sentido amplio de la acepción, tal como vimos anteriormente, y no en su sentido meramente operativo. Él habita en el contacto y no sobrevive a la reducción, a la traducción. ¿Por qué entonces empecinarnos en traducirlo y en tratar de transferirlo, en vez de permitirle que surja, que ocurra? El sólo necesita de espíritus fecundos donde nacer y desarrollarse. Es por ello que se requiere de una atmósfera adecuada que permita el crecimiento y la evolución. En contraposición, históricamente nuestra sociedad y su educación tradicional se han caracterizado precisamente por entorpecer o impedir el crecimiento evolutivo, aún en sus intentos por propiciarlo. Pues la sociedad, a partir de sus diversos actores, no le brinda posibilidades, sino que favorece la adquisición de una visión reduccionista, ya sea amorfa o dogmática. Incluso la educación formal actúa a nivel superficial y se ve desbordada por la avanzada reduccionista que resulta imbatible a ese nivel (la cual cuenta con elementos muy

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poderosos y sensuales como los medios masivos de comunicación). Más aún, la filosofía misma que enmarca a dicha educación no es ajena a la tendencia reduccionista que la condena a un pobre pragmatismo y no le permite trascender a la mera instrucción. Por ello, parece en principio necesario rever lo que nuestra sociedad entiende en general por educar. Estamos acostumbrados a asociar al acto educativo que realiza la escuela con una acción sobre el educando, lo que implica guía, intención, dirección. Pero, como vimos, ello no se condice con una forma de mirar en libertad, sin prejuicios ni direccionamientos, como la que hemos expuesto. Y la tendencia a guiar, a modelar, a hacer ajustar a patrones y dogmas, constituye un lamentable acto de soberbia. Un acto que tiene origen en el temor y que involucra a la violencia como herramienta, pues condicionar, guiar, modelar, es violentar. Un acto incompatible con la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo y con la espontaneidad e incondicionalidad de la condición de amantes. ¿Quién puede tener autoridad para legislar en este sentido, para elegir caminos, para condicionar? ¿Cuál es el sentido de los caminos? ¿Para qué guiar, o guiarnos? ¡Cuántos tormentos nos ha causado semejante ejercicio de soberbia por parte de sucesivas generaciones con visiones del mundo tan estrechas o, mejor dicho, sin la conciencia de la estrechez intrínseca de sus (de nuestras) visiones! Claro que es obvio que el ignorante siempre cree estar muchísimo más cerca del Bien y la Verdad que lo que cree estar el sabio, quien evoluciona en la medida en que crece en la humildad y va tomando progresiva consciencia de su ignorancia (que comprende, en fin, de la futilidad, del sinsentido de las distancias). Esta actitud pedagógica puede sugerirnos la figura de que nuestra educación tradicional impone un techo a nuestra potencialidad evolutiva. Sin embargo, prefiero metaforizar dicha acción más que con la introducción de un techo, con la construcción de un contrapiso. Se me antoja al hombre como un profundo y húmedo terreno en el cual la humedad (la naturaleza humana en su inconmensurable esencia) pugna por aflorar con la conmovedora e inexorable fuerza de la vida. Pero nuestra educación tradicional, guiada por la actitud reduccionista, se la ha pasado construyendo o remendando pisos de cemento para edificar construcciones artificiales. Parece menester impedir que surja lo genuino, lo espontáneo, impedir que brote la humedad. ¡Como si la humedad fuera indeseable! ¡Como si esa misma humedad que corrompe a las paredes (a lo artificial) no fuese la misma que hace germinar a la semilla (transformándose en semilla, en planta)! Siento que hoy más que nunca, necesitamos de hombres dentro los cuales se destruyan muchos muros y crezcan muchas semillas. Necesitamos, en un voto de confianza en pro de la naturaleza humana, brindarle posibilidades de aflorar a lo genuino, a lo espontáneo. ¡Necesitamos imperiosamente de la Humedad! El condicionante primordial que introduce nuestra educación tradicional (a partir de sus diversos actores como la familia, la escuela, los medios masivos de comunicación, etc.) consiste en exagerar tanto el valor del reduccionismo que lo convierte en excluyente. En permitirle, y promover, que monopolice la actitud hacia el mundo, hacia la vida. Así, el mundo se ve casi totalmente reemplazado por su reducción simbólica, perdemos la consciencia de su intrínseca inconmensurabilidad, nos separamos casi por completo del mismo como individuos aislados y concebimos al aprendizaje como a una acumulación de conocimientos externos que nos brinda seguridades. Esta educación genera, de tal manera, individuos huérfanos y fragmentarios que diseccionan, dividen y etiquetan al mundo en vez de reconocerse y sentirse parte de él. Individuos temerosos que no tienen conciencia de su potencialidad, que no conocen la evolución. Individuos ciegos pues miran de una manera

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que les impide "ver". Individuos para quienes las flores son todas más o menos iguales y no muy distintas del garabato de flor que les enseñaron a dibujar de pequeños. Pues, al contentarnos con manejar el símbolo, no vemos que todas las flores son distintas y únicas. Que incluso una misma flor es siempre distinta, al igual que quien la contempla. Por ello, los hombres nos convertimos en seres que se estancan en su crecimiento evolutivo. En individuos que desarrollan alguna habilidad particular para subsistir y algunas otras como pasatiempo y se dedican, en los mejores casos, a estar tranquilos con su conciencia y a comportarse como buenas personas (tal cual como se les ha enseñado). Pero no evolucionamos genuinamente como seres humanos. No sabemos de la importancia de tal evolución e ignoramos su posibilidad. No vemos a cada día como a una posibilidad de crecer y evolucionar sino de luchar por lograr las metas que tempranamente nos impusimos o (casi siempre) nos impusieron, metas a las cuales, de todos modos, no solemos ni cuestionar ni sentir profundamente. Es así como somos capaces de hacer grandes avances en poco tiempo cuando nos lo proponemos en distintas disciplinas profesionales, artísticas, científicas, deportivas, etc., mientras que el contacto con el mundo, que es algo que realizamos a cada instante de nuestra vida, lo llevamos a cabo siempre de la misma superficial manera. Pues no ponemos la mínima atención. No concebimos a nuestra forma de relación con el mundo como un arte a desarrollar a cada instante. No conocemos la belleza y la relevancia de vivir en el aprendizaje, de crecer y evolucionar. Por el contrario, a la continua invitación que nos hace el mundo a desarrollar el arte de ver, oponemos un constante ejercicio de la indiferencia. Es que hoy se nos enseña a caminar con los ojos cerrados. Y ese terrible ejercicio, repetido en infinidad de ocasiones, nos termina por convertir en ciegos. Adormeciendo a nuestro espíritu bajo el pesado manto de la apatía. La indiferencia es, por ende, aunque no tan perceptible a simple vista, uno de nuestros mayores problemas. ¡Qué distinto sería el mundo si viviéramos sin indiferencia, en la condición de amantes! Dicha manera automática de vivir no sólo gobierna nuestro cotidiano y rutinario correr en pos del éxito y el placer, sino que se apodera de cada uno de los instantes de nuestra vida, hasta de nuestros momentos de ocio. Efectivamente, como no sabemos qué hacer con el ocio a menos que lo poblemos de actividades prefabricadas por la actitud reduccionista, no somos capaces de cultivarlo. Un ejemplo sumamente pictórico en este sentido lo constituye un típico acontecimiento vivido un verano en la playa, al cual me tomaré la licencia de describir someramente: Era un día de verano con una temperatura tal que permitía caminar plácidamente por la playa en traje de baño, acariciado por una leve, delicada y gentil brisa fresca. El cielo, cubierto en gran parte, presentaba un paisaje de nubes de una gran belleza y diversidad, proyectando luces y sombras por doquier. Mientras tanto, sobre el océano, una oscura tormenta paseaba cansinamente su aún lejana amenaza líquida. Y, para nuestro deleite, remojaba su carácter, su profundo temperamento en el mar, prestándole así a este último colores increíbles (¿han notado el hermoso color verde claro y brillante que adquiere el mar los días de tormenta?). Asimismo, y rivalizando con el contraste lumínico, otra ambivalencia se tocaba y confundía: Tanta energía agazapada, presagiada, potencial, encontraba la misma caja de resonancia en los espíritus sensibles que la omnipresente e incomprensible paz en que flotábamos. Y ante tan subyugante escenario de azules, violetas, verdes claros y brillantes, de luces, reflejos y sombras, de presagios y certezas que con sabia picardía jugaban a confundir lo eterno con lo fugaz y lo grande con lo pequeño, los rostros de la gente sólo transmitían hastío, decepción. "¡Qué día feo!" era el comentario casi obligado. Y supuestamente estábamos disfrutando de nuestro período de

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vacaciones, entregados al deleite de la naturaleza. No sabíamos si ese verano se iba a volver a ver una tormenta sobre el mar en un día con soleados, pero poco importaba. ¿Cómo puede ser que tal maravilloso espectáculo pasara inadvertido para la mayoría, quienes sólo asocian la belleza de un día veraniego en la playa (aunque tampoco suelen disfrutarlo profundamente) con un clima soleado y tórrido (que obviamente también tiene su propia y singular belleza)? ¿Cómo no ver que cada momento posee su única e irrepetible belleza, cual si fuera un continuo recordatorio de que siempre tenemos el paraíso al alcance de la mano (¡y, sin embargo, morimos y hasta matamos por pequeñeces!)? Si uno no conociera el continuo accionar de nuestra educación tradicional, confieso que sería inconcebible que no viviéramos en profundidad. Sería inconcebible que no amáramos, que no nos sintiéramos parte, que no nos doliera el mundo, que no lo sintiéramos hervir en la sangre. Sería inconcebible que no fuéramos tan vulnerables como para que contemplar un cielo estrellado, una tormenta, una flor, un niño, nos pudiera cambiar la vida. Sería inconcebible que ante todos los llamados que nos hace a cada instante la realidad, ante todo lo que constantemente nos ofrece, viviéramos indiferentes. Sin embargo, resulta penoso comprobar que deambulamos hambrientos, sin percatarnos de que estamos atravezando un banquete. Hoy, cuando la educación se encuentra subordinada al reduccionismo, cuando los fines de la vida no parecen superar el mero plano operativo, necesitamos darnos cuenta de la importancia fundamental que tiene el desarrollo de una educación que nazca de la humildad. De una educación que brinde la atmósfera adecuada para crecer. De una educación que, comprometida con la evolución, con la amplitud, con la libertad, deje de lado los condicionamientos, los dogmas, los direccionamientos, los cuales no son otra cosa que cotas, que límites. Ello implica el desarrollo de una pedagogía que cultive a la libertad cuidando de no introducir prejuicios ni condicionamientos, que no guíe ni direccione, que no impida sino que permita. Y que, de tal manera, posibilite y fomente el crecimiento del ser humano, renovándose, revolucionándose y evolucionando ella misma con su ejercicio. De una educación que reconozca la importancia de vivir en libertad, en contacto, comunicados, atentos, sensibles, amantes. En un estado de sensibilidad.

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IV. 2. EL DESARROLLO DE UNA NUEVA PEDAGOGIA Desbordados por el incesante bombardeo de visiones reduccionistas a que nos somete la sociedad, nos convertimos en reduccionistas y creemos que ella es la única actitud posible ante el mundo. Como hemos apuntado, la alternativa a este sombrío panorama consiste en desarrollar una forma de relación con el mundo basada en la libertad, la humildad y la sensibilidad. En la adopción de una postura coherente con la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo. Pero tal actitud es intrínsecamente espontánea, libre, incondicional. Es intransferible por naturaleza. Por ende, una educación que la posibilite, que la promueva y potencie, debe necesariamente compartir dichos atributos, debe desprenderse naturalmente de ella. En contraposición, tanto el paradigma reduccionista como la educación que promueve (nuestra educación tradicional) centran su accionar en el continuo intento por transferir lo intransferible (el conocimiento, el amor, la belleza). Y resultan por tanto intrínsecamente inconsistentes con aquella actitud que hemos identificado con la condición de amante. De allí que el desarrollo de una pedagogía que prescinda naturalmente de guías y búsquedas, de una pedagogía que renuncie a introducir condicionamientos para, en cambio, edificar un clima de humildad, de libertad y de sensibilidad, emerge como primordial. De una pedagogía que permita que la condición de amante surja delicada, sutil, incondicionalmente, para extenderse a todos los ámbitos de nuestra vida.

En tal sentido, más importante que qué enseñar (algo que suele quitarle el sueño a los maestros) es construir una pedagogía en la libertad y la humildad que permita, que posibilite, que ayude a los niños a que aprendan a aprender (es decir, a ayudarlos a desarrollar una postura ante el mundo, una forma de relación con él). Puesto que no creo que sea posible enseñar nada, ni siquiera a aprender. Sólo es posible permitirlo. Sólo se necesita ayudar a los niños a que ellos, por sí mismos, aprendan a aprender. Y ella no es una tarea simple, pues implica abstenerse de guiar y de condicionar (algo que tendemos a hacer ya sea intencionalmente o impulsados inconscientemente por el miedo). Implica un acto de propia humildad y de valoración del niño, completamente inusual para la soberbia y subestimación típicas de la concepción reduccionista.

Como hemos apuntado anteriormente, el surgimiento de la aludida actitud ante el mundo fundada en la libertad, la humildad y la sensibilidad, requiere de la construcción de una pedagogía distinta que la posibilite y potencie. De una pedagogía que no se vea sometida al monopolio que ejerce el reduccionismo sobre los distintos agentes educativos de la sociedad. Pero dicha actitud no puede enseñarse, sólo se puede permitir que surja de manera espontánea, genuina. El problema es que con los condicionamientos que la educación tradicional introduce, impide su surgimiento. Por ello, la tarea fundamental de la

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educación quizá sea la de cuidar de no introducir condicionamientos, de no enmalezar el terreno. De proporcionar un clima de gran riqueza en que los niños puedan crecer sin condicionamientos, sin seguridades, reducciones o miedos. De crear una atmósfera de libertad que permita que los niños se vuelvan abiertos, atentos, aventurados, humildes, libres, sensibles, amantes. En fin, que se tornen fértiles, fecundos (es sólo cuestión de cuidarse de no contaminar dicho terreno que es fértil de por sí; y de ayudarlo a tornarse cada vez más fecundo, más apto). Para que, de tal manera, el conocimiento y el amor arraiguen en ellos delicada, generosa, gentilmente. El hermoso desafío que se nos presenta consiste en desarrollar una educación, una pedagogía que, consciente de la inconmensurable riqueza del mundo a descubrir, invite a los niños, desde su más tierna edad y sin guiarlos, a ejercitarse en la sensibilidad, en sentir a los demás, a la naturaleza, a la vida. Que les permita tornarse muy humildes, sensibles, atentos. Que los ayude a desarrollar el fundamental arte de ver. En este sentido, se impone la necesidad de una educación que llame su atención a cada instante, para que no dejen de sorprenderse y de maravillarse. Que los inmunice contra la indiferencia y la apatía. De una educación que los ayude a aprender a vivir en el aprendizaje, en el contacto, en la atención, comunicados con el mundo. Pues existe una gran belleza en el hecho de aprender a vivir en el aprendizaje. Ello implica frescura e inocencia, implica vivir en un estado de sensibilidad (atentos y abiertos al mundo) el cual posibilita el crecimiento y la evolución. Se requiere de una pedagogía que los invite a vivir en la carencia de falsas certezas o seguridades (aquellas con que nos atan las posturas reduccionistas y los dogmatismos) y, por ende, en la ausencia del miedo a lo desconocido. Pues así transita por la vida aquél que, consciente de la inconmensurabilidad del mundo, vive en el aprendizaje, abierto al acto de descubrimiento, aquél que vive en la condición de amante. Y que sabe que es el contacto con lo imponderable lo que nos permite crecer y evolucionar. Pero el desarrollo de la forma de mirar que nos permite crecer en la condición de amantes entendida como modo de vida, es un aprendizaje mucho más profundo y delicado que el de una disciplina, de un dogma o de una teoría. El mismo requiere de un continuo ejercicio, requiere de un contacto íntimo, artesanal con el mundo. Pero no en ciertos instantes, sino siempre, en cada acto educativo, en cada actividad pedagógica. Por ello es que se necesita de una pedagogía que invite constantemente a vivir en un ámbito de libertad, carente de prejuicios y guías dogmáticas, que permita, que ayude a los educandos a que aprendan a mirar, que les posibilite vivir en contacto con el mundo, que les permita crecer en su capacidad de sentir, en su capacidad de amar. Y ella es una tarea muy delicada, una tarea que se extiende globalmente a todas las actividades y hechos educativos. La gran misión de la escuela radica en desarrollar una pedagogía que potencie dicho ejercicio, pues sólo mirando se puede aprender a mirar. En tal sentido, la atmósfera educativa, el modo de vida en la escuela es, como siempre, aunque más sutil y menos perceptible, el principal maestro. Por ello, resulta fundamental construir una pedagogía y una escuela donde se respire libertad, amor, paz, respeto, ternura por la belleza, sensibilidad, a cada paso, en cada ámbito, a cada instante. ¡Ni siquiera somos conscientes de lo que ello puede promover, de su potencialidad!

Dicha necesidad de construir una educación que sin guiar ni direccionar promueva un continuo ejercicio de la sensibilidad, no impone restricciones temáticas. Pues, como ya apuntado, en este sentido es más importante el "cómo" que el "qué" mirar puesto que si aprendemos a mirar con profundidad encontramos que hasta lo a simple vista más pequeño y superfluo contiene en esencia, por inconmensurable, un universo a descubrir (el Universo

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vive en el átomo, en la célula, en el individuo, en la singularidad). Contemplar una flor nos puede cambiar la vida, siempre y cuando seamos lo suficientemente inocentes, humildes y vulnerables. Por ello, una educación en el espíritu aludido es intrínsecamente, genuinamente integral. Pues es conciente de que toda actividad es integral si lo es la forma de mirar. Y la sabiduría está en todas partes. Podemos aprender a sentir y a amar contemplando un árbol, mirando a los ojos, leyendo una novela, tocando el piano, resolviendo un problema matemático, jugando al fútbol, o como sea. Todo depende de la forma, del espíritu en que lo hagamos. Todo depende de nuestro mirar. Baste como ejemplo la enseñanza de la ciencia: Ella no debe limitarse a tratar de describir y explicar a la naturaleza, a ayudar a encontrar reglas, a sistematizar, a modelar, a manejar una imagen formal de la realidad, a conocer técnicas, etc. La enseñanza de la ciencia debe comprender al amor al conocimiento y a la conciencia de que la visión científica constituye una forma complementaria de acceso a la realidad (que nos ayuda a crecer) y no una visión excluyente pues, caso contrario, se transforma en algo muy pobre y frío. Al fin y al cabo, la invención científica (si se desembaraza de la visión reduccionista) no aparece como muy distinta de la creación artística, al igual que el descubrimiento de la belleza de un teorema matemático se hermana con el goce estético de una pieza de arte. Por tanto, dicha educación debe ser necesariamente amplia, integral, no fraccionaria, pues lo es intrínsecamente la forma de mirar aludida. No podemos pretender ayudar a aprender a mirar, a amar, a desarrollar la sensibilidad en un cierto instante cierto número de veces por semana y en ciertas actividades particulares, cuando el resto del tiempo se ve signado por la indiferencia, por el desamor. Tal educación, en todos los ámbitos, debe ayudarnos a desarrollar nuestra forma de abordar la realidad en los más disímiles contextos y circunstancias. Por ello, todos los actos educativos, la atmósfera educativa, deben ayudarnos a vivir en la atención, a mantenernos en ella, poniendo además en evidencia nuestra inatención y ayudándonos a tomar consciencia de nuestra forma de mirar. Pues resulta fundamental desarrollar la capacidad de transitar por la vida en la atención, en un estado de sensibilidad que nos permita un contacto con el mundo de una calidad muy distinta al que deviene de la postura reduccionista. Nos enfrentamos a cada instante a una infinitud de situaciones vivenciales que poseen una gran riqueza, las cuales nos brindan la posibilidad de crecer y evolucionar, evidenciando de tal manera al desarrollo del arte de ver como la tarea fundamental de nuestras vidas. Sólo es necesario abordarlas con la sensibilidad necesaria como para aprovecharlas. Ayudar a aprender a mirar, a crecer en la sensibilidad es, entonces, la tarea principal de la Educación. Por otro lado, una educación que abrigue un espíritu como el aludido potenciará enormemente las relaciones humanas dentro de la escuela. Ella promoverá una pedagogía en que maestros y alumnos se sepan embarcados un viaje en conjunto que resulte enriquecedor para todos. Pues, ¿quién da más a quién, cuando lo que se da es inconmensurable?, ¿qué diferencia existe entre dar y recibir? Así, en el don de sí mismo se relativizan los conceptos de dador y receptor. Además, en una pedagogía en la libertad y la humildad como la que se intenta bosquejar, el maestro no guía ni direcciona, sino que brinda el clima óptimo para el descubrimiento, se limita con humildad y ternura a ayudar al educando a situarse frente al conocimiento y la belleza, pero no los señala con el dedo, no los traduce. Pues él mismo, al reconocer al mundo como inconmensurable, se sabe siempre en proceso de aprendizaje. Él es un compañero de viaje experimentado, pero que mantiene sus motivaciones intactas, que ejemplifica con su actitud, con su postura, con su ser. Que

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expone con naturalidad, humildad y transparencia su propia avidez por el conocimiento, al que no objetiva ni asimila a algo estático o consumado. Así, los ayuda a que aprendan a mirar, a desarrollar su sensibilidad, su apertura, su atención. Los ama sinceramente. Y sólo a partir del amor se puede ayudar a aprender a amar. Potencia la cohesión del grupo, pero aprovecha la increíble riqueza que anida en la diversidad. Se ilusiona con la tremenda potencialidad de un grupo humano genuinamente embarcado en el descubrimiento del mundo, aprendiendo a sentir, a mirar, a amar. Creo que, a grandes rasgos, el cambio que el hombre necesita es algo que está en el ambiente. Pero es fundamental ver la conmovedora potencialidad, la imperiosa necesidad de una educación que lo ayude a ocurrir. Sólo seremos capaces de vivir en la evolución, trascendentemente, cuando sintamos a cada instante de nuestras vidas como una posibilidad de crecer. Cuando seamos capaces de vivir en el aprendizaje. Y ello se ejercita. Sólo se requiere de una educación que lo permita, que le brinde el clima adecuado. Y el desarrollo de la forma de mirar, de la actitud ante el mundo, es un aprendizaje que trasciende cualquier ámbito educativo específico impregnando a todos nuestros actos (que se vuelven de tal manera genuinamente educativos), prolongándose a nuestra vida diaria, hermanando naturalmente a lo trascendente con lo cotidiano, dotando de significación a cada instante de nuestra vida, convirtiéndose en una actitud de vida. La misma no es más que la libertad, que la humildad, que la sensibilidad. Y ella, si es genuina y espontánea, no puede circunscribirse a un ámbito determinado de nuestras vidas. Pues, por incondicional, no tiene objetivos predeterminados y no requiere de recompensas ni requisitos. No nos permite sentirnos ajenos ni indiferentes ante un mundo al que reconoce como inconmensurable. Se sabe provisoria, redescubrible, nueva a cada paso. Por ello es tan importante construir una atmósfera educativa que no la impida sino que la potencie. Y que, de tal manera, nos ayude a tornarnos fértiles. A vivir fértiles, fecundos, en un continuo aprendizaje, creciendo en la libertad, la humildad y la sensibilidad. Construir una educación de tales características constituye, ante el paradigma reduccionista imperante en nuestra sociedad, una tarea tan formidable como imperiosa. Y una Educación en el espíritu señalado, dado que actúa en un nivel más profundo, no sólo no encuentra competencia en las otras alternativas educativas de la sociedad, sino que se complementa con ellas al revalorizarlas, abordándolas a partir de otra perspectiva. Si aprendemos a mirar con profundidad y libertad, no sólo seremos inmunes a los pseudovalores y al reduccionismo. Seremos capaces de descubrir, crecer y evolucionar.

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IV. 3. DE NECESIDADES Y COMPROMISOS El reinado del reduccionismo nos confina a un plano existencial muy pobre. Sin embargo, en ciertas ocasiones por medio del arte, el amor, la meditación, etc. somos capaces de salirnos momentáneamente del mismo. Pero vivimos a cada instante en una realidad de una profunda riqueza, a la que abordamos sólo superficialmente. De allí la necesidad de volvernos tan sensibles, tan atentos como para vivir una vida en plenitud a cada momento, en lugar de la vida meramente operativa y reduccionista. ¡Cuántas cosas nos pasan desapercibidas! No nos conmovemos ante la naturaleza, ante los paisajes cotidianos, ante los hechos y gestos hermosos. No nos conmovemos ante los seres humanos. ¿Cómo pueden resultarnos indiferentes las personas, su inconmensurable naturaleza humana? ¿Cómo pueden sernos indiferentes su amor, sus virtudes, su inocencia, su desesperación, sus carencias, sus miserias, su potencialidad? ¿Por qué, en general y aún cuando sintamos amor por el género humano, olvidamos que ese ser humano genérico no constituye una entidad aséptica y etérea, sino que se encarna en cada uno de los seres (con una enorme potencialidad en general desperdiciada) que nos resultan indiferentes a diario en las calles? ¿Por qué no solemos aproximarnos en profundidad a las personas con que interactuamos a cada instante? ¿Y a la naturaleza? ¿Y a nosotros mismos? A cada instante ignoramos infinidad de circunstancias que claman por nuestra sensibilidad.

A veces es necesario sorprendernos para darnos cuenta de qué manera abordamos las situaciones que vivimos a cada instante de nuestra vida. Sólo a modo de ejemplo, detengámonos un poco en este instante. Uno puede escribir ligeramente sin "sentir" (en la manera ya apuntada) a los lectores, sin captar el fascinante hecho de la comunicación que se está promoviendo, o puede ser consciente de ello en mayor o menor grado. De la misma manera, el lector, que puede analizar, conjeturar, disentir, refutar, compartir o apoyar puede (como ocurre la mayoría de las veces) no ser consciente de la aventura de la comunicación en que está embarcado. ¡Cuánta riqueza anida en el hecho de la comunicación! Sin embargo, en general lo realizamos, en sus diversas formas, con liviandad, sin profundidad. ¡Cuán triste es comprobar que solemos vivir con el piloto automático! Aprender a ser tan sensibles como para aprovechar cada momento, para ver con profundidad, con globalidad, para vivir en un nivel de consciencia más elevado es hoy, ante los innumerables problemas que afronta el mundo, una necesidad imperiosa. Puesto que sólo dicha consciencia profunda le permitirá al hombre resolver sus problemas con profundidad y seriedad. Y ello es posible, pues esa consciencia aludida es tan fuerte que, aún con toda una realidad adversa, sin que se promueva la sensibilidad, sin educarnos en el amor, es capaz de aflorar en ciertas ocasiones. Es precisamente ello lo que nos hace estremecer al vislumbrar todo lo que una educación que la posibilite puede potencialmente promover. ¿Cómo no ejercitar la sensibilidad, la libertad, el amor? ¿Por qué acotar a priori nuestras visiones del mundo? ¿Por qué renunciar a evolucionar?

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La postura alternativa al reduccionismo de que nos hemos ocupado anteriormente no es más que la culminación de la humildad, de la libertad, de la sensibilidad. Ella deviene de la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo. Consiste simplemente en la condición de amante. Y resulta incondicional y espontánea. Pues implica que nos convirtamos en un terreno extremadamente fértil, verdaderamente apto. Sin embargo, ante una realidad en que nos bombardean con condicionamientos, guías y prejuicios, que puebla de malezas y desperdicios al terreno y que le construye contrapisos, resulta imperioso el desarrollo de una pedagogía como la anteriormente señalada, la que precisamente parta de la humildad, la libertad y la sensibilidad. Una pedagogía que nos provea de la atmósfera idónea para desarrollarnos, crecer y evolucionar. Que le brinde posibilidades de aflorar a la condición de amante. Por tanto, constituye hoy por hoy un hecho fundamental reconocer el imprescindible papel que en ello le cabe a la Educación. De una educación que nazca de la condición de amante y que, a su vez, en un compromiso con su ineludible misión operativa, le dé a aquella la posibilidad de convertirse en carne. En tal sentido, resulta imprescindible conjugar todo lo bueno que la sociedad tiene para brindarle a una pedagogía como la apuntada, realizando una gran síntesis global en base a la apertura, la humildad y la amplitud. Existe infinitud de personas que tienen muchísimo para brindar en este aspecto e, incluso, muchos deseos de hacerlo, como ser artistas, científicos, educadores, pensadores, profesionales, gente que en distintas actividades trabaja con niños logrando una gran comunicación, etc.. En fin, hombres, mujeres y niños que pueden provenir de las más diversas extracciones y de los más disímiles e insospechados ámbitos y que pueden aportar una riqueza impensable. Es hora de que, movidos por una actitud ecléctica, abarcadora, globalizante e integradora, comencemos a plasmar dicha iniciativa y a construir un material coherente, que armonice y de cuerpo a tamaña potencialidad. Como dicho, es la evidencia de la necesidad de vivir en un estado de sensibilidad la que nos hace ver lo esencial de desarrollar una Educación en y para el amor. Pero es necesario preguntarnos: ¿Declamamos esto, lo sabemos intelectualmente o lo sentimos en profundidad? Porque si lo sentimos, si captamos su real dimensión, su conmovedora potencialidad, siento que se torna una necesidad imperiosa. Ella es una tarea tan hermosa, tan relevante que empequeñece totalmente las dificultades que entraña. Por ello es por lo que no puedo dejar de asumirla como un compromiso ineludible.

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V. ALGUNAS NOTAS DE VIAJE: V. 1. UNA EDUCACIÓN PARA LA TRASCENDENCIA (APOLOGÍA DE LA NATURALEZA HUMANA). En todas las épocas y en los más diversos lugares del mundo (tanto en lo geográfico como en lo sociocultural) aparecen seres humanos que se distinguen de los demás y que, sin buscarlo deliberadamente, son objeto de una generalizada admiración, respeto y ternura. Por lo general, éstos son individuos con una gran capacidad de amar, de una gran humildad, libertad y amplitud. Son seres que suelen estar dotados de una enorme transparencia, espontaneidad, pureza, inocencia y ternura. Ellos exhalan una atmósfera de paz y de belleza a su paso pues aman incondicionalmente y sin esfuerzo (algo que no resulta fácil de comprender para las demás personas). Y es inmediatamente evidente que para ellos amar es tan natural, espontáneo, vital e involuntario como respirar. Ellos viven el amor, no lo postulan. Así, se sienten efectivamente parte del mundo, reconociendo solidariamente a los demás y a la Naturaleza como parte propia, como Hermanos. De tal manera, la trascendencia no es una teoría para ellos, sino que trascienden naturalmente lo que los demás denominan "su" individualidad y "su" tiempo. Para los distintos factores educadores de la sociedad (religiones, corrientes filosóficas, políticas, etc.) estos individuos representan un arquetipo (más allá de las externas diferencias que imponen los distintos tintes ideológicos), no siempre buscado, pero si respetado. Y muchas organizaciones dogmáticas parecen encontrar su misión práctica (pedagógica) en "fabricar" individuos con tales características o, al menos, hacer que la gente intente, dentro de sus posibilidades, emularlos o seguirlos. Para ello, los dogmas caracterizan la personalidad y los actos de tales arquetipos paradigmáticos (caracterizan su sintomatología) y construyen una legislación, sientan las bases de una disciplina. Sin embargo, contrariando tanto a este proceder como a la creencia popular, estos seres tan particulares parecen desarrollarse sin someterse a una disciplina o, más bien, a pesar de ella. Además, como es de esperarse, no es por la cuidadosa observación de ciertas reglas que las personas se "convertirán" en individuos de tales características. La regla no puede suplir a las espontáneas motivaciones de fondo que poseen estos seres. Por ello, las variantes dogmáticas generan casi universalmente frustración y resentimiento (en aquellos que no sienten lo que hacen, debiendo siempre intentar con muy variado éxito reprimir y

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contrariar sus impulsos) e hipocresía (en aquellos que optan por fingir que hacen o que sienten lo "debido"). Ante ello, quizá resulte en general mucho más sano vivir de acuerdo a lo que se siente, aunque ello no se compadezca totalmente con conductas "buenas" o "aceptables", que intentar a la fuerza vivir de acuerdo a lo que "se debe". Si bien es cierto que los dogmas suelen cumplir una importante misión como factores socializantes y como red de contención social, los mismos no deben cerrar caminos fuera de ellos. Y el fundamental y gravísimo error que suelen cometer los dogmas es no ser (real y efectivamente) evolutivos. El dogma sólo se redime al permitir, es más, al potenciar, su propia prescindencia, su trascendencia. Si, en vez de intentar en vano fabricar santos, les permite que surjan y se desarrollen, pues ellos genuinamente logran trascenderlo. Es cierto también que existen diversas variantes dogmáticas. De todos modos, a grandes rasgos se pueden identificar dos posturas ante ellas: Existen personas que viven los dogmas externamente, que intentan actuar ajustándose a lo que el dogma sentencia, siguiéndolo como a un manual de vida. Por otro lado, hay otros individuos que logran internalizar el dogma, que lo creen, lo aceptan, lo sienten, lo adoptan y se guían por él. Sin embargo, ambas posturas desnudan graves problemas de fondo. En principio, la misma imposición externa o internalizada de una disciplina constituye en sí un acto de violencia. Además, todo aquello que tiene que ser continuamente forzado dado que no surge de manera genuina y espontánea es origen de conflicto. Adicionalmente, las posturas dogmáticas se cierran sobre sí mismas, privilegian el estatismo a la evolución y, fundamentalmente, implican una carencia de libertad. Y es precisamente el hecho de vivir en una mayor libertad lo que diferencia a los Hombres a que hicimos mención al principio. Sus actos se compadecen en general con lo que prescribe el dogma, pero no se encuentran dictados por él. Los demás, desde fuera, creen ver en ellos a eficientes seguidores del dogma, pero ellos no se encuentran subordinados a él ni lo utilizan como guía. Ellos viven de lo que sienten, de lo que descubren, de lo que surge en libertad. Viven el Amor, el Bien y la Belleza. No corren tras los conceptos. En tal sentido, un aspecto fundamental que tienen en común los distintos santos* es una gran capacidad para captar al mundo, una gran sensibilidad. El santo encuentra en el amor a la forma natural de vincularse con el mundo. Él sabe de la necesidad del desarrollo de una gran humildad para poder comulgar con lo inconmensurable. Y vive aprendiendo, pues siente a la vida como un continuo aprendizaje en donde todo (incluso lo familiar y conocido) es nuevo y redescubrible, y donde lo importante es, precisamente, el contacto. Sus actos poseen belleza, pero él no sigue ni dicta reglas, sino que actúa en inocencia. Pues las reglas y los prejuicios no son inocentes. Y es en la inocencia que podemos ser tan vulnerables y abiertos como para que el amor nos tome. La inocencia es la transparencia que necesita el conocimiento para evidenciarse, mientras que los prejuicios no son sino oscuros cristales, artificiales filtros. Pues se requiere gran inocencia y frescura para ver sin buscar. Se requiere de una gran libertad y desnudez para descubrir. Y el amor se alimenta del conocimiento. Por ello, resulta fundamental vivir en la sensibilidad, en la atención, en contacto. Es a partir de la Humildad que se puede descubrir el verdadero valor de la Libertad, perdiéndole el ancestral miedo que se le tiene. Es a partir de la Humildad que se revela la belleza de vivir en la carencia de seguridades. Sin embargo, los dogmas prefieren a las "seguridades". E implícitamente, subestiman al Bien y la Belleza. Pareciera que debemos cuidarnos muy bien de lo espontáneo, de lo genuino. Pareciera que la Libertad es demasiado peligrosa. Sin embargo,

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es en estos individuos que llamamos santos en quienes se da la mayor libertad, la mayor sensibilidad, la mayor espontaneidad. Y en ellos surgen con naturalidad esos mismos valores que los dogmas intentan erigir a martillazos. No reparamos en que lo verdaderamente importante es permitirles que afloren. Es que, en general, estamos demasiado ocupados persiguiendo a tientas "lo que debemos", como para darle la posibilidad de que surja, de que nos nazca. Creemos más importante aprendernos un limitado y gris manual de vida que educarnos en la libertad**, que desarrollar una sensibilidad (apertura y atención) tal que el bien y la belleza se nos manifiesten. Ya podríamos dejarnos de atribuir nuestros fracasos a las imperfecciones en las reglas o en su "aprendizaje" (de poner el acento en los condicionamientos), y animarnos a concebir una educación que, cuidándose de la tentación de introducir condicionamientos, ayude a aprender a ver. Ya es hora de desarrollar una educación que permita florecer a lo genuino, a lo espontáneo. Después de todo, quizá la Naturaleza Humana no sea tan perversa como para enjaularla (quizá encontremos, incluso, que los juicios de valor carecen de sentido). Como dicho, los dogmas pueden cumplir una función social importante, pero en tanto no se cierren sobre sí mismos, sino que ayuden a promover su prescindencia, su trascendencia. En tal sentido, constituye un necesario ejercicio de la humildad abstenerse de menospreciar a las personas dándoles un manual de vida. En este contexto, la bella alternativa que se nos presenta consiste en intentar construir una Educación en libertad y amplitud que nos permita evolucionar como seres humanos. Una educación que apueste a la sensibilidad. Una educación realmente fundada en el amor. En fin, una educación intrínsecamente comprometida con la trascendencia. *Este término se emplea desprovisto de connotaciones ideológicas, filosóficas o religiosas particulares. En realidad, sólo constituye una figura genérica para indicar seres humanos (de carne y hueso, con sus virtudes y defectos) más evolucionados, que encuentran un significado más profundo a su existencia. Una imagen que se me viene a la mente es la de San Francisco de Asís, pero la figura que utilizo es totalmente genérica. Y algo de ello vive tanto en nosotros como en quienes nos rodean, aún cuando no solemos percatarnos de ello. ** La libertad es muy fácil de confundir con impostores, algunos muy sutiles. No se es libre en la ignorancia, pues esta representa un condicionamiento. No es libre quien, aunque en lo externo pueda manejar su capacidad de optar, vive preso de condicionamientos internos. La libertad crece y se alimenta en el conocimiento y en la sabiduría. Además, ella constituye un estado que suele presentarse cuando cesamos de perseguirlo. Y, si bien la libertad completa es una utopía, el proceso de liberación está íntimamente vinculado al progreso evolutivo.

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V. 2. GLOBALIZACION: REALIDAD, MITO Y DESAFIO La ciencia y quien se ha convertido en su hija dilecta, la tecnología, nos dan continuas muestras de su éxito en el plano operativo ofreciéndonos una multiplicidad de potenciales soluciones a problemas básicos. Su impresionante avance ha transformado al mundo y nos ha brindado herramientas poderosísimas. Y como consecuencia de esto, el poder ha comenzado a mudar hacia formas menos tangibles. En tal sentido, las comunicaciones y el acceso a la información resultan hoy primordiales en un mundo que, a primera vista, pareciera haberse comprimido y tornado más interdependiente. Adicionalmente, estas transformaciones que está sufriendo la humanidad (las cuales están ocurriendo a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera le dan tiempo a asimilarlas) han promovido cambios al nivel del paradigma y han impuesto nuevos y originales elementos de culto que trascienden el contexto operativo hacia el filosófico. En tal sentido, la "globalización" es la vedette del momento. Conceptualmente, la globalización ha llamado nuestra atención en algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, nos ha brindado la conciencia de que el más mínimo acontecimiento acaecido en cualquier lugar determinado del planeta puede afectar a lo que ocurre en sus antípodas, poniendo así en evidencia el hecho de que vivimos en un mundo (en un universo) interrelacionado. Por otro lado, ha relativizado, aunque no más allá del punto de vista operativo, el concepto de distancia: Hoy casi todos somos vecinos en un mundo globalizado. Entendida en este sentido, la globalización constituye un hecho incontrastable. Y, como dicho, una herramienta con enorme potencial. Empero, existen ciertos utópicos de la globalización (paradójicamente justo hoy que se proclama con orgullo y a viva voz el fin de las utopías) que van mucho más allá y pretenden entender por ella, en sí misma y por sí sola, a una interrelación que pone en contacto y vincula al planeta para convertirlo en un mundo más justo (equiparando oportunidades al universalizar las herramientas, al democratizarlas, al ponerlas al alcance de -casi- todos) o, por lo menos, más digno. Que ayuda, al menos operativamente, al desarrollo de la solidaridad al acercarnos unos a otros y vincularnos como nunca ha ocurrido en nuestra historia. Sin embargo, hoy por hoy lo más probable parece ser que la globalización (puesta al servicio del mantenimiento del poder), profundice las ya tremendas desigualdades que caracterizan a nuestro mundo. Es que las herramientas, por más poderosas que sean, no poseen signo en sí mismas; lo adoptan de los fines a los que sirven. En tal sentido, no es en sí digno de gran mérito ni elogio el hecho de haber desarrollado y de poder contar con herramientas sofisticadas, de enorme potencial. Lo realmente relevante es utilizarlas en pos del bien común, de la humanidad.

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No es tampoco cierto que la globalización nos confiera un cierto poder de policía a modo de reaseguro o garantía: Algo así como que “nada ni nadie escapa al ojo de la humanidad en un mundo globalizado”. Que constituya un elemento destinado a dotar de transparencia a las relaciones entre los hombres. Es obvio que la información, a diferencia del conocimiento, es no sólo parcial sino manipulable. Y aunque no fuese así (siempre en el caso de que tal poder de control fuera realmente deseable), el "ojo de la humanidad" no parece ser más que de vidrio. Pues no importan el largavistas o la lupa cuando no sabemos mirar, cuando se nos enseña y direcciona a mirar de una manera determinada. Lo verdaderamente importante es aprender a mirar, a ver. Pues no hay peor ciego que aquél que vive deslumbrado por vanos resplandores, así como no hay peor ignorante que el que cree que sabe, ni esclavo más servil que el que se cree libre*.

Lamentablemente, la globalización, tal como se la entiende hoy día, se manifiesta en realidad como una tendencia a uniformar, a masificar groseramente (a universalizar las miserias y no las virtudes de los hombres), y su secuela no puede ser otra que la instauración universal del reduccionismo** y la profundización de su imperio. Ello es debido a que ya a nivel operativo esta concepción de la globalización resulta ser un espejismo, una falacia. No es cierto que el actual bombardeo de información nos provea de una consciencia global, ni que nos acerque a las realidades de los demás y nos vincule efectivamente con ellos. Pues, bajo una vestimenta aparentemente democrática, la hiperabundante información relevante a algunos encubre casi por completo a la exigua información sobre las realidades de otros (de la mayoría). Y de tal manera, el clamor (y el grito desgarrador) de lo básico y de lo marginal, se ve ahogado en el mar de la inmediatez, de la cotidianeidad, de la banalidad, de igual modo en que lo profundo y trascendente se ve casi por completo diluido en lo superficial. Pues, cuando de continuo se nos acostumbra a transitar exclusivamente por lo coyuntural, distrayendo nuestra atención de lo profundo y relevante, impidiendo que nos detengamos en lo trascendente, perdemos de vista la dimensión más rica de nuestra existencia. Y este tremendo ejercicio reduccionista, repetido hasta el hartazgo al punto de terminar por hacerse carne en nosotros, no sólo nos empobrece espiritualmente y nos priva de posibilidades de evolucionar, sino que también tergiversa nuestra percepción de la realidad cotidiana y sólo nos permite vincularnos con los demás de un modo sumamente parcial y selectivo. Así es como, por ejemplo, para el común de los hombres resultan infinitamente más cercanos y cotidianos los detalles del veraneo del jet-set local o internacional que el conocimiento del sentir de un hambriento africano, de un monje tibetano, de un educador europeo, de un filósofo norteamericano, de un poeta sudamericano o del vecino de al lado. ¡Es que parece haber tanto invisible hoy en día!*** Ya hemos asistido al derrumbe inexorable, patético y desgarrador de muchas utopías. Estas, por más distintas y contrapuestas que fueran, han desnudado su talón de Aquiles, a modo de común denominador, en el hecho de sucumbir al reduccionismo (o casi siempre nacer de él), el cual las ha tornado dogmáticas y sistemáticas. En particular, los utópicos de la globalización de hoy (si sinceros, si ingenuos) le recuerdan a uno a los escritores utópicos de los albores de la revolución industrial que creían que la ciencia y la técnica resolverían por sí solas los problemas del hombre. Lamentablemente como aquéllos, estos utópicos de hoy serán igualmente burlados, igualmente defraudados. Ya es triste comprobar que la famosa "Aldea Global" no constituye hoy más que un impresionante número de "Cavernas Tecnológicas conectadas en red", en medio de vastas islas de marginalidad. Pues hemos proclamado la aldea global en un mundo de huérfanos, de desarraigados, de seres fragmentarios que no se sienten parte de nada, que no viven en

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un contacto profundo sino en un aislamiento egoísta. Y la proximidad y la vecindad sólo nos amontonan. No alcanzan para hermanarnos. Por otra parte, ello era completamente esperable, puesto que la utopía de la globalización que, como hemos visto, ya no es cierta a nivel operativo, mucho menos lo es a nivel profundo. Pues los hombres de hoy no poseemos un enfoque global, no tenemos una actitud globalizante, una visión profunda, de largo alcance. Lo que hoy entendemos por globalización no es más que otro producto del reduccionismo que degrada a los valores suplantándolos por burdos impostores. Pues nuestra "cultura del videoclip" privilegia el acceso a la información, a la que eleva al rango de valor, reemplazando al conocimiento. Privilegia a la velocidad, cuando el conocimiento requiere de tiempo, de reflexión. Y la información no sirve de mucho sin valores genuinos, sin fines. Es sólo un instrumento. El conocimiento, en cambio, es mucho más que manejar representaciones de las cosas. Consiste en entrar en contacto en profundidad, en sentir, en ser parte. El conocimiento es íntimo, profundo. Implica una verdadera comunicación que no se agota en la pobre idea operativa de comunicación que manejamos hoy. La globalidad no consiste sólo en rozar la periferia sino en penetrar a lo profundo. No es cuestión de distancias, sino que consiste en la verdadera relativización de la distancia, no sólo desde el punto de vista físico u operativo. No sirve de mucho que tengamos información sobre lo que ocurre en nuestras antípodas cuando no somos capaces de llegar sino a la cáscara de lo que tenemos al lado pues sólo logramos estar en contacto con reducciones. No sirve de mucho tener la capacidad de contactar en un instante a alguien situado del otro lado del globo cuando no logramos entrar en contacto profundo con nuestro vecino. Cuando no somos capaces de vincularnos con nuestra esencia, con nuestra propia interioridad. Cuando nosotros mismos somos nuestros principales desconocidos. La verdadera globalización se instalará entre nosotros cuando no haya lugar para la indiferencia y la apatía. Cuando seamos capaces de trascender nuestra egoísta existencia y nos sintamos parte (cuando seamos parte, cuando los fragmentos se fundan con naturalidad). Cuando vivamos genuinamente comunicados, en contacto. En fin, cuando, en la humildad, la libertad y la sensibilidad, nos convirtamos en amantes. Pues el amante, quien no conoce de apatía ni de indiferencia, vive una genuina globalización, logra la culminación de la solidaridad, trascendiendo los límites artificiales de la subjetividad, descubriendo la existencia de una esencia común con el amado. Para ello se requiere de una educación que se desembarace del reduccionismo, del dogmatismo. De una educación en libertad que nos permita desarrollar un enfoque global, profundo, totalizador. Que nos permita descubrir lo absurdo de las barreras, de las distancias. Que nos permita trascender. El mito de la globalización que proclaman los "utópicos" de turno sólo puede lograr amontonarnos. Pero no unirnos. Está en nosotros soñar una bella utopía que represente una verdadera alternativa. Y coherente con ello, instalar el desafío de la edificación de una genuina y profunda globalización. * No es mi intención versar sobre cuestiones sociopolíticas o económicas, sino que más bien aspiro, dentro de mis muy humildes posibilidades, a asomarme a la concepción (para mi más importante y abarcadora) de la globalización como idea (filosófica) y, muy fundamentalmente, a intentar bucear un poco en su significación más profunda.

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** Por reduccionismo entendemos aquí, como ya señalado, a la actitud ante el mundo (transplantada desde el plano operativo al filosófico) que opera reemplazando a las cosas por reducciones, traducciones o representaciones, olvidando su belleza y su riqueza. Es obvio que necesitamos reducir para manejarnos operativamente con eficiencia en nuestra vida cotidiana. Pero su (innecesaria) extrapolación a todos nuestros actos nos condena a la apatía, al desinterés por el mundo, a una ceguera que nos acota en lo evolutivo, que nos priva de aprovechar las innumerables oportunidades de crecimiento evolutivo que el mundo nos ofrece a diario. Por otra parte, como visto, existe una actitud genuinamente alternativa. La misma se origina espontáneamente en la revolucionaria experiencia del reconocimiento de la inconmensurabilidad que habita en todo, de la inmensa riqueza del mundo, y nos compromete a vivir en un contacto pleno, profundo e incondicional con él. Pues ante lo inconmensurable, la humildad, la libertad y la sensibilidad se tornan imprescindibles, irremediables. Dicha postrura nos invita a desarrollar el fundamental arte de ver y a permitir que aflore en nosotros nuestra inconmensurable esencia, nuestra naturaleza. Ella nos sugiere que nos sintamos parte del mundo, que lo sintamos hervir en la sangre. Que nos relacionemos con él en la trascendencia, viviendo comunicados, en comunión y no en un aislamiento egoísta. Que nos sintamos parte de las flores, de los pájaros, de cada una de las personas que a diario ignoramos en las calles. En fin, nos reclama que nos permitamos reconocernos como hermanos. Que transitemos por la vida con verdadero sentido de compromiso. En la condición de amantes. *** Es increíble el punto a que se ha llegado en este aspecto, induciendo el triunfo de un perverso sistema establecido sobre la base de un comportamiento sociológico notable. Hoy día los medios masivos de comunicación (TV, internet, etc.) a partir de su enorme poder de seducción, resultan imbatibles al nivel reduccionista, gozando de un poder casi incontrastable. Y han reemplazado a la realidad por otra virtual en la cual los problemas superficiales de una minoría desahogada cubre casi por completo a los graves problemas realmente importantes que sufre la mayoría de la población. Y estos marginados del festín mediático reduccionista son, a su vez, los principales sostenedores de aquellos que ocupan los medios (consumiendo como ávidos espectadores las frivolidades que los medios les ofrecen, viviendo vidas ajenas y virtuales). Ellos mismos, los desplazados, sustentan como espectadores, como consumidores, a este sistema. Ellos mismos promueven el hecho de que se ignore sus realidades básicas, de que sus graves problemas se vean privados de ocupar el centro de la escena, el centro de atención de la sociedad.

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V. 3. HECHO ARTISTICO, HECHO EDUCATIVO La aproximación a una obra artística requiere de la sensibilidad, entendida como un estar atento y abierto al descubrimiento. Pero también necesita de libertad, para poder contemplar desde la desnudez. Pues, aparece como necesario suspender al principio el análisis, prescindir al instante de la captación de prejuicios y esperanzas. Siento que el abordaje profundo de una obra artística consiste en dejarse inundar por ella. La belleza, la armonía, la universalidad (la que a veces se esconde en los lugares o las situaciones más puntuales) se contemplan, se sienten, no se miden. Una obra nos trae lo desconocido a nuestra orilla. O, mejor dicho, nos arroja a nosotros al mar de lo desconocido. Nos permite vislumbrar la inconmensurabilidad del mundo, nos permite vivenciar su inagotable riqueza. Y en toda obra vive su autor. Siempre se cuelan en ella retazos del mismo, ya sea en forma intencionada o clandestina. Pero el autor mismo no es capaz de interpretar en forma completa a su obra. Tampoco es posible imaginar sus alcances. Pues, si bien existen cosas que no pueden transferirse, resulta impensable todo lo que una obra puede promover. Por ejemplo, si bien el autor nunca será capaz de transferir un sentimiento, lo importante es lo que puede promover en el receptor: a partir de evocaciones que genere y de lo que le puede ayudar a sentir y experimentar (ayudándolo a "situarse a las puertas del descubrimiento"). En tal sentido, resulta hermoso captar la belleza intrínseca de una obra artística, permitiendo que conmueva a nuestros sentidos. Permitiendo que lo que tiene de irreductible nos acaricie el alma para que, convertidos gracias a su influjo en una cuerda exquisitamente tensa y afinada (en virtud del estado de humildad, libertad y sensibilidad alcanzados al convertirnos en amante), dicha caricia nos arranque notas tan bellas como inéditas. Como en todo contacto con lo inconmensurable que existe en nosotros mismos, en nuestro prójimo, en la naturaleza, en el mundo. En una obra podemos encontrar al autor, entrando en una comunión con él, descubriendo sus emociones, sus pasiones, sus sentimientos. Podemos ser conscientes de que dicha obra puede representar mucho para muchos otros receptores que hayan vibrado con ella, que también hayan sido (y, por ende, son) partícipes de ella y para muchos otros que lo serán. Podemos emocionarnos con el acto de amor que testimonia, con la evidencia de que la naturaleza humana es capaz de generar belleza, con la universalidad del espíritu humano y con su potencialidad. En tal sentido, un hecho importantísimo es que a una obra se la vive, se la experimenta. Ello relativiza totalmente los rígidos conceptos de autor y/o intérprete y receptor. Si la obra llega al alma de los "receptores", si éstos se identifican con ella, la misma se continúa en ellos. Ninguna obra es propiedad exclusiva de su autor. Ya de por sí,

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no es él sólo quien la realiza, de acuerdo con cierta idea amplia de humanidad. Además, una obra nunca debe considerarse acabada, pues sólo se va completando en los receptores, de igual manera en que cada hombre se va completando en los demás. Por ello, una obra artística nunca muere: vive, se recrea, se alimenta y crece continuamente, se difunde (entendido esto último en forma profundamente más amplia que la tan utilizada acepción del término como sinónimo de hacerse conocida). Y, habiendo relativizado la rigurosidad de los conceptos autor-obra-receptor, habiendo removido esos límites artificiales, a la obra artística se la identifica con la trascendencia y la evolución. Siempre pensé que en un escrito (lo que se extiende a toda manifestación artística o humana en general) la página de las conclusiones debe consistir en una hoja en blanco como símbolo de esa necesidad y compromiso con la evolución. De lo anterior se desprende que el abordaje de una obra artística depende de la actitud que tengamos ante ella. Es fundamental ser consciente de su inconmensurabilidad, de que posee una amplitud enorme. Ni siquiera dos vivencias de la "misma" obra por un "mismo" receptor son idénticas. Por ello es que constituye un requisito fundamental la amplitud, la conciencia de que la obra es mucho más rica que las modestas aproximaciones que realizamos a la misma. Con una actitud de búsqueda, prejuiciosa, es muy difícil descubrir, pues el instante de la captación, del descubrimiento, requiere libertad y prescindencia de intencionalidad, requiere de espontaneidad y desnudez. Y esto, evidentemente, no se restringe al hecho artístico, sino que es extensible a todo hecho vital que es así educativo. Me pareció interesante volver a abordar el tema de la captación, del descubrimiento, a partir del arte, pues él es un medio con el cual muchas personas experimentan sensaciones profundas y, a partir de evocaciones que pudiera haber fomentado en los lectores, ayudar en la alusión de la postura ante el mundo genuinamente alternativa al reduccionismo, de la condición de amante. Pues diariamente y a cada instante tenemos frente nuestro a personas, hechos de la vida, a la naturaleza, en fin, infinitud de situaciones vivenciales en las que, por lo general, operamos en forma ligera y superficial. Vivimos construyendo complejos mundos con las imágenes que nos formamos de todo ello (con las etiquetas) y los identificamos y confundimos con ellas (infinitamente más pobres y sólo útiles a nivel operativo) produciendo fríos marcos de referencia que nos seducen con "seguridades" ¡A qué precio tan pobre sacrificamos tanta belleza, tanta potencialidad!. ¿Por qué la actitud que en ciertas ocasiones (con mayor o menor grado de profundidad) tenemos frente al arte, no utilizarla ante los seres humanos, ante la naturaleza, ante la vida? ¡Cuánto más descubriríamos y captaríamos si nos dedicáramos a sentirlos! Y ya vimos que el desarrollo de esta forma de aproximación a la realidad, el desarrollo de la sensibilidad, de la capacidad de descubrir y crecer es la tarea de la educación. Aquí radica la importancia fundamental de la misma que se manifiesta como la herramienta evolutiva por antonomasia, como la única capaz de operar en profundidad.

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V. 4. EDUCACIÓN Y PRESCINDENCIA: HACIA UNA EDUCACIÓN DINÁMICA, INTRÍNSECAMENTE EVOLUTIVA Hay veces en que se escribe con el fin de enunciar ciertas ideas filosóficas carentes de pretensiones de vincularse con lo operativo. Evidentemente, este no es el caso. Aquí las ideas se materializan en escrito manifestando explícitamente la necesidad de encarnadura. Pues es en la conciencia de que el acto educativo es tanto el hecho mismo del descubrimiento en libertad como la herramienta que hace factible que se dé, que lo favorece y potencia, que se nos evidencia la misión principalísima que le cabe a la Educación como posibilitadora de transformaciones fundamentales. Y ante ello, uno no puede quedarse inmóvil. En el terreno filosófico y educativo uno se encuentra con muchos avances y experiencias profundas vinculadas a la educación, pero que no pudieron superar a la dogmatización. Pues dichas experiencias en principio enraizadas en la libertad y en la sensibilidad suelen acabar atentando contra ellas al ser implementadas. Puesto que, al olvidar la importancia medular que posee la implementación (en una falta de compromiso con ella), sucumben a la tentación de recurrir a la práctica de la transferencia, a la dogmatización y a la sistematización. Y en tal contexto, la vivencia profunda que persiguen no resulta capaz de sobrevivir al sistema que la traduce y empobrece. Que la mata, pues dentro del sistema ella no tiene lugar (no es reductible a ese espacio pues, por inconmensurable, su traducción no puede pretender ser ella misma). Es por ello que, en general, encontramos que las distintas ideas educativas si no parten ya del dogmatismo, más tarde o más temprano terminan por rendirse a él tornándose sistemáticas, guiando y direccionando. Y ninguna teoría o filosofía es acabada ni dueña de certezas, sino precaria y provisoria, en virtud de la inconmensurabilidad del mundo. ¿Cómo pretender entonces dictar caminos, direccionar en forma excluyente? ¿Es que no vemos que no hay peor mutilación que cortarnos las alas? El hecho de direccionar, de no permitir caminos alternativos, de suplantar a lo inconmensurable por grises caricaturas que transferimos a los demás cual si fueran realmente aquello que reemplazan, encierra un costo evolutivo altísimo. Sin embargo, nuestra educación tradicional se cimienta precisamente en la transferencia, en guiar y condicionar, en proveer "verdades" prefabricadas, en sustituir a las cosas por impostoras reducciones, en desalentar nuestro mirar en pos del consumo de predigeridas e insípidas visiones del mundo. En tal sentido, resulta un espectáculo dolorosamente triste observar como el Hombre, temeroso de sentarse al maravilloso

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banquete del descubrimiento, de la vivencia, se conforma con consumir los degradados esqueletos (regurgitados despojos) de lo intransferible. Además, el costo evolutivo de tal accionar es más grave aún si tenemos en cuenta que dicha acción educativa tiende a realimentarse y a guiar a los pretendidos cambios educativos posteriores. En este aspecto, uno de los problemas más graves en Educación lo ha constituido la tendencia al estatismo. Pues los esquemas educativos basados en el concepto de transferencia adolecen de una falta de dinamismo, elemento vital y fundamento de la evolución. Por el contrario, una educación como la que se ha intentado pintar, una educación con sentido de trascendencia, es evolutiva por naturaleza. El enorme desafío que se nos plantea consiste en construir una educación que abrigue en su alma el germen de la evolución, que sea tan vital como para no permanecer cautiva de esquemas inmovilizantes, que vaya revolucionándose, desarrollándose, creciendo a cada paso. Una educación que prescinda de la necesidad de estar atada a una teoría educativa a la espera de otra nueva teoría "revolucionaria", también condenada a muerte ya en su nacimiento, corriendo siempre desde atrás, moviéndose de esquema en esquema. En este punto creo que resulta sumamente interesante detenerse un instante en la importancia de la prescindencia. Pues la educación, tanto en sentido amplio como en sentido operativo (es decir, tanto el acto de descubrimiento como la educación formal), está muy ligada a ella. En sentido amplio, en el acto educativo, en el hecho del descubrimiento del mundo, en la captación profunda y global, se prescinde del camino recorrido, se ejercita la libertad. Pues la desnudez, la prescindencia de prejuicios y condicionamientos, resulta fundamental para descubrir. En este aspecto, el conocimiento de la intrínseca limitación de toda construcción que realicemos de la realidad, de nuestra capacidad de abordarla y de los destilados o traducciones de los abordajes que realicemos, nos habla de la importancia de la apertura, de la humildad, de la frescura. Ello no implica sacrificar lo que tenemos sino potenciarlo, vivirlo sin someternos. Pues, para la captación profunda, todos los elementos son importantísimos, entre ellos las vivencias anteriores, las emociones y las teorías. Pero al momento de la captación debemos prescindir de ellos (desprendernos), lo que no quiere decir negarlos ni rechazar lo que nos brindan. Ellos mismos son incluso parte del universo a descubrir en tanto no objetiven ni traduzcan. Así, todos los elementos son importantes en tanto no guíen. Ellos están, son parte de un Todo más profundo. Se constituyen en un problema cuando tienden a tornarse excluyentes. Si no, simplemente son parte enriquecedora de la realidad a abordar. Y, cuando uno va adquiriendo consciencia de cuánto nos ofrece la realidad para descubrir, de su amplitud y riqueza inconmensurables, va mutando su actitud frente a ella. Ello le muestra la inoperancia de la búsqueda, pues en la misma hay prejuicio. En ella está implícito lo que se encuentra, puesto que la pregunta ya lleva la respuesta en sí, la contiene. Así comprende que la manera de abordar la realidad profundamente es dejándose inundar por ella (¡ella no es una presa, permitámosle evidenciársenos!). Sólo así se adquiere conciencia de la pobreza y limitación de los pasos que se van dando (ejercitando la humildad y previniendo la tentación de dogmatizarlos y de que actúen como guía) y puede utilizarse ello operativamente en lo cotidiano sin que interfiera con posteriores descubrimientos que requieren de espontaneidad, de desnudez, de vacío, para ser nuevos y libres. Es el hecho mismo del descubrimiento amplio, vivenciado, lo que nos hace evolucionar. Por ello, esta actitud ante el mundo es de una vitalidad tremenda y, al no imponer restricciones ni prejuicios, constituye el mejor remedio al

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inmovilismo, transformando a la Educación en una herramienta que se revoluciona, se recrea y enriquece; en fin, evoluciona con su propio ejercicio. A su vez, en lo que respecta al aspecto operativo de la educación (a la educación formal), la idea educativa debe operar para hacerse prescindible (en realidad, para permitir que pueda serlo, pues la prescindencia es espontánea, libre). Pues, la educación entendida como instrumento operativo debe propiciar la acción educativa en sentido amplio en cada uno de los actos educativos. Es decir, la educación formal, como herramienta, debe permitir y alentar el desarrollo de la forma de relación con el mundo en libertad, humildad y sensibilidad a que hemos aludido. Y, de tal manera, tornarse prescindible para el educando a medida que el mismo va aprendiendo a vivir en la libertad, en el amor. En tal sentido, la misión de la educación formal consiste simplemente en permitir, fomentar y potenciar el crecimiento en libertad. Pues, una vez que la persona siente la consciencia de la inconmensurable riqueza del mundo, una vez que desarrolla una visión de largo alcance comprometida con la evolución, la tarea de la educación formal está cumplida. Y la persona prescinde naturalmente de ella pues los estímulos para seguir creciendo están en todos lados. Una vez que hemos abierto los ojos y comenzado a aprender a mirar, la realidad, con sus infinitos matices, nos invita a cada instante al banquete del descubrimiento, ayudándonos a crecer en el desarrollo del arte de ver. Y entonces, la vida se convierte en una aventura evolutiva. Por otra parte, el desarrollo de una educación formal en el espíritu aludido resulta hoy sumamente necesario como elemento posibilitante de la transformación del Hombre, pues sobrados son los caminos sistemáticos, doctrinarios y dogmáticos que la sociedad le ofrece a la persona a partir de sus diversos agentes educativos. Ahora bien, esto no significa que la escuela deba "nadar contra la corriente" de la sociedad. De esta última necesita tomar elementos y la misma es parte de esa rica realidad a abordar. Además, "nadar contra la corriente" implica intencionalidad. Y la intencionalidad, cualquiera sea su sentido, es peligrosa. Sólo debemos limitarnos a permitir que en la persona aflore lo que ya está en ella, pero sin deseos ni miedos (el descubrir nos enfrenta con lo desconocido, con "lo que es", lo cual no admite juicios ni podemos abordar completamente). Además, frecuentemente uno siente la existencia de una corriente pero, paradójicamente, dicho fluir se manifiesta en la ausencia de direccionalidad. El fluir mismo es lo importante. Y en él, se torna superfluo el concepto de dirección. Es la falta de compromiso con lo operativo lo que muchas veces hace que ideas que en principio entroncan en la libertad humana, terminen por caer en la variante dogmática al ser aplicadas. Siento que, para no cometer dicho error, la tarea de la pedagogía es la de abordar a la persona integral y armónicamente a partir de todos los ámbitos educativos para favorecer el hecho espontáneo del descubrimiento en libertad, prescindiendo de prejuicios. En tal sentido, resultan fundamentales la amplitud, la humildad y la apertura. De allí la necesidad de ejercitar desde el principio la apertura y la sensibilidad (que es la capacidad de descubrir, de captar), de sorprender mostrando que la realidad es muy rica y no enmarcable en los cuadriculados habituales. A cada instante nos encontramos ante un mundo inconmensurable que, de las más disímiles y numerosas maneras, golpea continuamente las puertas de nuestra atención. No cerremos previamente puertas para direccionarla hacia alguna en particular (o, muy frecuentemente, para serle indiferente). En definitiva, la finalidad de la educación como instrumento operativo consiste en tornarse prescindible (como lo es en el instante del descubrimiento) para no volverse dogmática. Pues, si la educación como instrumento operativo no promueve su propia

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prescindencia, no constituirá más que un nuevo grillete, más o menos refinado, que aprisione nuestra potencialidad. Una idea educativa, como idea, puede constituir un puente importantísimo para impulsar transformaciones, pero éstas sólo serán profundas si la idea es capaz de trascender al dogma. Y ello sólo puede lograrlo si consigue volverse prescindible. Si, en un acto de coherencia con la forma de relación con el mundo a que hemos aludido, mantiene intactas la frescura y la humildad. Si logra volverse tan dinámica y abierta como para renovarse y revolucionarse a cada paso. Si genuina e intrínsecamente resulta capaz de albergar en su espíritu a la semilla de la evolución.

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V. 5. DE RÍOS Y DESIERTOS

Propongamos el siguiente ejercicio: Imaginemos parte de nuestra rutina, como por ejemplo, nuestro diario viaje al trabajo (o a cualquier otra parte). Imaginemos despedirnos de nuestra familia, saludar a los vecinos y encontrarnos con la gente en el camino. Puede ser un atiborrado subterráneo o autobús, o una viscosa caminata por calles llenas de sujetos apurados, mayormente grises, que corren tras la rutina con una urgencia que le resultaría envidiable a sus sueños e ilusiones. De todos modos, no voy a incitar a concentrarnos en los apretujones y descortesías de hombres, mujeres y niños, en egoísmos abriéndose camino en un mar de soledades. Imaginemos lo que nos parezca. O, más bien, recordemos como lo vivimos a diario.

Un ejercicio equivalente (permítaseme el abuso) consiste en imaginar por un instante un paisaje desértico. Y emprender la travesía de cruzarlo. ¿Qué paisaje vemos? ¿Es la fatigosa arena, guardiana del peso de los siglos?, ¿o el polvo que nubla las visiones?, ¿o el sol agobiante?, ¿o el viento?, ¿o el cielo diáfano, pintado de colores novedosos y brillantes? ¿Es hostilidad, temor, belleza, paz, soledad...? Si se me permite, existen algunas posibilidades para dicha travesía. Una es que lo crucemos como lo hace una ruta o carretera. La carretera une extremos pero separa del paisaje. Como la gente que transporta, parece huir del desierto. Pues la carretera ve el desierto. No se siente parte del paisaje, sino que lo siente polvoriento, hostil, muerto, ajeno. No se compromete con él sino que lo ignora, lo desprecia.

Otra posibilidad que me parece más interesante es que lo atravesemos como un río. El río no sólo surca el paisaje sino que se funde con él, y lo ayuda a transformarse. El río mitiga la aridez de la tierra (acarreando algas, tierra negra, limo). El río trae junglas, lagos, montañas, trae agua con reminiscencias del hielo. Trae vida y permite así la vida. De tal modo, ya no hay desierto y río, hay vergel. Tan es así que Heródoto decía que Egipto (una de las civilizaciones más antiguas, milenarias y ricas) es un don del Nilo, pues sin la presencia del río y sus crecidas Egipto no sería sino un desierto (no es casual que los albores de la historia hayan visto nacer las civilizaciones a orillas de grandes ríos).

Es interesante notar que el lugar que el río ve como un vergel es precisamente el mismo en donde la carretera veía un desierto. La belleza estaba allí esperándolo. El la desnuda, la evidencia, la explicita. A su vez, el río toma nueva sustancia del paisaje, bebe nueva tierra, nuevas plantas. Se riega con el sudor del trabajo del aldeano, con sus penas, sueños e ilusiones. El río bebe sonrisas, lágrimas y caricias. Bebe la mirada tierna y comprensiva del anciano. Las tempestuosas caricias de los amantes que se bañan en su lecho. La desbordante alegría de los niños nadando en sus aguas. Pues el río se derrama en el paisaje. Da y toma de él. Se compromete. Él no toca desapasionadamente. Transforma a

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lo que toca y se transforma en dicho acto. Así río y entorno son uno. ¿Es acaso posible separarlos? Su compromiso es como el del silencio y los sonidos de las notas musicales en la sinfonía. Cada uno es mejor por la presencia del otro y ponen de manifiesto el hecho de que dar y recibir son la misma cosa. Pues, ¿quién da y quién recibe en la donación?, ¿qué diferencia hay entre dar y recibir?, ¿quién da a quién cuando lo que se da es inconmensurable?

Volviendo ahora al ejercicio de transitar el camino habitual en medio de la gente, quizá en el subterráneo o en la abarrotada acera. ¿Cómo vemos a nuestros semejantes? ¿Cómo la carretera o como el río? La mayoría parece sólo ver el desierto de los otros (vemos de ese modo hasta a los niños, sin siquiera ser capaces de emocionarnos y dialogar con su mirada ingenua, fresca e inquieta). El otro es, sino hostil, indiferente, ajeno. No nos damos cuenta de que cada sujeto gris que pasa a nuestro lado atesora una conmovedora naturaleza humana. Pues es inconmensurable. Y por tanto, irreductible, inasible desde lo conceptual. Cualquier imagen o idea que nos formemos de él empalidece por completo ante su intrínseca potencialidad, belleza y riqueza. Por más que él se empeñe en vivir, sentirse y mostrarse como un desierto y nosotros en reconocerlo de tal modo en vez de vivenciarlo como un vergel (expertos en privilegiar el mudable traje de oruga al alma y destino de alas). ¿Es que no nos interesa ser para él lo que el río es al paisaje, ayudándolo a que descubra y permita florecer lo bueno y bello que anida en su interior? ¿es que preferimos relacionarnos en la indiferencia, en la apatía, en el desamor? ¿Qué más que soledad, e incluso odio y dolor puede traernos esta forma de vincularnos?

El humilde ejercicio realizado anteriormente no es sino un pequeño llamado de atención sobre el modo en que vemos el mundo (el modo en que miramos dice más de nosotros mismos que de lo que vemos) y sobre la relevancia que tiene ello en nuestras vidas. Pues el mundo (nuestros semejantes, los árboles, los pájaros, todo lo que existe) es inconmensurable. Posee una enorme potencialidad y belleza que solemos ignorar. No nos puede dejar de sorprender y recompensar si logramos mirar tan sabiamente como para ser capaces de ver (no nos puede alcanzar la vida para comprender cuánta belleza cabe en una flor, en una gota de rocío, en una caricia o en una mirada, no nos puede alcanzar la vida para vislumbrar cuánta potencialidad alberga nuestra naturaleza humana). Y ante la consciencia de lo inconmensurable, nuestro modo de mirar se revoluciona por completo, pues no cabe otra actitud que la humildad, la libertad y la sensibilidad. No podemos sino entregarnos con apasionamiento y fervor al arte de ver. De tal modo, el reconocimiento de la inconmensurabilidad del mundo nos reclama como amantes. Pues ¿cómo no amar a lo inconmensurable? La belleza y la sabiduría están por todos lados si somos capaces de mirar como el río. Se explicitan, se evidencian en la comunión. Pues cuando el amante se hace uno con lo amado, se expone lo inherente, la inconmensurabilidad esencial, la substancia común que nos hermana. Sólo el amante incondicional se relaciona en la trascendencia, se compromete, se entrega y se dona como el río, siendo capaz de transformar al amado y de transformarse en la misma acción. Sólo el amante respeta la calidad de inconmensurable que vive en el amado, consciente de la inagotable riqueza que lo anima. Sólo el amante trasciende reducciones y subjetividades para penetrar a lo profundo. Pues sabe que la famosa ceguera del amor consiste en realidad en despreocuparse de lo externo, de lo mudable, para amar la esencia. Para ver entonces con más claridad, con mayor profundidad.

Así, dicha forma de relación con el mundo va mucho más allá de una propuesta estética, desnudando un inmenso valor operativo (hoy casi diría que terapéutico). Ella

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suscita naturalmente un sentido de compromiso, un sentido de pertenencia que empapa a todos nuestros actos y comportamientos, revolucionando por completo todos nuestros contactos con el mundo. Y, concentrándonos específicamente en las relaciones entre las personas, es capaz de mutar a la actual telaraña de egoísmos en que vivimos en una genuina red de interrelaciones profundas basadas en el amor y en el respeto. Pues, si mi semejante es inconmensurable (si somos conscientes de su maravillosa, conmovedora e inagotable riqueza), ¿cómo no amarlo?, ¿cómo no ejercitar con él la ternura, la solidaridad, la tolerancia, la piedad, la caridad, el don de sí mismo?, ¿cómo no ver la insignificancia de las diferencias externas y subjetivas que día a día nos separan y nos condenan al desamor, a la apatía? ¿y cómo no concebir entonces un modo de relación en ausencia de odio, de indiferencia, de envidia, de violencia, de desamor?

La cuestión fundamental es que podemos elegir ver el mundo como un desierto o verlo como el río, dándole oportunidad al vergel. Es más, podemos elegir vivir como un desierto o como un vergel. ¿No estamos ya cansados de tanto vagar por las desoladas arenas del egoísmo y la superficialidad? Quizá sea hora de que nos atrevamos a permitirle aflorar a nuestro río. A comenzar a poblar nuestros desiertos. Y a donarnos a los demás como el Nilo.

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V. 6. HOMBRES DEL NIÑO (“UP AND DOWN”) (cuento)

HOMBRES DEL NIÑO. “UP AND DOWN”

Arriba y abajo (“up and down”). Mirar abajo, mirar adentro, es también mirar arriba, mirar afuera. Pues adentro también es afuera, como arriba es abajo. Bendita inconmensurabilidad.

Las imágenes se sucedían impiadosas. Y la pantalla era sólo un espejo: La contaminación, la hambruna, las pestes y las guerras se habían vestido de rutina. Sin embargo, los ojos del Profesor miraban distraídos, sin ver. Pues aún cuando el informe del nivel de contaminación arrojaba cifras que unos años atrás, sin ese acostumbramiento paulatino que diaria e inconscientemente erosionaba hasta la degradación al umbral de tolerancia de la sociedad, hubieran resultado inaceptables, el Profesor apenas si prestó atención al número. Pero claro, los números palidecían por completo ante las lamentables imágenes de grandes ciudades atestadas de multitudes que deambulaban con máscaras anticontaminación y capas especiales para lluvia ácida bajo un cielo tan gris oscuro como las almas (casi todos habían pensado que el Apocalipsis planteado por los científicos unos años atrás estaba mucho más lejos que a la vuelta de la esquina). De allí, la pantalla lo trasladaba a Medio Oriente, donde vivía su hermano: Las agresiones, el odio y ahora, otra vez, la guerra. Terribles imágenes mostrando matanzas entre pueblos que estaban tan juntos que alguna vez había sido necesario separarlos por una enorme muralla. Ya nadie recordaba cuándo había empezado todo ni por qué, pero tristemente no importaba. En ese momento el Profesor notó que su pequeño hijo, quien sin que él se diera cuenta estaba jugando por allí cerca, se había detenido en las horrorosas escenas con que los bombardeaba el noticiero. Pues al niño le habían llamado la atención las imágenes bélicas y, por sobre todo, las del gris y monumental muro. —¿Por qué se pelean, papi? ¿Y por qué está esa “enooorme” pared? —le preguntó entonces a su padre. —Construyeron ese horrible muro para separarse pues son enemigos, hijo. Y pelean por la tierra, por el lugar para vivir; por el odio —respondió éste luego de una pausa—. La gente de cada uno de los dos países cree que ese lugar es suyo. —¿Y por qué no comparten el lugar y viven todos juntos? —volvió a inquirir el niño con inocencia e incredulidad. La ingenua y obvia proposición del niño rescató abruptamente al Profesor de la actitud automática, de la indiferencia, de ese cierto desdén que hacía tiempo había adormecido, casi domesticado, a su antigua rebeldía. Y el hombre entonces sintió vergüenza. Una vergüenza ancestral. Una vergüenza que le dolió en la carne. Pues sintió vergüenza como especie. En ese momento, el Profesor recordó también cómo un día en la calle su hijo le había preguntado por un indigente, un número más de la impresionante estadística de la

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terrible hambruna. —¿Cómo explicarle semejante situación habiendo un mercado a media cuadra y una entidad bancaria en la siguiente esquina? —había sentido ya entonces con dolor. Pues ya también aquella obvia pregunta de su hijo lo había sacudido de la modorra del acostumbramiento, de esas pesadas anteojeras que pretenden disfrazar de inevitable a lo que no es sino inmoral. —¡Qué acostumbrados estamos a convivir y casi a tomar como natural a cosas que no pueden explicársele a un niño! —pensó mientras sus ojos seguían clavados en la imagen del horrendo muro—. Falsamente nos consolamos pensando que existen causas, situaciones y estados de cosas muy complejos que no podemos manejar, cuando muy profundamente sabemos que lo que no podemos explicarles a nuestros hijos no es sino antinatural. Sólo el hombre es capaz de auto-aniquilarse, de ir contra su espíritu de supervivencia como especie. Pues, ¿qué especie animal permite que unos pocos acumulen hasta lo obsceno mientras la mayoría muere de hambre? ¿Qué especie animal sacrifica en pos del lujo los recursos naturales que faltarán a sus hijos? El Profesor entonces inspiró profundo, embargado por una mezcla de enojo, vergüenza e impotencia. Pues a pesar de todo, confiaba en que nada, ni la inercia de la rutina con su peso tan brutal como imperceptible, ni siquiera la impotencia, esa casi inapelable y grosera tijera para cercenar alas, sería capaz de hacerlo renunciar a una íntima rebeldía moral, a la integridad, a la dignidad. —Tienes razón, pequeño. Tienes tanta razón… —le dijo entonces a su hijo. Aquél día, mientras el niño volvía al juego sin la mínima conciencia de la desolación que su ingenua pregunta había abierto en el alma de su padre, éste había seguido secuestrado por el pensamiento de la imposibilidad de responderle a su hijo. —¿Qué autoridad moral tenemos hoy como adultos? —se dijo entonces—. Seguramente otro sería el mundo si hiciéramos cada cosa pensando en la necesidad de explicárselo a nuestros hijos. Pues debiera ser una regla: “Piensa antes de cada acto que te están mirando los niños. Que deberías explicárselo a tus hijos” —consideró—. Más aún, cuán distinto sería el mundo si fuera gobernado por niños en vez de por adultos. ¡Qué escasa atención se ha puesto a lo que afirmaron tantos poetas! —se dijo asimismo mientras recordaba por caso a Wordsworth quien, coincidiendo con sabidurías orientales que afirmaban que el niño aún recuerda su cercana estancia junto a la divinidad antes del nacimiento, había sentenciado: “El Niño, Mejor Filósofo, Poderoso Profeta, es padre del Hombre”. Ello lo llevó a preguntarse sobre el valor de la inteligencia del adulto. Sobre el valor de la civilización tecnológica y sobre el desarrollo de la humanidad ante el cambio climático, las inundaciones, las hambrunas, las guerras, las pestes. —Una humanidad a punto de desaparecer —suspiró, mientras sus dedos recorrían a contrapelo su frente y su cabeza, desordenando sus cabellos hasta apretarlos en un gesto de impotencia—. Y aunque no resultara así, y por si fuera poco, tenemos esta terrible enfermedad. Esta inexplicable pandemia que, cual castigo divino, se ha instalado en el mundo desde hace más de cinco años. Poco más de cinco años hacía también que su hijo había nacido. El Profesor recordaba la alegría que ese día él y su esposa habían sentido en el hospital. Sin embargo, también recordaba con infinito detalle como esa misma tarde en la habitación de al lado, una pareja volvía de la sala de partos con otros rostros, con los de la tristeza y la resignación: su hijo había nacido con el síndrome de Down. El Profesor y su esposa obviamente ya sabían que hacía bastante tiempo que la situación había comenzado, pues en los últimos años el número de casos de bebés con la alteración genética había ido aumentado considerablemente. Y que se había agudizado notablemente, pues en los últimos meses los diagnósticos prenatales arrojaban, impiadosos y casi invariablemente, lo que los padres no querían escuchar: la presencia de la alteración genética. Es más, el Profesor y su esposa se

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enteraron al salir del hospital que su hijo era uno de los pocos que habían nacido sin el síndrome en el último mes. La causa era inexplicable. Se suponía que el origen del trastorno estaba en alguna rara enfermedad vinculada probablemente a la contaminación del aire que inducía modificaciones genéticas en el feto, la cual, extendida por toda la tierra, ya a esa altura constituía una verdadera pandemia. Y la situación se tornó incontrolable. De hecho, ese fue el último año en que nació algún niño “normal” en el mundo. Desde entonces, parejas jóvenes o de edad avanzada, saludables o no, sólo concebían niños con el síndrome de Down. “Niños D”, como discriminatoriamente se los denominó en contraposición a los “niños N” (por “normales”). Al Profesor siempre le disgustó esta clasificación, incluso pensó alguna vez que, en ese tono discriminatorio, a los N bien podrían haberlos denominado “Up” (“hacia arriba”, en inglés). Pues si bien “Down” (“hacia abajo”, en inglés) era el apellido del descubridor del síndrome y no un adjetivo peyorativo, tal como muchos creían, claramente los niños con el síndrome eran discriminados. Los niños D presentaban las características físicas (faciales y demás) típicas del síndrome de Down y lo mismo acontecía con respecto a las características mentales: Los niños D sufrirían un retraso de aprendizaje que haría que no lograran un desarrollo mental más allá del de un niño N de entre ocho o diez, quizá con mucha suerte hasta los doce años. Sin embargo, tendrían una longevidad comparable a los N y, a diferencia de la infertilidad típica hasta entonces entre los hombres con síndrome de Down (pues las mujeres Down siempre habían podido ser fértiles), los nuevos hombres D podrían concebir descendencia; por supuesto, siempre niños D. Durante los primeros años de la “enfermedad D” (tal como se la designó) la histeria se había apoderado de las distintas sociedades. En ciertos lugares los abortos indiscriminados se sucedían en incontables familias ni bien el diagnóstico prenatal confirmaba la alteración genética. Aborto tras aborto en la infructuosa búsqueda del descendiente N. Por su parte, en los países más pobres de la tierra muchos padres reeditaban con distintos métodos la terrible acción de los espartanos (quienes arrojaban a sus recién nacidos “defectuosos” desde el monte Taigeto), esperando “más suerte” en la próxima concepción. Incluso años más tarde, cuando ya no nacían niños N, cierto inexplicable odio hacia los niños D (como si los mismos tuvieran alguna responsabilidad por la enfermedad) generó el nacimiento de escuadrones de la muerte. Sin embargo, lo opuesto también sucedió. Con el transcurso del tiempo, muchos padres de hijos D comprobaron que los mismos les brindaban grandes alegrías y satisfacciones a partir de su innata ternura y de su enorme capacidad de dar y recibir cariño (tal como habitualmente había ocurrido siempre con niños con síndrome de Down). Y más de uno que en principio había vivido el nacimiento de su hijo D como un castigo, llegó a tomarlo como una bendición. Paradójicamente, cuando se les había dicho que tenían que esmerarse inmensamente en enseñarles y educarlos, por lo general más tarde llegaban a reconocer que, en realidad, era mucho más lo que ellos mismos terminaban aprendiendo de sus hijos. Por su parte, era evidente que la enfermedad traería importantes cambios a nivel político y social. Los vaticinios de muchos de los filósofos y tecnócratas preferidos por el poder mundial eran terribles: “Un mundo en que ya no habiten hombres N, un mundo D, colapsará. La humanidad volverá a la Edad de Piedra. O a lo sumo, a la Edad Media”. “¿Cómo podrían convivir con la tecnología adultos que no superarían el estadio mental de niños?” Había que ir preparando al mundo para un cambio, para un “retraso” muy importante. Es así como miles de científicos comenzaron a desarrollar una tecnología inteligente en sí misma, “a prueba de tontos” como peyorativamente calificaban algunos.

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Numerosas cuestiones como fundamentalmente las comunicaciones, el transporte y la generación y distribución de la energía deberían automatizarse y someterse tanto a formas como protocolos lo más sencillos posibles para que pudieran ser mantenidas en el futuro por una generación D. En un intento de salvaguardar el conocimiento y la cultura diseñaron máquinas, videos y programas automáticos que reemplazaran a los maestros para adiestrar a los niños D. Para la gran mayoría, la hora representaba la “la tragedia de la muerte de la inteligencia”. Por supuesto que cuantiosos fondos se movilizaron para curar la enfermedad D, para intentar prevenir la aparición del trastorno genético durante la gestación. —¿Qué te sucede abuelito, no me vas a contar la historia del muro? —le reiteraba la más pequeña de sus nietas al abstraído Doctor que parecía haber enmudecido o haberse quedado dormido con los ojos abiertos. ¡A qué épocas remotas lo había llevado la inocente pregunta de la dulce y hermosa niñita de ojitos oblicuos y nariz achatadita! Y no sólo la pregunta, ¡cuánto había contribuido también a ello el invasivo perfume del eucalipto! Pues el Doctor acababa de arrancar, junto a su nietita, una ramita del enorme eucalipto del parque de su casa y de repetir el ritual, aprendido de niño de su padre el Profesor, que él mismo continuaría con sus hijos y demás descendientes. De tal modo, había doblado una hoja por la mitad, casi provocándole un corte, y la había llevado a su nariz para deleitarse con su refrescante y estimulante aroma. Y así como el aroma del eucalipto invariablemente representaba una evocación a su padre, el Doctor había recordado entonces no sólo los comienzos de la enfermedad D, sino también el estímulo de aquél para que estudiara ciencias en general y, particularmente, medicina y biología molecular, con el doble objetivo de ocupar un lugar central en la organización de la transición de la humanidad N a la humanidad D (tal como hoy era el caso) y de intentar descubrir la cura al flagelo. Tras la pregunta de la niña, el Doctor se pasó entonces las manos por el rostro como quien se despereza de un pesado sueño. —Por supuesto, querida hijita, ¡es que son tantos los recuerdos! La historia de la inscripción del muro es muy vieja, incluso más vieja que yo, lo cual es mucho decir. Mi padre me contó que en una cena con amigos, a poco de haberse casado con mi madre y mudado a esta casa, unos pocos años antes de que yo naciera, alguien planteó una pregunta. Ante el panorama apocalíptico a que se enfrentaba la humanidad, el más pícaro de los amigos proponía a los comensales imaginar lo siguiente: “Si sobreviniera una catástrofe global, a la cual la humanidad alcanzara a sobrevivir pero se perdiera toda la cultura, todos los libros, todas las computadoras, toda la información, excepto por una frase, por un par de renglones en un trozo de papel, ¿qué máxima elegirías para pasar a las futuras generaciones de modo que la usaran como base para construir la nueva humanidad?”. Las propuestas de los amigos fueron muy atinadas, según me contó mi padre, aún cuando algunos sólo respondieron de manera jocosa. Por ejemplo, uno de los comensales, que era cura, habló del pedido de Cristo: “AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS”. Sin embargo, lo que más impactó a mi padre fue la respuesta de un amigo poeta, quien aún manifestando no ser afecto a las máximas, propuso: "ANÍMATE. PERMÍTETE VISLUMBRAR LA INCONMENSURABILIDAD QUE MORA EN TODO CUANTO EXISTE". —El mundo, cada cosa, es inconmensurable (había dicho el poeta), algo que es tan simple y directo como tremendamente revolucionario. Pues, no hay más que ser consciente de ello, dado que dicha consciencia nos dimensiona, nos ubica. Más aún, la mera consciencia de dicha cualidad del mundo es profundamente transformadora, trascendente. nos transforma. Pues ante un mundo vislumbrado como inconmensurable, un mundo ingentemente bello, inagotablemente rico, sólo tienen sentido la humildad, la libertad, la sensibilidad. Ante un mundo inconmensurable sólo cabe la condición de amante. Ya

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numerosas religiones, incluida la cristiana, y filosofías (pues ello no es patrimonio exclusivo de las religiones) parten en general de esta concepción y/o confluyen en ella. Como en la vieja proposición de la Esfera Mística: “Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, de modo que el centro que sustantiva, que da sentido, Dios, está, vive, en cada porción de su creación, en cada punto de la esfera. Sin embargo, el ejercicio de dicha consciencia no es por lo general algo habitual. No lo es su vivencia, sino su comprensión a nivel metafórico, como creencia racional. "Anímate a sentir la inconmensurabilidad del mundo" invita por ello a sentirlo en profundidad, a vivirlo, a que nos revolucione radicalmente. Contiene en cierto sentido al bello pedido cristiano "Amaos los unos a los otros". Pero no implica esfuerzo, deber. Ya que si descubrimos la inconmensurabilidad del mundo, de cada cosa, de cada uno de nuestros semejantes, el amor es el modo natural de relación. Pues, ¿cómo no amar a lo inconmensurable? Así, el amor nace sin esfuerzo. Y dicha invitación no implica prejuicio ni subestima al mundo, pues consiste en la suprema fe, en la íntima confianza: Si el mundo posee la belleza, la riqueza, la inconmensurabilidad, se le revelará naturalmente de tal modo a un alma sensible que obre en la máxima desnudez. Y nos embellecerá, nos revolucionará, nos permitirá trascender, nos convertirá en amantes (había rematado el poeta). A mi padre lo afectó sobremanera el decir de poeta. Fue entonces que decidió erigir un hermoso muro revestido de fino mármol en el patio de la casa (a modo de monolito, de monumento), cual doméstica y parcial compensación a la horrenda muralla que recordaba haber visitado alguna vez en Medio Oriente (a ese monumento a la vergüenza, a la intolerancia, a la estupidez humana). Y en la perenne superficie de su construcción talló la frase del poeta: "Anímate. Permítete vislumbrar la inconmensurabilidad que mora en todo cuanto existe". Pues, ¿sabes una cosa pequeña?, el poeta tenía razón, aunque cueste tanto recordarlo. El mundo es bellísimo, pequeñita. —No entendí mucho abuelito, pero es cierto, ¡el mundo es tan hermoso! Eso sí, no entiendo por qué era necesario escribirlo en un muro para recordarlo, ¿es que hay alguien que no lo vea así? —inquirió nuevamente con inocencia la pequeña. Obviamente el Doctor no esperaba esta réplica de la niña. Y él era muy consciente de que si bien las preguntas de los niños siempre comparten la innata inocencia de éstos, a los adultos no nos resultan para nada inocentes si estamos realmente atentos. Así, ante la frescura de los dichos de su nietita sobre el muro que él tanto había admirado, El Doctor sintió una vergüenza similar a la que habría experimentado su padre aquel día frente a las terribles imágenes del noticiero, en particular, de las del otro muro, el del odio. Y su vergüenza fue doble. En principio, porque lo llevó a reconocer lo evidente: ¿cómo hablar a su nietita en un lenguaje que ella no podría alcanzar a entender? Pues si bien los nuevos jóvenes D habían progresado más de lo esperado en cuanto al desarrollo de la inteligencia, ese lenguaje era claramente inaccesible para ella. Había sido egoísta al dejarse llevar por la evocación olvidándose que estaba frente a la muchacha y dar un discurso más para sí mismo que destinado a contarle la historia. Sin embargo, el otro nivel de la vergüenza fue más profundo aún. Pues era cierto: en su visión de niña D, tan idéntica a la que él ya apenas recordaba haber tenido cuando era un niño, un niño N, su nietita espontáneamente veía al mundo como inconmensurable. Como cualquier niño, joven e incluso adulto D, vivía en alegría percibiendo la belleza del mundo y lo amaba naturalmente, como amaba a los demás. —Los niños nada subestiman —se dijo entonces a sí mismo el Doctor—, todo es merecedor de su atención; de una atención plena, comprometida, total. Los niños ejecutan cada acto como si fuera la primera vez. Y la última. Como si les fuera la vida en ello, sintiéndose realmente vivos. Los niños

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honran el arte de ver: no sólo miran, ven. Ante ello, al Doctor le pareció entonces ridícula la necesidad de esculpir en mármol aquello que, por un lado, era evidente en el mundo y que, además, claramente estaba grabado en el alma, en el Niño de cada uno. —Discúlpame querida, ya hablo más conmigo mismo que con los demás. ¡Cuánta razón tienes! Tú eres mucho más sabia que este tonto viejo —le dijo entonces con una sonrisa en los labios a su nieta. El incidente con su nietita sobre la historia del muro bien podría haber pasado como algo simpático e intrascendente. Sin embargo, al anciano lo tocó muy hondo en su espíritu, al punto de terminar en ese mismo instante por convencerlo de tomar la que quizá constituía la decisión más importante de su vida. En ese momento, una lluvia de cenizas y de ácido que comenzó a desprenderse del cielo plomizo de la tarde (esas lluvias ahora esporádicas pero que unos años atrás eran tan frecuentes) los obligó a guarecerse bajo el alero de la casa. El Doctor acarició la cabecita de su nietita y suspiró aliviado. Hacía un tiempo que una terrible duda atormentaba su espíritu, pero por fin ahora su mente se había esclarecido. —Está decidido —se dijo firmemente el Doctor mientras su mente nuevamente volaba hacia el pasado. Recordó entonces sus denodados intentos a lo largo de tantos años por prevenir la enfermedad D. Recordó también una charla con su padre respecto de la importancia de dicha empresa en la cual le manifestó a aquél que si hubiera sido posible dar la vida para descubrir la cura, él hubiera estado dispuesto a morir con gusto. Recordó incluso decirle que a él no le importaba tampoco la fama inmortal que aguardaba al descubridor de la cura (pues era cierto, al Doctor lo guiaba primordialmente la conciencia de la inmensa importancia de su lucha, su enorme espíritu de sacrificio, su genuino altruismo y abnegación). Repasó entonces nuevamente sus innumerables esfuerzos. Y sus fracasos, uno tras otro, a pesar de su titánico apasionamiento. Sin embargo, cuando ya parecía imposible, el milagro había sucedido. Pues hacía unos meses que el anciano Doctor, cuando su lucha médica parecía constituir la última oportunidad para la supervivencia del hombre como “raza N” (puesto que ya la casi totalidad de los hombres N habían muerto) había logrado su objetivo culmine: Por fin había sido capaz de desarrollar un tratamiento genético que revertiría la tendencia a gestar niños D. Una aplicación generalizada a todas las mujeres fértiles (por supuesto que a esta altura, todas niñas y mujeres D) permitiría retrotraerlos a la situación anterior a la pandemia. En ese momento, la tibia y amorosa caricia de la niña lo regresó al hombre nuevamente al presente. Y ni bien su nieta salió corriendo alegremente para jugar con su hermanito, el Doctor llamó con solemnidad a su hijo para hablar a solas. Ese hijo que por largos años había sido su ayudante de laboratorio, algo que se había tornado necesario ante el envejecimiento e incluso la muerte de sus ayudantes N. Pues si bien el Doctor sabía que su hijo nunca alcanzaría un desarrollo mental suficiente para ocupar su lugar, sí fue capaz de convertirlo, a partir de un arduo trabajo de enseñanza, en un eficiente asistente. —Sabes hijo que si no hubiera descubierto las causas y la cura, hoy seguramente pensaría que la alteración D era en realidad una mutación evolutiva de la especie humana, que ese cromosoma extra era el necesario para generar un hombre mejor —le dijo entonces a su hijo—. ¡Fíjate cómo ha cambiado el mundo! La enfermedad, lejos de ser una condena, nos ha permitido algo más que redimirnos como especie: Nos ha permitido la posibilidad de salvación. Pues de no haber ocurrido, probablemente la raza humana ya habría desaparecido por la contaminación, por las pestes, por las guerras, en fin, por nuestra necedad y nuestros excesos. Además, la raza D ha superado las expectativas en cuanto a su desarrollo. Hoy puede vivir a un nivel tecnológicamente razonable y todo el adelanto que

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ha perdido respecto de los tiempos de mis padres, me resulta insignificante ante el avance que ha producido respecto a tales días en lo humano, en las relaciones, en la calidad de vida. El mundo construido por la humanidad N, por la raza inteligente, estaba destinado a la destrucción. Hoy, sin embargo, el hombre tiene una nueva oportunidad. Pues la humanidad D, actuando genuinamente como niños, parece regirse más por el amor que por el odio. ¿De qué sirve entonces la inteligencia? Ella es sólo una parte de la sensibilidad. Y la sabiduría va mucho más allá que la inteligencia. La trasciende. Tú sabes hijo que me fue la vida en este intento, el que ha sido quizá la mayor lucha de mi vida. Que he dejado lo mejor de mí en ello, gran parte de mi aliento. Pero he decidido no aplicar el descubrimiento. El mundo se merece algo mucho mejor que ser regido otra vez por una humanidad N. Si bien ello sorprendió sobremanera a su hijo, éste escuchó a su padre en silencio y permaneció callado mientras se fundía en un largo y cálido abrazo con su padre. Esa noche, en su hogar de siempre, el Doctor se sintió en paz. La casa que habitaba estaba en el mismo terreno de su hogar de la infancia, ya que en el enorme y hermoso parque de su casa paterna, el eminente Doctor había construido su laboratorio y las casas para toda su familia: para sus hijos y nietos. Agotado, más en lo mental que en lo físico, esa noche el Doctor decidió darse una buena ducha. Como el agua era un recurso extremadamente escaso y no se podía derrochar, esa semana había decidido hacer como cuando era joven: Ahorrar agua por unos días para darse una larga ducha, como hacía lustros que no lo hacía. Pues de joven le gustaba de abrir la canilla y sentarse en pose de meditación por largos ratos en la bañera, dejando que el torrente de agua caliente de la flor de la ducha cayera estrepitoso sobre su cabeza, cuello y espalda. En dicha situación, el suave masaje que le propinaba el líquido elemento se sumaba al aislamiento sonoro. Así, cualquier ruido, rumor o murmullo mundanal era adsorbido por el sonido del golpe del agua contra su cuerpo y perecía apaleado por la placentera sensación táctil de la presión de los caprichosos chorros de líquido y ahogado por la expansiva presencia del vapor en el ambiente, en su piel, en sus pulmones, en todos lados. El Doctor reeditó entonces aquella bella experiencia en que lograba aislarse del mundo, sentirse completamente sólo, quieto tanto en lo físico como en lo mental, aquietada su mente en el relax líquido. ¡Cuánto recordaba amar esa sensación en que era capaz de lograr un estado de meditación profunda, sólo perturbada cuando su padre le avisaba que no podía seguir derrochando el agua! Esta vez, sin embargo, esa vivificante experiencia de meditación profunda duró sólo unos breves instantes. Pues la vuelta de los pensamientos acerca de la cura de la enfermedad D lo restituyó a lo coyuntural. Entonces, su mente volvió a los pensamientos sobre los cambios que la humanidad había experimentado en los últimos años, cuestión que venía ocupando sus cavilaciones desde hacía un tiempo, más ahora que sus investigaciones médicas finalmente mostraban éxito. Era claro que en estas últimas décadas el mundo parecía haber reverdecido. Si bien años atrás las sociedades habían abandonado la democracia como forma de gobierno para pasar a la aristocracia de los N, sometiendo a los D, los líderes de cada lugar habían ido muriendo con el tiempo y naturalmente los D habían ido ganando protagonismo. Este cambio se había hecho a esta altura muy ostensible, pues a relativamente poco tiempo de que se fuera a cumplir un siglo del inicio de la enfermedad D, ya quedaban muy pocos N, ya muy ancianos, muchos de los cuales incluso se habían tornado muy seniles (—la senilidad nos ha vuelto casi como niños, casi más niños que los hombres D —pensaba el Doctor). Así, el mundo comenzó a cambiar, pero inesperadamente de un modo muy distinto a lo vaticinado por los profetas de la humanidad N. Pues los adultos D, con su mentalidad de niños, eran muchísimo menos proclives a la maldad, al odio, a la ambición. Las sociedades, por lo

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tanto, se habían vuelto más compasivas, más igualitarias, más solidarias, más armónicas, más integradas a las demás y a la Tierra. Pues las familias D tenían una gran capacidad y necesidad de socialización y compartían solidariamente sus recursos. Así, en las comunidades se iban formando grupos de vecinos o vecindarios enteros que compartían su vida comunitariamente, que se ayudaban unos a otros generando una trama social firme y equitativa basada en relaciones de respeto y amistad. Pues, si bien sus habilidades eran limitadas, las superiores habilidades de algunos en algún aspecto eran aprovechadas por otros, los cuales, a su vez, retribuían el apoyo aportando con aquello en que resultaban más diestros. Además, los D amaban la naturaleza, lo cual, sumado al hecho de que su vida era mucho más básica, al uso de las tecnologías renovables que debieron implementar los científicos N (como las energías solar y eólica, por ejemplo), y a la significativa reducción de la población mundial (muchos adultos N nunca quisieron engendrar hijos D, por lo cual no tuvieron descendencia y la tasa de natalidad cayó significativamente), el nivel de contaminación del planeta lentamente comenzaba a descender. —Aunque de un modo paradójico, hoy el mundo parece estar gobernado por niños, tal como reclamaba mi padre —pensaba el Doctor—.Y parece que, en efecto, mi padre tenía mucha razón en su reclamo. Al cerrar la canilla, el hombre se sintió liberado pues creía, con claridad meridiana, que su decisión era la correcta. Como si se sumara a ello, luego de secarse y colocarse su pijama leyó las noticias que había de su familia en Medio Oriente. Un hijo de su sobrino se casaba con una joven del otro lado de la ya derruida muralla. ¡Se casaba con alguien que otrora hubiera resultado una enemiga! Pues hoy en día la guerra y los odios, aquellos que su padre alguna vez le había confesado que no recordaba desde cuánto atrás venían, que parecían haber existido desde siempre, no eran sino malos y lejanos recuerdos. Ambos pueblos parecían haber escuchado la propuesta que el propio Doctor naturalmente había formulado a su padre cuando niño, en una época pretérita en la cual no entendía porqué su obvia proposición no satisfacía al mundo de sus padres. Así, con el alma plena, luminosa, por fin en paz tras su decisión, el Doctor se fue a dormir. Y con esa paz y plenitud, se fundió con la paz eterna. —¿Por qué está esa cosa tan rara en el medio del jardín, abuelito? Unos siete años después de la muerte del Doctor, la pregunta resonaba no ausente de ecos pretéritos en los oídos del hombre. —Ese muro lo construyó hace muchos años mi abuelito, querido. —¿Y para qué? —volvió a inquirir con asombro el niño. —Mi abuelo decía que la inscripción de ese muro lo ayudaba todos los días a recordar lo hermoso e increíble que es el mundo. Que no le permitía olvidarse de la necesidad de amarlo. —¡Qué raro, abuelito! ¿Quién necesita un cartel para saber algo tan sencillo? El hombre miró entonces a los ojos a su nietito, unos ojos redondos y perspicaces que brillaban inteligentes dentro de un rostro de rasgos finos y delicados. —Tienes razón, pequeño. ¿No es raro que alguien necesitara de una inscripción en un muro para saber que el mundo es hermoso? Si basta con sólo mirarlo. Mientras el pequeño niño salía corriendo para darle una vuelta al muro y jugar entre las plantas del jardín, el hombre elevó sus ojos hacia el cielo preguntándose: —Discúlpame querido padre, pero ¿habré hecho bien? Tú mismo demostraste que la enfermedad D fue generada por una mutación provocada por la contaminación y encontraste su cura. Y yo, tu hijo, tu simple Ayudante de Laboratorio, quien jamás te había desobedecido, no me creí capaz de negarle la oportunidad a la naturaleza de seguir su curso natural, el que se había visto interrumpido por eso que tú llamabas “necios excesos”. Pues creo que no es cuestión de inteligencia, padre —se dijo también entonces—. Se puede vivir en el amor con inteligencia. Es más, ese amor debiera poder ser más profundo si fuéramos más

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inteligentes. Tú mismo lo has dicho —agregó en ese imaginario diálogo con su padre—, aunque mucho me costó entenderlo con mi propia escasa inteligencia: "El niño debe coexistir en el hombre; el hombre no debe matar al niño interior sino que el niño debe volverse hombre perdurando en él, guiándolo con su sabiduría, recordándole a cada paso cómo mirar". Además, tú sabías que no hay dos humanidades. Todos somos hermanos, todos somos iguales a pesar de nuestras diferencias. Entonces, ¿habré hecho bien, padre? —volvió a preguntase mientras inspiraba profundamente. En tanto, la luz del sol, que oblicua atravesaba el patio de su casa y le entibiaba generosamente el rostro, parecía empeñada en resaltar el muro que con centenaria obstinación se erguía unos cuantos metros hacia la izquierda exhibiendo la proposición del poeta, aquella máxima sobre la cual edificar una nueva humanidad: "ANÍMATE. PERMÍTETE SENTIR LA INCONMENSURABILIDAD QUE MORA EN TODO CUANTO EXISTE". Y en ese preciso momento, la suave brisa de la tarde acarició el rostro del hombre, bañándolo asimismo en la bella fragancia del añoso eucalipto. Fue entonces que a éste le pareció que dicha sensación no era sólo atribuible al viento y al aroma del árbol. Más bien sintió una caricia de su amado padre. Y mientras amorosamente observaba a su nietito que absorto y maravillado, con sus ojitos preñados de luz, de alegría, de avidez, de plenitud, contemplaba el espectáculo del viento entre el follaje, se sintió profundamente aliviado: Su padre hubiera reconocido que, como siempre, el Niño (es decir, su ya también abuelo hijo D) había tenido razón: Los nuevos niños N iban a ser educados por padres D. Bien podrían, ya por fin, llegar a ser “Hombres del Niño”.

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V. 7. El Acompañante (cuento)

Para Cintia, Fran, Tommy y Manu. Gracias por Acompañarme.

Nota del autor: Quisiera soltar al aire este cuento como al diente de león (el “panadero”), la plumosa semilla alada que aparece por allí en el texto. Si te llega a ti y te gusta, por favor no lo dejes tocar el suelo. Imprímele nuevos vientos, multiplica ese primer soplido (enviándolo a tus amigos). Y, si te parece, me gustaría saber qué aires ha surcado, por dónde ha volado e, incluso si quieres, quién ha permitido continuar su vuelo. Pues la metáfora no es caprichosa. Dentro de su inherente humildad, este cuento pretende ser una semilla literaria en busca de espíritus fértiles. Un humilde diente de león obstinado en danzar ingrávido en la belleza. Una humilde semilla alada que, al menos, no se resigna a estrellarse contra el helado suelo de la insensibilidad, de la apatía, del desdén. (Dirección de Gustavo Appignanesi: [email protected] ; si te ha gustado éste, puedo enviarte también otros escritos, otras semillas literarias).

El Acompañante (cuento por Gustavo Appignanesi) Intensos relámpagos iluminaban el perfilado contorno del pequeño avión motoplaneador mientras surcaba, cual rabiosa saeta, el tormentoso firmamento nocturno. En ese instante el piloto apagó el motor, el cual se retrajo e introdujo en el fuselaje. Así, el delgado pájaro blanco de alas interminables se convirtió en un ingrávido planeador apto para deslizarse sin ruido ni esfuerzo y capaz, por tanto, de proveer a su piloto una sensación de paz inenarrable. Pero hoy era justamente lo contrario a la placidez lo que caracterizaba al momento que vivía la pequeña aeronave, sometida a tan intensa furia elemental. Sin embargo, el hombre no sentía miedo alguno pues su tempestad interna, espiritual, era quizá superior a la de la naturaleza. Y si bien casi nunca volaba de noche ni lo hacía bajo condiciones meteorológicas adversas, esta noche había decidido despegar su sofisticado y pequeño avión en plena tormenta (bajo condiciones que, más que desaconsejables, eran prácticamente suicidas), con cabal conciencia del riesgo que ello entrañaba. Pero no sabía muy bien por qué volaba: dolor, enojo, un rapto de locura, una búsqueda de respuestas, un mero impulso suicida o una mezcla de todo ello. Hacía tiempo que los deportes extremos constituían una de las pocas actividades que parecían dar placer y color a la vida de este ejecutivo, gerente principal de la casa central de una importante empresa multinacional, un hombre poderoso, inteligente y refinado que llevaba una vida materialista y gris en lo humano. Pero esta vez no lo había sentado a la cabina de su aeronave una búsqueda de adrenalina, placer y belleza, sino el furibundo impulso que experimentó luego de que la voz en el teléfono le informara la devastadora noticia de que su mejor amigo, que también era su empleado en la empresa, se había arrojado al vacío desde el edificio de ésta. La estadística, tantas veces frío refugio de

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impunidad, declaraba que la tasa de suicidios entre los empleados de las sucursales de los distintos puntos del globo había aumentado sensiblemente ante los despidos y reubicaciones de personal debidos a la crisis financiera global. Pero esta vez, ello no importaba. ¿Qué importaba hoy que él en un principio se hubiera opuesto fuertemente a darle la orden de traslado al extranjero si al final había terminado cediendo ante el mandato recibido por el Directorio de “él o tú”? ¿Qué importaba que jamás hubiera imaginado que su decisión promovería un desenlace tan terrible para su amigo? Por largos instantes el planeador debió sortear el frente de tormenta bajo considerable turbulencia y baja visibilidad, por lo cual el piloto no se percató del hecho de que se estaba aproximando peligrosamente a una formación nubosa muy peculiar que se extendía poca distancia más adelante. Densas nubes de enorme desarrollo vertical (elevándose por algunos kilómetros) se le aparecieron entonces repentinamente. Sabedor del enorme peligro de enfrentarlas, el piloto intentó evadirlas, pero el ancho de la formación nubosa y su proximidad hicieron estéril su maniobra. De tal modo, conciente de lo que le esperaba de acuerdo a relatos y fábulas comunes entre los pilotos, el hombre se dispuso a ser devorado por las enormes fauces de ese titánico monstruo natural. Y ahora sí, por un instante, sintió miedo. Pero ¿qué valor tenía su vida ahora? Preso del dolor, quería morir. O más bien, deseaba no haber nacido (sentía que el mundo hubiera sido un lugar mejor sin su presencia). -¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué vivir sin un sentido, sin un motor verdadero, lastimándose vanamente como un planeador en la tormenta? -gritaba febrilmente mientras se adentraba en la voraz espesura. Pues su vuelo había sido también un modo de preguntar. Y, si había alguien en las alturas, esperaba su respuesta. Mientras tanto, la aeronave, que viraba y saltaba enloquecida, era ya completamente inmanejable aún con el motor encendido. Entonces, tremendas fuerzas arrancaron sus alas como si se tratara de un frágil insecto. Luego de ser llevado caprichosamente en las más disímiles direcciones y habiéndose adentrado al corazón del monstruo meteorológico, el maltrecho aparato se vio preso de una tremenda corriente ascendente. Así, y tal como esperaba que sucediera dentro de un cúmulo nimbus, la corriente lo elevó vertiginosamente por kilómetros hasta una enorme altitud, no sin pasar primero por zonas de lluvia y de granizo. Y ya estaba a punto de perder el conocimiento a causa del frío extremo y la escasez de oxigeno cuando la brutal corriente terminó por sacarlo abruptamente del cúmulo con lo que quedaba de su destrozado avión. Inmediatamente fuera del infierno y en la efímera pero aparentemente eterna quietud del punto de máximo ascenso de su involuntaria trayectoria, justo antes de la inexorable caída, los ojos entreabiertos del hombre se enfrentaron de golpe con una visión de suprema belleza: la del sublime firmamento nocturno, límpido y salpicado de estrellas de plata. Ante tal paz celestial, su mente pareció clarificarse y lo retrotrajo a los tan olvidados días de su niñez, cuando contemplaba las estrellas extasiado, maravillado. Cuando en una profunda humildad ante la inconmensurabilidad del cosmos, era imposible quitar sus ojos de dicha visión y resistirse a la cautivante sensación de amor que lo embargaba. -¡Qué lejos estoy de ese niño que alguna vez fui, de ese niño tan maravilloso que amaba al mundo a cada paso! ¿Cómo pude olvidarme de él? ¡Qué distinto hubiera sido todo si no lo hubiera hecho! -pensó con enorme intensidad y lágrimas en los ojos, para agregar, paladeando el escaso aire que encontraba mientras, a la espera de la muerte, sus ojos se cerraban por el desvanecimiento:- ¡Con toda mi alma desearía no haberlo perdido por el camino! Recobrando la conciencia, los ojos del ejecutivo se abrieron ahora pausadamente para, con calmo asombro, descubrir que yacía sobre un verde, pacífico y solitario prado. Sólo había una persona, quien estaba a su lado: un hombre mayor vestido simplemente con una larga

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túnica blanca, que lo observaba. El hombre tenía una apariencia bastante común, pero había algo extraño en él. Imperceptiblemente a la vista, pero de un modo contundente al alma, su figura irradiaba paz y belleza. Había cierto dejo de perfección en sus gestos, en sus movimientos, sutilmente intuido, que le confería un evidente matiz sobrenatural, celestial. -¿Dónde estoy? ¿He muerto? ¿Es esto el Cielo? Pues si es así, no creo merecerlo -inquirió el ejecutivo. -Demasiadas preguntas. Y a las que no estoy autorizado a responder completamente por ahora -contestó el otro-. Fue tu último deseo antes de morir, ese deseo de tamaña intensidad, el que me trajo a tu lado -agregó. -Pero, ¿quién, o qué, eres tu? -volvió a inquirir el atónito ejecutivo. -Otra pregunta que no me es dable contestar en su totalidad. Aquí, como siempre en realidad, eres tú mismo quien debe encontrar las respuestas -respondió el otro sonriendo, para agregar:- Digamos que como tu, a quien le gustan los deportes extremos, yo también soy un practicante de una actividad extrema, la más extrema de todas: Contemplar. Practico el arte de ver. El ejecutivo no pudo disimular cierta leve carcajada: -¿El “arte de ver“? Nunca lo encontré listado entre los deportes extremos. Convengamos que no parece tan arriesgado que digamos. Pero explícame por favor algo más, es obvio que tú no eres como yo. -Estas muy equivocado. Pero mira, en realidad, no hay mucha diferencia entre nosotros a nivel espiritual, en nuestra mentalidad -le contestó el otro también esbozando una sonrisa-. Es sólo que yo vivo consciente a cada instante de la belleza del mundo, de su cualidad suprema: su inconmensurabilidad. De hecho, casi todos en ciertos instantes se parecen a mi. Casi todos alcanzan a rozar con más o menos frecuencia, más o menos profundamente, la noción de la inconmensurabilidad. Incluso hay muchos santos y sabios sobre la tierra que comparten mucho conmigo. La diferencia es que yo vivo continuamente en dicha consciencia, la cual permite realmente “ver”. -Bueno, pero ¿qué pasará conmigo ahora? -preguntó el ejecutivo. -Tú ya no perteneces a tu antigua vida, a tu antiguo mundo. No puedo darte muchos datos, sólo que si lo decides, puedes cumplir mi misma misión. Tampoco puedo decirte mucho acerca de la misma, sólo que es quizá la más bella tarea, una tarea de enorme importancia para otros, pero difícil y sacrificada. Yo te acompañaría en tal caso para ayudarte a convertirte en digno de tan bella empresa y para que finalmente pudieras llevarla a cabo. El ejecutivo asintió inmediatamente, sin siquiera preguntar por las alternativas. En particular, le atrajo la posibilidad de ayudar a otros; ya había sido demasiado tiempo de egoísmo en su vida. -Pero, no me has dicho aún quién eres. Dime al menos como dirigirme a ti -inquirió el ejecutivo. -Bien, ya que voy a ir contigo, puedes llamarme “Acompañante” -replicó el otro para agregar:- Bueno, ahora comenzaremos entonces con lo que llamo “visitas”: Observaremos algunos momentos ligados a tu materialmente exitosa vida actual y pasada. Su función es que medites acerca del camino tomado en tu vida terrenal para poder redimirte y renovar tu alma. Pero luego de cada una de esas “visitas”, deberás volver al prado para pasar algunos segundos, minutos, horas o días (ello depende de ti) contemplando aquél pequeño trébol que está a tu izquierda. Ya te he dicho que la actividad extrema que practico es la de contemplar. Y contemplar ese trébol será, en rigor, tu actividad fundamental por ahora. Ella te dirá si estás preparado, pues no alcanza sólo con las visitas. Solamente gastando,

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aniquilando tus pupilas en verdes folíolos sabrás si logras ser apto. Es más, ni bien logres percibir la suprema inconmensurabilidad de ese trébol, las visitas ya no serán necesarias. Así, en primer término se dirigieron hacia el pasado en la tierra para observar, por supuesto que presentes en el lugar como seres inmateriales, una escena de la niñez del ejecutivo, uno de aquellos gloriosos instantes cuando éste contemplaba extasiado el “inconmensurable” firmamento nocturno (de hecho, la primera vez que él había tropezado concientemente con tal inefable adjetivo o cualidad). Ante la inmensa ternura del niño que alguna vez fue, el ejecutivo sintió ahora una inenarrable sensación de amor por él y una nostalgia dulce y dolorosa. El niño pasado fue entonces para él un ser de inconmensurable belleza, un ser que despertaba en su alma lo mejor de sí. –Ya debemos regresar –le dijo el Acompañante, para instantáneamente reaparecer en el verde prado. La sensación con el niño fue tan bella y movilizadora que el hombre hubiera querido retenerla, infructuosamente como se retiene el agua entre los dedos. En cambio, la vuelta al prado con el trébol no fue muy productiva. El hombre se cansó de mirar un yuyo cuya presencia casi llegó a aborrecer. -Menos mal que soy inmaterial. Si no, ya me dolerían las posaderas. Me van salir callos allí -bromeó el hombre. Otro día visitaron al gerente de una empresa que era competidora de la suya, un acérrimo rival al cual había odiado siempre. -Ese hombre es como yo, vacío, materialista. Yo he sido testigo de sus oscuros manejos que han perjudicado a tanta gente -dijo el ejecutivo. Su Acompañante, sin embargo, le hizo un ademán para que se calle y observe. El hombre observado estaba dentro de su casa, jugando alegremente con sus pequeños hijos. -Ese hombre es relativamente tan imperfecto y a su vez relativamente tan sublime como todos. Deberás ser capaz de amarlo para poder tomar tu nueva misión -le dijo el Acompañante. Realmente, la escena del hombre con sus hijos era entrañable. Y jamás lo había imaginado en tal situación, menos aún en aquellas épocas cuando debía proyectar estrategias para destruirlo profesionalmente. -Aún así, aunque me haya conmovido su juego con sus hijos, creo que me costará ser capaz de amarlo –prensó, para regresar nuevamente al prado, donde fatigó una vez más sus ojos en verdes texturas, estérilmente. En otra ocasión observaron como un proyecto de su empresa había desplazado de sus tierras a una comunidad indígena (quienes, aún en su pobreza, el ejecutivo pudo comprobar que viven más felices que lo que había vivido él, en pleno contacto con la naturaleza y con la espiritualidad). En similar tono, el Acompañante decidió dejar rápidamente a los indígenas para observar a un ignoto obrero de una manufacturera que era parte de las actividades de la empresa multinacional del ejecutivo en un lugar marginal del mundo. Como ellos estaban completamente ajenos a las leyes físicas, el Acompañante le dijo al ejecutivo que esta vez compactarían un tiempo de cinco años de trabajo del obrero en unos instantes. A su vez, por medio de un proceso llamado “cohabitación” (por más que inmateriales, ello podían sentir con el cuerpo del otro, en este caso, con el del obrero) el ejecutivo experimentaría en sí las emociones, el dolor y el cansancio físico del hombre. Así, mientras recorrían rápidamente el lustro de trabajo del obrero, los años de sudor, de tedio, de humillación, de falta de perspectivas, le dolieron al ejecutivo como en carne propia. Sin embargo, más le dolió aún la frase del Acompañante: -Pensar que todo esto no es sino un equivalente económico del reloj que llevas en tu muñeca. ¡Cuántos mueren cada día por no poseer unas pocas de las monedas que otros malgastan o acumulan por montañas! Finalmente, como siempre, la vuelta al trébol, ineludible; e infructuosa. La última de las visitas se realizó a una habitación en la cual se encontraban un hombre y una mujer. Era el joven ejecutivo con su entonces novia y luego esposa, aquella mujer con

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la cual se casaría y a la cual abandonaría más tarde por una vida llena de encuentros más o menos fugaces con hermosas jóvenes del momento. -Sabes, no pudimos tener hijos mientras estuvimos juntos, pero siempre supe que no debí dejarla, que ella era la mujer de mis sueños -dijo el hombre-. A ella sí la amé, a diferencia de las otras. El instante que estaban presenciando era su primer encuentro íntimo. Cobijada en su antiguos jóvenes brazos, el ejecutivo entonces vio a quien fuera su mujer, tan bella, tan tierna, tan dulce que, conmovido, sintió un impulso a amarla de nuevo. Miró a los ojos a su Acompañante y, sin necesidad de intercambiar palabras, el otro asintió. Así, cohabitando su antiguo cuerpo con aquél que él había sido, el hombre redescubrió la profunda belleza del amor de pareja. Toda la experiencia fue de una gran profundidad, tanto que, al aproximarse al momento supremo de ascenso al punto cúlmine de fusión, lo embargó una profunda sensación de amor, sintió a su mujer de un modo como nunca lo había hecho antes, reconoció su inconmensurable belleza esencial. -Nunca había sentido así a mi esposa -le confesó a su Acompañante-. ¡La sentí con tanta profundidad! ¡Y la noté tan bella, tan espléndida, tan celestial! Y sin poder dejar de temblar, se preguntó en voz alta: -¿Cómo pude abandonarla? ¿Cómo pude abandonar tantas cosas maravillosas en mi vida: al niño que fui, a mi amor, a mis principios, a mi sentido de justicia, a mi solidaridad, a mi espíritu..? De vuelta al prado celestial luego del encuentro con la mujer, el Acompañante le dio una cariñosa palmada en la espalda al hombre y le dijo: -Veo que las “visitas” han sido efectivas. Te has redimido. Si hoy volvieras a la vida terrenal (lo cual de todos modos te aclaro que no es posible por si haz sentido demasiada nostalgia) estoy seguro de que lo harías como un hombre bueno, un hombre justo y generoso. Además, mucho me alegra que en ciertas ocasiones, como frente a tu niño o a tu mujer, hayas sido capaz de mirar trascendentemente, de vislumbrar, de saborear la inconmensurabilidad. -Entonces, ¿ya estoy listo? -preguntó el otro. -No. No alcanza con ser un hombre bueno que cada tanto es capaz de “ver“. Te falta lo principal. Debes volverte realmente sabio. Pero tú no has avanzado con el trébol. Si lo hubieras hecho, logrando una profunda consciencia de la inconmensurabilidad, entonces ser bueno, justo y generoso hubiera venido por añadidura, sin necesidad de las visitas -sentenció el Acompañante. -Tienes razón, lamentablemente no he podido progresar con el trébol por más que haya puesto en ello tanto ahínco que hoy pueda ser capaz de dibujarte cada uno de los detalles de su tallo y de sus hojas con infinita precisión. Me he esforzado mucho en contemplarlo pero es inútil, no sé qué es lo que debo ver -contestó el hombre. -La clave es simple: Sólo debes contemplarlo de la manera más abierta, plena y profunda. No puedo decirte qué ver. Y, aunque lo hiciera, no serviría de nada. Se trata de algo intransferible. Por lo tanto, creo que mi tarea está cumplida. El resto depende de ti. Realmente me alegraría mucho que encontraras y eligieras la misión que te mencioné. Pero por supuesto que también puedes renunciar a ella. No hay ningún problema en hacerlo. Como siempre, los caminos son múltiples y todos pueden ser bellos y equivalentes. En cualquier caso, por favor recuerda que yo confío plenamente en ti. El Acompañante entonces desapareció y el ejecutivo se quedó sólo en el prado junto al trébol. Y siguió contemplándolo, pues no estaba dispuesto a renunciar, quizá más que por él mismo, por la confianza que en él había depositado el Acompañante. Así, volvió a pasar un largo tiempo, cuya extensión no pudo precisar (¿habrán sido varios días?), vanamente obstinado en la singular tarea. Pero no había caso, el trébol sólo lograba fastidiarlo. Sin

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embargo, el apasionado afán del hombre a pesar de la esterilidad de su tremendo esfuerzo, conmovió al Acompañante, quien volvió entonces a aparecer junto a él. -Me alegra mucho que perseveraras –le dijo-. Bien podrías haberte dado por vencido de inmediato, pero no lo hiciste. Creo que el problema está en “querer ver”. Sólo debes mirar en la mayor libertad, sin buscar, permitiendo. No esperes que ocurra nada mágico, simplemente observa. -Lamento mucho defraudarte, pero siento que yo sólo no puedo. Quizá yo no sea adecuado para cumplir tu misión. Por ti seguiré perseverando. Pero, por favor, quédate conmigo una vez mas mientras lo intento, aunque creo, en realidad, que para lograrlo debería tener tu mente, tu espíritu. -Si es así, eso no es problema - respondió el Acompañante-. Puedes cohabitar mi mente por unos instantes, si lo deseas. Mi mente estará completamente en blanco pero permitirá potenciar a la tuya. Entonces, el Acompañante se sentó al lado del hombre, tomando con su mano izquierda la diestra del otro. Al principio, el otro no notó ningún cambio. Pero ahora, por más que por largos ratos el trébol siguió empecinado en no dejar de ser un vulgar yuyo, tenía la esperanza de que, con la ayuda, finalmente lo lograría. Así, descansando su confianza en su Acompañante, se olvidó de que debía buscar que aconteciera algo especial y se relajó, se dejó llevar por el momento, le permitió al trébol ser simplemente un trébol y se permitió a si mismo sentirlo como tal, aislándose del mundo, como si el yuyo fuera lo único que existía. Y finalmente, luego de un tiempo indeterminadamente extenso, ya al borde del completo agotamiento, sucedió. El trébol le devolvió a la mirada del hombre una maravillosa visión. No podía decir que era distinto al yuyo visto tantas veces antes. Pero intuyó una belleza inenarrable en él. Sintió que el trébol irradiaba belleza, paz. Y, con ello, sintió como que el tiempo y el espacio se dilataron, adquiriendo una tremenda densidad, convirtiéndose en “Aquí y Ahora”, el Todo fundiéndose con la parte. Como que el tiempo se detenía en el Presente (que por primera vez dejaba de ser fugaz para ser eterno) y donde esa quietud no era inactividad, sino el más completo fluir. Pues el hombre sintió latir al Universo en el diminuto trébol. Y así, lo embargó una profunda sensación de amor por ese otrora vulgar e insignificante yuyo, una sensación como nunca antes experimentara. Hermanándose con él y con el fundamento común de todo cuanto existe. En ese instante, el Acompañante lo abrazó emocionado. -Yo siempre confié en ti -le dijo con calma alegría. Has logrado “ver”. No era cuestión del trébol. Pude haberte pedido que observaras cualquier otra cosa. Pues el “qué” es irrelevante ante el “cómo“. Todo en el mundo, cada cosa, está imbuido de una suprema cualidad: es inconmensurable. Y si el mundo posee tal belleza, ¿cómo no mirarlo entonces en la mayor humildad, disponiéndonos a que nos enriquezca?, ¿cómo no hacerlo en la mayor libertad para darle el espacio que requiere para expresarse?, ¿cómo no hacerlo con la mayor sensibilidad para beber de él tanto como podamos? En fin, ante un mundo inconmensurable, ¿cómo no amarlo? Pues la condición de amante (la culminación del arte de ver, la forma trascendente de mirar) es el único modo de relación posible ante dicha consciencia, y nace simplemente, sin esfuerzo, naturalmente. Ante la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, es imposible no revolucionarse, uno no puede dejar de sentirse parte de todo. Pero sentirlo profundamente, no sólo concebirlo como una mera construcción racional, sino vivirlo. Fíjate qué sucedería con un mundo en que todos vivieran así. Que sintieran de tal modo a cada cosa, a la naturalaza, a cada persona, en fin, al prójimo. Pues el sustantivo “prójimo” no es casual y, en realidad, más que un sustantivo es un adjetivo. Prójimo (del latín “proximus”, próximo) pretende indicar que es

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completamente cercano. Y no hay nada más cercano que lo que nos es propio. Sentir al prójimo implica pues, reconocerlo como parte propia, sentirnos parte de él. En fin, reconocer y amar a nuestro fundamento común. -¡Me alegra tanto lo que dices! Pero no me siento preparado aún para la misión. Te recuerdo que no lo hubiera logrado sin cohabitar tu mente. -No te confundas conmigo -le espetó entonces el Acompañante sin disimular una sonrisa-. Por más que me idealices, nada me impide la picardía. Yo siempre mantuve mi mente completamente suspendida. La cohabitación fue un mero placebo espiritual. -Entonces, ¿quiere decir que estoy listo? -En cierto modo. Ya estas apto. Para estar completamente listo debes descubrir tú mismo la misión, yo no puedo decírtelo. Debes aceptarla por ti mismo, voluntariamente, debe salir de ti. Para ello, seguirás caminando un tiempo por el mundo. Entonces el hombre continuó deambulando inmaterialmente por el mundo, pero ahora viviendo su inconmensurabilidad a cada paso, bebiéndose su belleza de a sorbos, emborrachándose de esplendor. Aún no había descubierto su misión pero ello no lo afligía, más bien agradecía su nueva condición. Hasta que un día, recostado todo a lo largo en el suelo en un parque público, con la increíble bóveda celeste inundando sus ojos, sucedió un acontecimiento singular. El hombre estaba contemplando la belleza de las nubes en su danza casi imperceptible, esas nubes que recordaba haber acariciado con gusto en sus épocas de aviador cuando, con una gracia semejante a la de su planeador, un diente de león (también denominado “panadero”) apareció flotando plácidamente sobre su rostro, derrochando suavidad. La semilla alada, cual plumón de purísimo blanco, dibujaba gráciles curvas como si su movimiento intentara rivalizar con la perfección de su silueta recortada contra la bellísima luz anaranjada del tibio sol vespertino. Iba y venía sin rumbo, sin apuro, cual sublime metáfora de paz. La gente pasaba a su lado, apurada, ignorándola, sólo imprimiéndole turbulentos impulsos por el aire que desplazaban sus cuerpos, pero sin dedicarle la más mínima mirada. Entonces, la alada pluma vegetal volvió a pasar un par de metros justo por encima del recostado observador, moviéndose hacia atrás del mismo. Las pupilas del hombre comenzaron a ascender lentamente en sus ojos para que su mirada pudiera seguir la trayectoria del algodonoso bailarín. Y de imprevisto, su mirada se estrelló contra unos ojos límpidos, tiernos, ávidos, unos ojos que, extasiados también, hacía un instante que estaban atados a los caprichos del diminuto diente de león. Eran los ojos de un niño, para quien también esa alada semilla parecía constituir el universo pleno. Los ojos del hombre se llenaron entonces de lágrimas al reconocer en esos ojos a los suyos y a los del Acompañante. Sólo los niños tienen ojos así -pensó el hombre-. Casi todo el mundo alguna vez ha arrancado un yuyito de diente de león para soplarlo y esparcir por el aire cientos de diminutas semillas plumosas y voladoras o ha observado esa tan común y trillada imagen (por lo general, llevada a cabo por un niño). Pero los niños lo observan, lo sienten, de un modo completamente distinto al de los adultos (aunque no todo el mundo se de cuenta de esa diferencia en el modo de mirar). Los niños son capaces de maravillarse con aquello que la mayoría juzgaría como trivial, dado que a nada subestiman, conscientes de que la inconmensurabilidad mora hasta en el, a priori, más humilde rincón del mundo. Pues los niños miran de modo pleno, total, con una entrega conmovedora. Los niños no sólo miran, ellos “ven”, comulgan con la inconmensurabilidad. Los hombres debieran aprender de los niños cómo mirar, cada día, a cada paso –pensó asimismo. Y observando al niño del parque que seguía absorto ante la maravilla alada, el hombre concluyó su intenso pensamiento:-

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¡Cuánto daría, pequeño, porque nunca dejaras de mirar así! Fue entonces, que el Acompañante apareció nuevamente junto a su lado. -¡Felicitaciones! Cuánto me alegra que hayas encontrado tu destino -le dijo éste-. Esta era la bella misión de que te hablé, la misma misión que yo he cumplido por tanto tiempo. -Pero..., no comprendo ¿Qué es lo que debo hacer, entonces? -La gente no nos conoce. Sólo algunos han vislumbrado nuestra presencia y nos han llamado con nombres como el de “Acompañantes”, o “Ángeles de la Guarda”. Pero eso es sólo una caricatura, pues ignoran nuestra principal función. Nuestra tarea, que ya te dije que es tan hermosa e importante, consiste en estar junto a los niños para que recuerden su modo de mirar. Ellos no nos ven ni nos escuchan, pero nos sienten con su alma, escuchan así nuestra sugerencia de recordar la belleza, la inconmensurabilidad. Nosotros pugnamos por que la consciencia de dicha sublime cualidad del mundo perdure lo más posible en sus corazones y en sus actos cotidianos. Nuestra verdadera guarda, lo que en realidad cuidamos mas encarecidamente, es su modo de mirar, para que no se contamine, para que perdure puro y pleno. Pero un día, cada vez más pronto, nos olvidan (es decir, no nos escuchan más) y, con profundo pesar, perdemos todo contacto con ellos. Sólo durante fugaces instantes en que el niño ya mayor o incluso la persona adulta vuelve a rozar dicha consciencia, logramos reentablar una mínima conexión, aunque completamente fugaz. Ojalá alguna vez logremos que nunca mueran los niños. Que en los hombres perdure por siempre a flor de piel el niño que fueron. ¡Tan distinto sería así el mundo terrenal! Pero, como te dije, cada vez es más difícil. Tú mismo fuiste niño por mucho tiempo, un niño muy inteligente, un niño increíble, maravilloso. Un niño que, como casi nadie, prometía conservar por siempre su candor. Pero luego, tu inteligencia sólo buscó el éxito y olvidó la sabiduría. Tu, aún cuando me convocaste aquél último instante en el planeador por un intenso pensamiento similar al de recién, hacía varias décadas que me habías olvidado. A continuación se transcriben algunos detalles de Terra Incommensurabile, novela por G. Appignanesi, editorial El Aleph, Buenos Aires (disponible en http://www.elaleph.com, más precisamente en: http://www.elaleph.com/libros.cfm?item=402282&style=editorial ). Terra Incommensurabile (Resumen) Inmerso en el dramático escenario de la conquista de América y del alumbramiento del nuevo pueblo, un matemático se desvela por un fabuloso enigma nacido de un italiano, una india y sus singulares hijos (la increíblemente bella siempre-niña, el sacerdote-mago y el amante-guerrero). Por lo tanto, Terra Incommensurabile puede ser un viaje de aventuras que a lo largo de tres generaciones nos lleva desde la fascinante América de la conquista española hacia las refinadas universidades europeas y los coloridos burdeles parisinos, para retornar nuevamente a las mágicas cumbres andinas. Sin embargo, la profunda circularidad de dicho viaje lo es más desde lo metafórico que de lo literal. Y Terra Incommensurabilenos invita a trascender la metáfora en una travesía por una geografía mucho más compleja y cautivante, por un terreno ingente y atemporal. El del alma humana y del atributo que comparte con todo cuanto existe: su inherente inconmensurabilidad. Y de tal modo nos revela la tremenda belleza y potencialidad que tiene para nuestra vida la atención a tan sublime cualidad. (disponible en http://www.elaleph.com/ , más precisamente en http://www.elaleph.com/libros.cfm?item=402282&style=editorial

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Inconmensurabilidad: Borges, con esa precisión quirúrgica de su modo de decir, concluye en La esfera de Pascal: quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas. Pues desde la antigua Grecia se ha repetido que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Sobre dicha metáfora de un centro ubicuo que sustantiva, que da sentido a sus infinitas manifestaciones, descansan distintas visiones del mundo y posturas ante la vida (occidentales, orientales e indígenas, religiosas y laicas). Así, el bello mandato cristiano prescribe: Amaos los unos a los otros, porque Cristo está en el prójimo; ama al mundo porque el Creador está, vive, en cada porción de su creación. En tal sentido, resulta trascendente enfatizar explícitamente el hecho de que dicha metáfora alude a una suprema cualidad del mundo: su inconmensurabilidad. Sin embargo, es hoy imperioso notar un detalle crucial: Que nos hemos quedado en la metáfora sin concebir cabalmente que resulta fundamental acentuar la necesidad de trascenderla, de vivirla más allá de una mera creencia racional. Pues si el mundo es inconmensurable (dotado de ingente belleza y riqueza), es evidente que ante él no cabe otra postura que la que nace de la humildad, de la libertad, de la sensibilidad, en fin, que la condición de amante: ¿Cómo no amar a lo inconmensurable? Así, si nos permitimos vislumbrar la inconmensurabilidad del mundo (sin subestimarlo, en una entrega plena cual suprema fe, cual íntima confianza) ello nos revolucionará profundamente. Por caso, dicha postura es capaz de mutar naturalmente a la telaraña de odios que hoy domina las relaciones entre las personas. El prójimo (más allá de que él mismo no se sepa ni exhiba de tal modo) es inconmensurablemente más rico que el gris sujeto que han creado las circunstancias (su principal diferencia con el sabio/santo, es que éste ha trascendido sus circunstancias y ha logrado trasparentar su esencia) ¿Por qué entonces estar tan atento a su cáscara en vez de respetar (es decir, amar) a su inefable esencia, a su potencialidad, a su inconmensurabilidad? Esta es la concepción que sutil pero obstinadamente subyacerá al aventurero viaje del matemático Ignacio de Villamayor. Un viaje por las líneas de la refinada pluma de Piero di Capri. Un viaje por las geografías europeas y americanas con el dramático choque humano y cultural de la conquista española. Un viaje que también es una travesía de autodescubrimiento.

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V. 7. LA “MÉTRICA” DE LO SAGRADO Y LA

OPCIÓN ÉTICA

En matemáticas, definir una métrica sobre un espacio implica dotarlo de una noción de distancia, lo cual permite, por ejemplo, determinar la relación de proximidad entre dos puntos cualesquiera del mismo. De tal modo, la métrica dicta reglas para moverse en el espacio, tal como para encontrar caminos óptimos. Haciendo una analogía, se puede decir que la mayoría de las religiones, cosmovisiones y filosofías que han surgido a lo largo de la historia humana implican, en sus aspectos más elementales, una noción de distancia a lo sagrado de la cual necesariamente se desprende una ética, una postura frente al mundo, una forma de vida, tal como referiremos a continuación.

Una vieja fábula da cuenta que a lo largo de la historia, ya desde los albores de la civilización a partir de algunos primeros iluminados, hubo quienes intuyeron en el silencio de Dios (a diferencia de aquellos que creyeron ver en él a un abandono o incluso a una prueba de inexistencia divina) a una consecuencia natural de Su perfecta elocuencia. Una elocuencia que importa, en la suprema belleza de su austeridad, una única e implícita sentencia de la cual se desprende todo lo demás: Aquella de Su ubicua manifestación, de Su presencia en cada hombre, en cada ser, en cada entidad, en cada rincón del universo. Así entendido, como trama última, dicho silencio fundamenta a la sinfonía de la vida. Y el silencio de Dios sería, por tanto, natural, dado que ante una elocuencia perfecta cualquier redundancia resultaría impropia, contradictoria de dicha cualidad. ¿Cuál es el sentido de señalar con el dedo lo evidente, lo expresamente manifiesto? Sin embargo, la fábula refiere que, en siglos remotos, fue el propio Dios quien (podríamos imaginar que rompiendo Su silencio cual en un exceso de piedad ante la ceguera humana) puso en labios de aquellos primeros iluminados la sublime metáfora que se diseminaría desde entonces: “Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Si bien dicha fábula (cuyos rastros Borges perseguiría hasta la antigua Grecia - J. L. Borges: “La esfera de Pascal”, en “Otras Inquisiciones”), habla del Dios griego Hermes (también conocido por Hermes Trismegisto, o equivalentemente el Dios egipcio Thoth, luego también identificado con Abraham), el origen de la metáfora de la esfera bien podría referirse a cualquier divinidad, pues la concepción que implica dicho símbolo resonó todo a lo largo de Oriente y Occidente. Incluso podría, equivalentemente, referir a cualquier otra concepción de lo sagrado (tanto personal como impersonal). En todo caso, la intervención divina no deja de ser un pintoresco modo de fabular el nacimiento de una noción trascendental que los hombres vislumbraron ya desde épocas remotas y los detalles específicos que se le

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confieran a su origen son quizá irrelevantes, anecdóticos, ante su significación, inmensamente más universal, que aquí se pretende enfatizar.

Sobre dicha bella metáfora de un centro ubicuo que sustantiva, que da sentido a sus infinitas manifestaciones, de un universo que es todo centro, en efecto descansan las cosmovisiones de varias culturas tanto occidentales como del oriente. Las religiones Abrahámicas (el judaísmo, el cristianismo, el Islam), por ejemplo, resaltan la naturaleza divina del universo, lo cual se refleja claramente, por caso, en el mandato cristiano de amar al prójimo porque Dios está en el prójimo (y de amar al mundo, dado que Dios vive en Su Creación). Ello se manifiesta explícitamente en algunas de sus cumbres tanto en lo teórico (como ser en la propuesta de Nicolás de Cusa de que Dios se “contracta” en cada criatura sin que ninguna Lo limite, constituyendo así el fundamento de este universo infinito pero limitado por Él) como en lo práctico (como en la bella condición de “Hermano” vivenciada por San Francisco de Asís). Asimismo, las visiones panteístas, que identifican a Dios con el universo, y el monismo, que supone la existencia de una substancia común en todo cuanto existe, representan elementos que están presentes tanto en las religiones primitivas y aborígenes (que consideran que lo sagrado del universo se manifiesta en energías vivas que moran en distintas entidades terrenales) como así también en posturas modernas que identifican un impulso o fuerza vital común (ya sea personal o impersonal) que mantiene unido, que sustenta, al cosmos. Dichos elementos también subyacen en religiones orientales como el shintoismo, el taoísmo e incluso el budismo que, aún sin ser deísta (no presupone explícitamente a un dios) afirma que “el uno es el todo”.

De tal modo, un denominador común que emerge de diferentes religiones, filosofías y cosmovisiones es aquél de la noción de una (por lo general no explícitamente apreciada) suprema cualidad del mundo: su inconmensurabilidad. En tal sentido, cada rincón del universo es ingentemente rico, intrínsecamente sagrado, infinitamente más profundo que cualquier objetivación o construcción racional. Y tiene todo para darnos, todo por decirnos, si sabemos ver. La “métrica” que se desprende de ello es, por tanto, muy peculiar: La distancia entre un hombre (o, equivalentemente, entre cualquier ser o entidad del universo) y lo sagrado, es tanto infinita (inconmensurablemente vasta) como infinitesimal (infinitamente pequeña). Pues la infinitud de la distancia de un hombre a lo sagrado en tanto sujeto, desde su “yo”, en su tremenda pequeñez e insignificancia frente a lo inefable (o, análogamente, la distancia a lo sagrado de cualquier entidad concebida como objeto) contrasta con su infinitesimal proximidad en su esencia, dado que lo sagrado vive en él en tanto potencia.

Ahora bien, es fundamental notar que no estamos discurriendo sobre algo meramente teórico, etéreo, ya que su principal importancia reside precisamente en sus consecuencias prácticas. Pues la señalada “métrica de lo sagrado” importa claramente una ética, una postura frente al mundo, una forma de vida. De tal modo, si ignorantes de su cabal dimensión sólo concebimos una de dichas distancias, aquella inmensurablemente vasta distancia subjetiva a lo sagrado, estaremos condenados a vivir separados del mundo, a objetivarlo, a reducirlo a fríos formalismos, a transitar en la soberbia, en el prejuicio, en el egoísmo, en el desamor. El fundamentalismo en dicha postura puede incluso llegar a inducirnos (presos de un abismal vértigo no sólo ante tal infinitud, sino también ante la de la distancia de cualquier acto humano al bien supremo, por lo cual casi cualquier modo de obrar sería equivalente, carente de valoración) a justificar la amoralidad y el desdén. Así, concebir sólo dicha distancia subjetiva (y de tal modo, concebirnos a nosotros mismos como pobres sujetos) tiene graves efectos prácticos en lo que hace a nuestra relación con

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los demás. Pues esa misma separación se manifiesta precisamente en el abismo que hoy aísla a los hombres, tornándolos sujetos disjuntos, individuos completamente alejados y ajenos entre sí.

Sin embargo, si concebimos la otra distancia, la infinitesimal distancia entre nuestra esencia y lo sagrado y, por ende, entre nuestra esencia y la de cada ser o entidad del universo, entre nosotros y cada uno de nuestros semejantes, ello lleva a relativizar por completo a aquella distancia que proviene de la separación subjetiva (irrelevante entonces a nuestro modo de relación). Ello implica naturalmente, en una clara opción ética, la suspensión de la atención a lo externo, a lo mudable, para prodigar una plena atención (es decir, respetar, es decir amar) a lo esencial. Y si bien las circunstancias suelen muchas veces ser determinantes en moldear a los hombres, a la luz de lo anterior la sabiduría consiste en ser capaz de ir trascendiendo a nuestras circunstancias, de ir transparentando nuestra esencia permitiendo que vaya aflorando nuestro fundamento común con todo cuanto existe (lo cual a su vez también redundará en perfeccionar nuestras circunstancias). Ante la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, de su ingente riqueza y belleza, de que el transitorio límite está sólo en lo que seamos capaces de ver, en lo que seamos capaces de beber de él, no caben sino la humildad, la libertad y la sensibilidad, en fin, sólo tiene sentido la condición de amante. Pues, ¿cómo no amar a lo inconmensurable? Dicha postura intrínsecamente revolucionaria implica un compromiso profundo con el mundo, implica sentirse parte, implica comunión. Y, por supuesto, la misma también se traduce a nuestra relación con nuestros semejantes. De tal modo, los alcances de la consciencia de la inconmensurabilidad del mundo son bellamente estremecedores en lo social, puesto que ella y, por ende, su vivencia, revolucionan por completo el modo de relación con los demás. Pues, ¿cómo no amar a mi vecino si, más allá de la insignificante construcción subjetiva cotidiana, es inherentemente inconmensurable? Entonces ya no hay abismos, sino el reconocimiento de la existencia de una esencia común. El concepto cristiano de “prójimo” (vocablo que proviene del latín “proximus”, próximo) adquiere entonces real dimensión, pues el otro es completamente cercano al diluirse naturalmente cualquier separación, pues el otro es efectivamente una parte propia o, equivalentemente, uno es también parte del otro. Así, al prójimo sólo cabe amarlo independientemente de su “calidad” subjetiva, amarlo por su inconmensurable esencia, y por la nuestra. De allí la sabiduría del atributo de incondicional que reviste el amor genuino. Al fin y al cabo, la verdadera ceguera del amor no es la que trivialmente se le endilga, sino que consiste en realidad en la capacidad de desentenderse de lo externo, de lo superfluo, de lo irrelevante, para ver con mayor profundidad, para comprometerse profundamente con lo esencial, para amar a lo sustantivo, a lo inefable, para poder comulgar.

Siguiendo con esto último (y a modo de ejercicio), imaginemos la forma en que hoy vemos a las personas (imaginemos a una persona cualquiera, o a varias). Muy probablemente nos apresuremos a juzgar: “es linda” o “es fea”, “es buena” o “es mala”, “me interesa” o “la ignoro (como a casi todos los que pasan a mi lado cada día)”, “la admiro” o “la desprecio”, “la quiero” o ”la odio”, etc. Pues sólo solemos apreciar en ella al cotidiano sujeto que construyeron sus circunstancias (sin siquiera permitirnos considerar que otras circunstancias bien podrían haber obrado un sujeto enteramente diferente). Vemos a un sujeto que resulta completamente insignificante ante la increíble belleza y potencialidad que en su esencia vislumbraron tantas cosmovisiones y religiones. Y, si en la práctica, el modo en que nos relacionamos con quienes nos rodean o nuestra actitud para con ellos dependen de cuánto nos agraden o no, o de cuán “buenos” o “atractivos” nos

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parezcan, es interesante detenernos en un par de cuestiones: ¿dónde tomamos esas “medidas” que tan a la ligera usamos para juzgar y comparar a dichas personas?, ¿en la cáscara de subjetividad que los representa?, ¿tenemos noción de la distancia que existe entre la construcción subjetiva de cada persona y lo que ésta tiene de sagrado (como fundamento y como potencia)? En otras palabras, ¿qué respetamos en ellos: lo insignificante, lo azaroso, lo mudable, o lo sagrado que vive en su interior?, ¿cómo no amarlos por inconmensurables, aún cuando usualmente no los percibamos así ni ellos mismos se sepan ni se exhiban de tal modo?

Quienes vislumbran la calidad de inconmensurable del mundo saben que es preciso abandonarse a sentirlo sin prejuicios, en una íntima confianza, cual suprema fe. Pues sólo así dicha consciencia es capaz de emerger. Y lo hace naturalmente, sin esfuerzo pero con contundencia, impregnándonos de potencialidad, inundándonos de sabiduría y de belleza, en fin, permitiéndonos comenzar a “ser”. De ello emerge entonces una cuestión fundamental: la sola consciencia de la inconmensurabilidad del mundo, intrínseca y completamente revolucionaria al transformar nuestro modo de ver y de relacionarnos (dimensionándonos y ubicándonos), promovería en nosotros el cambio y la evolución. Y lo haría naturalmente, sin esfuerzo, irremediablemente, pues al convertirnos en amantes, todo lo demás vendría por añadidura. Como dicho, la noción de la métrica de lo sagrado y, por ende, de la inconmensurabilidad el mundo, ha estado presente todo a lo largo de la historia de la civilización humana, constituyendo en cierto modo un punto de unión de nuestras creencias, filosofías y sistemas de valores. Sin embargo, es también marcada su habitual ausencia de nuestras conductas cotidianas. Por lo tanto, resulta esencial tener presentes cuál es la distancia que concebimos y, lo cual es más vital aún, cuál es la distancia que efectivamente hoy se verifica en la práctica entre nosotros y el mundo, entre nosotros y los demás. Por ello, a riesgo de redundante pero a fuer de necesario, es fundamental subrayarlo: No alcanza con manejar una mera idea acerca de la inconmensurabilidad del mundo, no alcanza con la reducción, con la metáfora. Para ser verdaderamente revolucionaria, para ser realmente trascendente, debe trocar en consciencia. Y la misma requiere de compromiso, demanda generar una ética, una conducta. Sólo adquiere verdadero sentido si se transforma en vivencia. Si logra convertirse en un modo de vida. Si, a diferencia de la soberbia reduccionista, permite que en nosotros comience a aflorar nuestra sublime inconmensurabilidad. Si (completa y naturalmente revolucionaria) nos compromete a vivir respetuosos y atentos al fundamento común que nos hermana con todo cuanto existe. Incluso ya al vislumbrarla ocasionalmente, dicha consciencia nos perfuma de un influjo tan profundo que aún al concebirla a nivel meramente racional (cuando, como casi siempre la mayoría de nosotros, no estamos siendo profundamente conscientes) no nos permite lugar para la apatía y el desamor. Entonces, bien parece que está lejos de ser simplista preguntarnos: ¿Y si el tan imprescindible cambio que nos demanda nuestra evolución no fuese tan complejo e improbable como solemos creer, aún ante un mundo tan difícil y doloroso como el que nos toca vivir? ¿Si tan sólo bastara con ser (intensamente) conscientes de un solo hecho, de una sola cuestión de la cual naturalmente se desprendiera todo lo demás? En fin, ¿Si tan sólo bastara con animarnos, de una vez por todas, a mirar en profundidad?

En virtud de lo anterior, y para concluir, ruego se me permita como último exceso el plantear una situación hipotética como la siguiente: Imaginemos que sobreviniera una catástrofe global a la cual la humanidad alcanzara a sobrevivir pero se perdiera toda la

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cultura, todos los libros, toda la información, excepto por una frase, por un par de renglones en un trozo de papel, ¿qué máxima elegiríamos entonces para pasar en ese trozo de papel a las futuras generaciones de modo que la usaran como base para construir la nueva humanidad? Pido sólo una máxima pues uno por lo general no tiene mucho (relevante) que decir (y quizá efectivamente no haya mucho por descubrir, mucho por comprender, ni mucho por decir). Concédaseme asimismo en tal sentido expresar que, sin ser afecto a las máximas y permitiéndome dudar de la necesidad de dicho acto de soberbia, creo que tendría en claro mi propuesta: "ANÍMATE. PERMÍTETE VISLUMBRAR LA INCONMENSURABILIDAD QUE MORA EN TODO CUANTO EXISTE". Ya que, en definitiva y ahora siendo menos solemne, esta es claramente la frase que espero dejarles a mis hijos. Pues sé que entonces no necesitaré pedirles casi nada más. Que no necesitaré instarles a que sean buenos, a que amen al mundo, a que disfruten de la vida. Pues, como dicho, confío en que si se vuelven vulnerables a la inconmensurabilidad del mundo, todo lo demás vendrá naturalmente, sin buscarlo, por añadidura.

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VI. A FALTA DE CONCLUSIONES (UN ESPERANZADO LLAMAMIENTO Y CONFESIONES VARIAS) Siento que la presencia de una conclusión en este escrito es un hecho no sólo no deseable, sino impracticable, de acuerdo con el espíritu de la postura ante el mundo a que en él hemos aludido. Pues, como apuntado, la mejor forma de concluir un escrito es con una página en blanco que evidencie su compromiso con su destino evolutivo. En tal sentido, una conclusión cerrada tiene mucho de epitafio. Y una obra tiene más que ver con la vida, con el alumbramiento, pues vive naciendo, recreándose, renaciendo a cada instante. Es por ello que me esforzaré por intentar que estas últimas palabras compartan la frescura de las introductorias. Primeramente, siento que constituye un gesto imprescindible el que el autor se desnude en su obra. Espero que ello, tanto voluntaria como involuntariamente, haya sido una constante a lo largo del escrito. Pues siento que, más allá de todo aquello que uno desee dar y que pueda no ser capaz de lograrlo, no puede renunciar a garantizar su intento por verter pinceladas de sí mismo en su obra (en un necesario auto de honestidad y de autenticidad). No puede abandonar su compromiso de esparcir sus pedazos como abrazos, como gritos, como sonrisas, como lágrimas. Pues, el don de sí mismo constituye una necesidad espontánea e incondicional para aquél que siente que dar y recibir son la misma cosa. Por otra parte, siento que si alguna virtud abriga este escrito, quizá lo sea su explícita manifestación de la consciencia de su propia modestia y provisoriedad (y de la intrínseca provisoriedad de toda visión del mundo). Incluso, muy probablemente no haya nada nuevo ni original en él. Sin embargo, no creo que ello constituya un problema demasiado grave. Dado que, en este terreno, todo resulta imprescindible, ya que nunca las cosas habrán sido dichas con toda la elocuencia, ni tantas veces, ni de todas las maneras necesarias. En lo que respecta a la forma de relación con el mundo alternativa al reduccionismo, a la condición de amante, tampoco creo ser original al plantearla. Sin embargo, ella si es necesariamente nueva y original como experiencia, al instante de abordar el mundo (si tiende genuinamente a la culminación de la humildad, de la inocencia, de la libertad, de la sensibilidad). Y lo es cada vez, pues es intrínsecamente nueva, redescubrible a cada instante. Dicha postura promueve una acción genuinamente libre y original: promueve el descubrimiento, la evolución. Hoy día, como hemos visto, el reinante reduccionismo ha transgredido su misión operativa arrojando sobre nosotros un pesado manto de sombras con que ha vestido a lo imponderable. Y ha hecho que nos olvidemos de la importancia y de la belleza del

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desnudar. Y del desnudarnos, pues sólo desnudos, libres, vacíos, humildes, podemos desnudar al Bien*, a la Belleza y a la Verdad que viven en todo lo que nos rodea. Sin embargo, tenemos consciencia de la existencia de una postura ante el mundo por completo alternativa. Una postura que identificamos con la condición de amantes y que consiste simplemente en tornarnos plenamente humildes, libres, sensibles al mundo para, de tal manera, vivir en contacto, comunicados, fértiles, en un estado de aprendizaje. Una postura comprometida con la inconmensurabilidad del mundo, tan genuina, tan espontánea, tan incondicional. Una postura que, consciente de la relevancia que posee el desarrollo del arte de ver, se sabe siempre extremadamente provisoria, redescubrible, siempre necesariamente nueva. Una postura que nos permite descubrir, crecer y evolucionar. Pues, si abordamos al mundo en la desnudez, entramos en contacto profundo y somos capaces de descubrir y evolucionar. Ahora bien, ello no es algo etéreo, que suceda en un "nivel superior, desligado del peso material de lo mundano" (alguna vez, titulé al respecto en un viejo manuscrito: "El éter y la carne"). Ello es algo que nos sucede a todos (en mayor o menor medida aunque, en general, no aprovechemos), algo real, tangible, que nos empapa hasta los huesos. El ejemplo más contundente lo constituye el Amor. Pues, cuando amamos incondicionalmente, lo hacemos desde la libertad, vamos infinitamente más lejos que lo que la más elaborada abstracción mental pueda describir. No es casual que en el hecho de la comunicación con los semejantes se nos manifieste la existencia de un fenómeno maravilloso, especial. A veces uno encuentra que esa sensación no radica en el puente y comienza a difundir a través de barreras que se le hacen artificiales. Y se identifica con los demás, se siente parte de ellos trascendiendo, prolongándose, relativizándosele los conceptos de "lo interno" y "lo externo", descubriendo en el amor una amplitud inmensa. Y esto se extiende al universo, adquiriendo una cosmovisión más amplia, una consciencia del ser profunda, operando una transformación extraordinaria, evolucionando a medida que amplía su capacidad de amar. Pero, de todos modos, cualquiera sea nuestra visión de la realidad, lo importante es ser consciente de su pobreza, de su modestia y limitación. Y por ello, por el conocimiento de su intrínseca limitación (acentuada luego muchísimo por el proceso de traducción) y por saber que ello es algo espontáneo y libre, es que debe carecer de pretensiones de guía y de transferencia. En definitiva, la condición de amantes implica no contaminar nuestro mirar con lo que hemos visto (o creído ver). Ella consiste simplemente en habitar en la humildad, en la libertad, en la sensibilidad. Es, por ende, intransferible. En tal sentido, honestamente espero no haber atentado demasiado contra dicha cualidad en este escrito. Esta postura ante el mundo a que hemos aludido resulta tan difícil de concebir para quien no la vive con frecuencia como simple para quien la experimenta con cierta frecuencia (cuanto menos, al momento de experimentarla, cuando nos escapamos del letargo reduccionista). Pues la evidencia es inmediata, es simple por naturaleza. Dicha consciencia, aún con diferentes rostros, parece estar en el ambiente. Pero, por genuina, por espontánea, solemos olvidarnos de las tremendas dificultades que encuentra para su desarrollo. Es la educación, entendida en sentido amplio, la que nos indica la imperiosa necesidad del desarrollo de una pedagogía que la posibilite y potencie. De una pedagogía que prescinda naturalmente de guías, prejuicios y condicionamientos. De una educación que edifique una atmósfera de libertad, de humildad y de sensibilidad en donde podamos aprender a aprender (aprender a aprehender). Ella es una tarea muy delicada y hermosa a la cual todos tenemos mucho para dar. ¡Quién puede sentirse ajeno ante tan conmovedor llamado de nuestra evolución! Y hoy, el florecimiento de dicho sentido de compromiso no

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es sólo una demanda de nuestra potencialidad evolutiva. Puesto que hemos arribado al lamentable estadio de que se convirtiera también en una necesidad de supervivencia. Es hora de que, con todas nuestras limitaciones y miserias, pero con todo nuestro amor y nuestros sueños, intentemos saldar esta deuda fundamental del Hombre. Existen cosas que uno no elige. Cuando uno siente la necesidad impostergable y la potencialidad conmovedora tanto del hecho de que evolucionemos en la condición de amantes como del desarrollo de una educación y una pedagogía que lo permita y potencie, más allá de las propias limitaciones y de sus humildes posibilidades, no puede quedarse de brazos cruzados. Y todos, en un compromiso de humildad, apertura y amplitud, tenemos muchísimo para dar en este terreno. Nadie puede sentirse verdaderamente ajeno. Es por ello que este escrito no puede terminar sino como carta abierta a todo aquel que siente el hermoso desafío que tenemos ante nosotros. A todo aquel que es consciente del triste drama en que nos ha sumido el reduccionismo. Pues a diario se nos condiciona a correr con indiferencia y, cuanto mucho, a construir escaleras para en vano intentar alcanzar al conocimiento y la belleza. Cuando estos últimos siempre requieren, en algún instante, del vuelo. El primer paso quizá consista en reconocer nuestras alas**. Y permitirnos desplegarlas. *¡Cuánta redundancia conceptual! Espero sepan disculpar los excesos al versar sobre lo intangible. Lejos de mi intención está el enjaularlos en conceptos (pero lo mismo ocurre al decir árbol, al decir pájaro) y etiquetarlos y separarlos (¡como si existieran diferencias entre Amor, Bien, Verdad, Belleza e, incluso, Hombre, Árbol, Pájaro!). También espero me disculpen las mayúsculas: Sólo intentan resaltar la esencia de aquello a lo que aluden. Revelan torpeza de mi parte, pero no se olvidan por ello de la intrínseca humildad que anida en lo que designan. **Nuestras propias alas y las de la humanidad. Y del papel de nuestras alas como plumas de las de la humanidad.

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ALGUNAS LECTURAS INSPIRADORAS (generales y específicas):

- Psicología y pedagogía, J. Piaget. - La formación espiritual del individuo, H. Delgado. - La educación y la idea de humanidad, R. Ulich. - La ciencia de la educación, J. Dewey - Métodos de la nueva educación, Luzuriaga. - La nueva educación moral, J. Piaget y otros. - Didáctica de la moral y el lenguaje, J. Leif y G. Rustin. - Tratado de pedagogía general, R. Hubert. - Summerhill: un punto de vista radical sobre la educación de los niños, A.

Neill. - La autonomía en la escuela, J.Piaget y otros. - Las ciencias del espíritu y la escuela, E. Spranger. - Morada de paz, R. Tagore. - Psicología del niño, J. Piaget y B. Inhelder. - La escuela no graduada, R. Miller y otros. - La república, Platón. - Emilio o la educación, J. Rousseau. - La ciudad de Dios, San Agustín. - Hombre nuevo, nueva educación, Hno. A. Morales. - Educación personalizada, V. García Hoz. - La educación como práctica de la libertad, P. Freire. - La escuela que yo quiero, J.M. Valero García. - Jiddu Krishnamurti y la educación, J. Krishnamurti. - La perspectiva científica, B. Russell. - El silencio primordial, S. Kovadloff.

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Gustavo Adrián Appignanesi nació en Bahía Blanca el 8 de junio de 1969. Está

casado con Cintia K. Owensworth y es padre de Francisco, Tomás Y Manuel Appignanesi. Lic. y Dr. en Química por la Universidad Nacional del Sur (UNS), realizó un postdoctorado en la Universidad de Chicago. En 1999 recibió el Premio Schumacher a la mejor tesis en Fisicoquímica presentada a nivel nacional en el bienio 97-98 y Mención Especial en el Premio Giambiagi a la mejor tesis en Física teórica presentada a nivel nacional en el bienio 97-98. Actualmente es Profesor del Departamento de Química de la UNS e Investigador de CONICET. Dirige proyectos de investigación que han recibido subsidios de la Fundación Antorchas (subsidio de inicio de carrera), la SECyT, SECyT-Ecos Sud (Francia) y el CONICET, es autor de varias publicaciones en revistas internacionales en temas de física, biofísica y fisicoquímica y ha realizado visitas de investigación y dictado conferencias y seminarios en distintos centros académicos del país y del exterior (USA, España, Francia, Italia).

La educación ha sido una preocupación de toda su vida y su visión al respecto se ha enriquecido a partir de numerosas charlas con personas del quehacer educativo y cultural de las ciudades de Bahía Blanca y La Plata.

La comunicación con los lectores es algo muy importante para mi y deseo alentarla fervientemente. Por ello, agradecería mucho cualquier comentario o sugerencia, preferentemente por correo electrónico a la dirección: [email protected] (Gustavo Appignanesi).